miércoles, 2 de noviembre de 2016



MAJDEL KOROM: una organización de ayuda dentro del campamento de Chatila
Cuando Yehya Sarris se va adentrado a través de la calle Sabra hacia las proximidades de Chatila, las sonrisas, saludos y estrechamientos de manos que le van acompañando son constantes. Y todos los días de la semana, prácticamente a la misma hora (excepto el domingo), se produce el mismo ritual de bienvenida. 
Niños, mujeres y hombres de todas las edades saludan “al Haj Yehya” desde el cariño, el reconocimiento y la cercanía. Yehya es un palestino-refugiado que decidió no abandonar a los suyos, permanecer a su lado y sentir con ellos, día tras día, cada una de las desgracias que seguían dañándoles, todo y a pesar de no residir desde hace años en el campamento. Para quitar importancia a su labor altruista, él la explica diciendo que “no podría dejar de venir a Chatila ni de ayudar en lo que fuera… Yo formo parte también del campamento”. Sin duda, es uno de los pocos antiguos habitantes del campo, que una vez que lograron abandonarlo gracias a un relativo ascenso económico, optó con naturalidad por seguir mirando a los ojos con empatía a los que no habían podido hacerlo. A todos los que seguían atrapados en una prisión sin cerrojos físicos llamada campamento de Chatila.

Yehya Sarris
La organización “de ayuda” MAJDEL KOROM se puso en marcha en el año 2.000, simplemente “por necesidad”, como nos trasmite convencido Yehya Sarris. Por entonces, el campamento sangraba de miserias y en total abandono. Las guerras intermitentes de la milicia chiita de Amal (1985-1988) lo fueron transformado exponencialmente en un gueto áspero y desconfiado, poblado de ruinas que ya nadie parecía querer, ni poder, levantar. Esta vez, todo hacía prever que los supervivientes del rebelde Chatila se encontraban rendidos, rebozados de su propia desesperanza y sumergidos en un paisaje social profundamente “inmoral” que diría Camus, en el que su condición “moral” de refugiados-victimas, ya no era suficiente para mantenerlos firmes mostrando quienes eran y de dónde habían venido. Así, los palestinos que no habían conseguido escapar del campamento, estaban recluidos en la perniciosa debilidad de sentirse nada. Y la insignificancia de la “nada”, agarrotaba al consciente luchador heredado de los mayores hacia el conformismo más apático y primario; relacionado con el fatalismo del aquí me quedo porque así tiene que ser.

Logotipo de la asociación MAJDEL KOROM 

Completamos que los trabajos en activo ejercidos fuera del recinto por unos pocos privilegiados, apenas aportaban la cantidad suficiente para cubrir tres comidas diarias. E igualmente, el abandono escolar se encontraba en su cota más alta por una falta objetiva de medios, pero al unísono, por la desidia de unos adolescentes que ante la consciencia de su no futuro, optaban por dar vía libre a su rabia interior mediante la huida desesperada hacia la ofuscación más absoluta. Al mismo tiempo, la organización específica de los palestinos, la UNRWA, que teóricamente debía sostenerlos en situaciones de crisis y en cuestiones de primera necesidad, había suspendido su precaria asistencia alimentaria a los más desvalidos (aache); como también el sufrago completo de medicamentos y la gratuidad de hospitalizaciones en caso de necesidad. Sin duda era una “época tan desastrosa” y con tantas necesidades a la vista, que Yehya Sarris “no podía no hacer nada”. Permanecer como un espectador indiferente le resultó insoportable.
Y bajo esta premisa, en una pequeña reunión de amigos originarios del pueblo de Majdel Korom (Acre), Yehya propuso a los asistentes ponerse en marcha bajo la forma de una organización “de ayuda”. Pequeña pero eficaz desde su nacimiento, y que aportara sostén tangible a las familias sin recursos de su misma aldea galilea. Y todo sin demandar el soporte (incierto) a cualquiera de las organizaciones libanesas, a la OLP o la Autoridad Palestina; ni tampoco de la UNRWA, a la que ya los refugiados la percibían con desdén o claro resquemor. Por lo que no contaron con ningún apoyo económico más allá del que ellos participaron “para empezar”, teniendo en cuenta que la economía de ninguno era especialmente boyante.  Pero con la esperanza de que, tal vez, a medio plazo “su ejemplo” visible fuera seguido por grupos de “otros pueblos palestinos” residentes en el campo. Algo que desgraciadamente no llegó fructificar en ninguno de los intentos que se produjeron.

Fotografía del campo de Chatila tomada por Pablo Sigismondi
El procedimiento se configuró a través de una junta de administradores compuesta por 6 personas, además de por Yehya Sarris. Consistió en lo siguiente:
En primer lugar el comité realizó un censo, casa por casa, de los descendientes de la Nakba de dicho pueblo galileo. El resultado fue que en Chatila en el año 2.000 residían 200 familias con origen directo en Majdel Korom. A todos ellos se les fue explicando con sencillez cuál era la intención de la nueva asociación que llevaría el nombre del lugar de procedencia de sus miembros: “ayudar y sostener a los más pobres”. Pero no con palabras “bonitas” de esperanza en el futuro, si no aportando lo necesario en presente para evitar la soledad, la desnutrición y que “su vida digna” no dependiera, por ejemplo, de que pudieran costearse determinados medicamentos. La respuesta fue la esperada y los descendientes de Kajdel Korom en una sola voz apoyaron la idea. 
La siguiente fase se centró en la creación de un carnet específico para cada una de las familias asociadas. Que implicaba que “todas las que pudieran hacerlo” debían aportar mensualmente la cantidad de 5.000 libras libanesas (unos 3 Euros al cálculo actual). Para invertir lo recogido en provisiones y medicinas que serían trasladadas, por un grupo de trabajo voluntario de entre los socios, a las viviendas de los más necesitados. La iniciativa fue creciendo hasta consolidarse, gracias igualmente a nuevas colaboraciones de personas dentro y fuera del campamento que supieron de la labor solidaria de la organización MAJDEL KOROM.

Imagen de la campamento de Chatila del 1993

Cena de Ramadan en el comedor de la asociación
Trabajadoras de la asociación con Jaled, el cocinero
Recibiendo comida en sus respectivos envases
La tercera actuación comenzó en Ramadán del año 2001. Por entonces la evidencia mostraba que existían familias que, por falta de medios, seguían sin poder hacer la comida del final del día con el aporte necesario de calorías. Por lo que la junta decidió improvisar un comedor en la propia organización para acoger a los casos más necesitados. Esta movilización, centrada únicamente en los pertenecientes a la organización MAJDEL KOROM, tuvo tal trascendencia en el campamento que fueron llegando refugiados pobres, no asociados u originarios de distintos pueblos palestinos, a pedir ser admitidos en las cenas del Ramadán. “Cómo íbamos negar a nadie nuestra comida... la repartimos entre todos los que se fueron presentando”, comenta Yehya con sencillez. Así, haciendo un salto en el tiempo, apuntamos que en el último Ramadán (2016) la asociación en su sede ampliada, ha dado de comer diariamente a más de 150 personas, además de trasladar cada anochecer a través de voluntarios otras tantas raciones (160) a las que por sus condiciones físicas o de edad, no podían acudir al comedor comunitario; e incluso, de repartir más alimentos entre más personas que se presentaron en la sede con sus respectivos envases para ser llenados. 
Será en el año 2010 cuando MAJDEL KOROM inicie otro propósito solidario, relacionado con una iniciativa gestionada directamente por Yehya Sarris. Consistente de dar amparo económico y  apoyo afectivo a los niños del campamento que se habían quedado huérfanos y sin los medios necesarios para crecer y evolucionar en seguridad. Así, cuando un cabeza de familia (hombre) fallece en Chatila dejando a niños de menos de 13 años, es Yehya el encargado de hacer un sencillo estudio de la familia, que mostrará por escrito la realidad de la situación económica en la que ha quedado tras la muerte. Si las evidencias muestran que el grupo familiar permanecerá desatendido al carecer de recursos imprescindibles o parientes dispuestos a implicarse en el sostenimiento de los pequeños, la asociación se involucrará en su protección en el presente y enfocando igualmente a más largo plazo el futuro de los pequeños.

Yehya Sarris en el comedor de Ramadán
En la actualidad, MAJDEL KOROM está amparando a 40 niños huérfanos. El mecanismo es sencillo, trasparente y muy eficiente. Una especie de padrinazgo minorista que gestiona el propia Yehya recurriendo a sus contactos personales, tanto en el Líbano como en países de la zona o de Europa. Se pone en marcha con llamadas telefónicas a determinadas personas, a las que explica la situación real del menor (o menores). A continuación, si las personas elegidas son receptivas a colaborar en el sostenimiento del huérfano, recibirán por escrito una radiografía exhaustiva con las necesidades más imprescindibles y su coste detallado. Y ya, a continuación, los receptores se comprometerán a aportar “lo que puedan según sus medios” para que el niño no quede en la indigencia. Igualmente, la organización se implica de lleno con los menores para que sientan la cercanía de personas conocidas dentro del campamento, y que seguirán meticulosamente su evolución escolar a lo largo del tiempo. También, durante el Ramadán estos niños son especialmente atendidos junto a sus madres en el comedor de la asociación, por lo que reciben al finalizar el mes  “la ropa nueva” necesaria y algunos juguetes para que “celebren la fiesta” como cualquier pequeño de su entorno. El objetivo de la asociación se centra sobre todo en que estos niños concluyan sus estudios secundarios, en consecuencia cuenta con un grupo de voluntarios que ejercitan de soporte o apoyo escolar cuando es preciso (clases en la sede de la organización después de finalizado el colegio de la UNRWA). Además, si a partir de los 18 años alguno de los jóvenes especialmente capacitado desea acceder a la Universidad, MAJDEL KOROM seguirá implicándose, bien directamente o mediante la gestión de becas o ayudas al estudio financiadas por personas de la misma red solidaria, y que seguirán puntualmente la trayectoria académica del protegido.
   Niños con Walid Ayub   


Otra de las aportaciones más significativas de MAJDEL KOROM es dar resguardo y compañía a los “mayores del campamento” (más de 65 años). Es una iniciativa entrañable y perfectamente visible, que ha logrado que ninguno de los ancianos viva su vejez en la soledad de sus viviendas, sin el cuidado necesario y aislado de sus compatriotas palestinos. Las atenciones son tanto materiales  (alimentos, medicamentos, cuidado de viviendas) como de gestión entusiasta de los momentos lúdicos; relacionados con el reencuentro festivo con paisanos de otros campamentos, celebraciones en la sede de la asociación, o con salidas en autocares para realizar excursiones con juegos de competición incluidos (siempre acompañados de voluntarios de la asociación que ayudarán en el ejercicio de las actividades). En la actualidad la organización tiene inscritas en este programa a unas 50 personas procedentes de diversos pueblos de la Galilea palestina, pero de entre ellas, ya solamente 15 vivieron conscientemente la Nakba y realizaron el último "viaje” hacia el exilio libanés.
Los mayores del campamento en una excursión
Juegos durante la excursión
No podemos dejar de mencionar al equipo “MAJDEL KOROM CLUB DE FUTBOL” que con la euforia como bandera por los triunfos acumulados representa con entusiasmo a la asociación solidaria. Y del que forman parte jóvenes disciplinados que, como pudimos comprobar, se entregan cada domingo sobre el terreno de juego mientras compiten con otros equipos palestinos (liga de 12 equipos de campamentos).
MAJDEL KOROM CLUB DE FUTBOL
Finalmente, debemos completar que la organización fundada por Yehya Sarris, a partir del año 2011 se vio en la necesidad de implicarse en el sostenimiento de los refugiados que iban llegando al campamento procedentes del la guerra de Siria: “No podíamos darles la espalda… dejarlos abandonados. Tuvimos que hacer esfuerzos para conseguir comida de urgencia, sobre todo para los niños; pero también mantas, colchones, algunos utensilios de cocina… Intervenir para que consiguieran alojamientos en Chatila pagando lo que pudieran... No hacemos distinciones, son refugiados pobres y necesitan nuestra ayuda”.

La trayectoria de la asociación MAJDEL KOROM ha demostrado tanto su eficacia como su transparencia. No tiene ningún interés en la gesticulación del halago, ni en el aplauso fácil de observadores conmovidos. Su compromiso es ras del suelo, tangible y diario, sin dejarse llevar por ideologías afines o amiguismos de conveniencia. Solamente se concentra “en ayudar” a  los más pobres e ignorados del campamento “mártir” de Chatila.
Yehya Sarris caminando por Chatila
 

miércoles, 5 de octubre de 2016

MANIFESTARSE EN EL CAMPAMENTO DE CHATILA
A lo largo de la última semana, al atardecer y antes de que Chatila se sumerja en la completa oscuridad, un colectivo numeroso de sus habitantes palestinos de todas las edades, recorre la calle más amplia del campamento en manifestación de hartazgo extremo. Exigen con su presencia y sus voces en grito la desaparición de las drogas variopintas del espacio palestino, así como mayor seguridad y la liquidación de almacenes de piratería que consideran obscena por su contenido. En consecuencia, reclaman la neutralización y detención por parte de las organizaciones palestinas presentes en el campo, de los individuos que hacen uso del espacio de los refugiados para sus intereses monetarios o de dominio, a la vez que utilizan a niños de corta edad para la distribución más minorista de las sustancias (algunas muy peligrosas).
No obstante, cuando se trata de los campamentos del Líbano, es necesario salir del análisis simplista o puramente sensitivo para centrarse en cuestiones de fondo, más complejas e impregnadas todas ellas de políticas de intereses. Que especialmente en la actualidad, proceden del exterior a los lugares propiamente palestinos, por lo que cometidos de contextos más amplios (libanés e incluso por momentos regional), vienen asfixiando a sus habitantes, impotentes ante las adversidades en continuo.
Son conflictos por la utilización discrecional de los espacios y los refugiados son víctimas certeras y fáciles, aún incluso, aunque en ocasiones sean actores activos (en tránsito) de sus propias miserias.
Concretamente, entre los traficantes que se mueven con impunidad en varias zonas perfectamente delimitadas de Chatila, hay varios palestinos del campamento. Bien descendientes de los primeros habitantes procedentes de Galilea (Nakba), bien llegados a partir de la destrucción del campo de Tel Zatar o de la emigración forzosa por cualquiera de las guerras que han ido sorteando a través de los años. Por lo que estos “indeseables” (palabra coreada por los manifestantes), además de serlo, no dejan de ser igualmente víctimas, al haber heredado de sus mayores el “documento de viaje palestino” (en lugar de pasaporte) junto con la desgracia de un estatus de refugiado deleznable.
En consecuencia, arrastran como grilletes la expulsión de sus mayores de las aldeas de Palestina, pero también el hecho de que a pesar de ser nacidos en el Líbano (segunda o tercera generación), el país les sigue aislando en un limbo jurídico mediante su exclusión de los principios más elementales para que encaucen sus vidas como ciudadanos. Por otra parte, la organización internacional creada en el año 1949 “para proteger” a los expulsados de Palestina, la UNRWA,  lleva más de una década con una presencia humanitaria escandalosamente a la baja, anta la falta de medios económicos al estar financiada exclusivamente con donaciones (sin presupuesto prefijado), lo que ha amplificado la soledad y la rabia en las nuevas generaciones. Incluso, la OLP y la Autoridad Palestina desde Cisjordania, miran con enorme distancia (indiferencia) la cotidianidad opresiva y la falta de expectativas de los palestinos del Líbano. 

Igualmente, el contexto libanés y sus relaciones de dominio sectario se sigue viendo reflejado en los campamentos. Así, en el actual conflicto “con los traficantes” en Chatila, los dos grupos de delincuentes más importantes, en función de sus lugares operacionales están siendo protegidos por los poderes libaneses limítrofes; bien por Hezbollah como fuerza fundamental a partir de la zona Sur y Este del campamento (sector chita), bien por la inteligencia militar en confluencia con el barrio de Sabra (mujabarat). Sin duda, la droga como masa considerable, llega hasta el campo con el sostén de traficantes de más peso, desde el exterior no palestino y que cuenta con influencias dentro de los poderes políticos más dominantes.  
Si bien en esta ocasión las organizaciones palestinas, lideradas por Al Fatah y PPLP, se han puesto de acuerdo para actuar conjuntamente en la detención de los delincuentes, haciendo más visible su presencia armada por las calles e incluso registrando determinadas viviendas, las presiones que reciben de partidos libaneses concretos para que no se excedan con los suyos respectivos, las está impidiendo actuar con verdadera eficacia. Y sólo en este sentido puede entenderse cómo es que tres presos detenidos (traficantes declarados), se hayan evadido del calabozo del campo como por arte de magia: sin violencia y sin que nadie haya podido notarlo…        

En el campamento de Chatila los nuevos sonidos, ya más atenuados, anuncian la pronta oscuridad… La luz se ha vuelto mortecina en un cielo gris opaco, por lo que cada una de las tiendecitas, va iluminando sus mercancías expuestas en el exterior con emisiones de focos muy amarillentos o con bombillas de colores llamativos. Un carrito de madera techado, totalmente forrado con telas de lona gruesa y flecos que se van balanceando, recorre la calle principal empujado por un adulto y un niño, que muy sonriente pregona con entonación el “hummus recién hecho”, mazorcas de maíz hervidas, remolacha de un color muy intenso y pepinillos en salazón.
La manifestación ha acabado su recorrido con un grito unánime: ¡No queremos drogas en los campos! El señor Serhani, originario de la aldea de Shaab (Acre), con sus más de 90 años y 68 de exilio sobre su espalda ligeramente arqueada, ha encabezado la marcha con seguridad. Y mañana volverá, y pasado...
Hoy, la resistencia en Chatila es la voz en grito de los palestinos de la Hijra. Contra la droga y la corrupción.


Manifestación en el campamento de Chatila.




















viernes, 30 de septiembre de 2016

En memoria de Ali Aissa
Bastó un segundo para que una descarga eléctrica dejara sin futuro a otro palestino-refugiado. La semana pasada el joven Ali Aissa murió electrocutado en Chatila. Tenía 22 años y se encontraba trabajando en los arreglos de su nueva vivienda porque pretendía casarse en los próximos meses. El campamento muestra el duelo tras su desaparición, pero nadie se sorprende por la forma en la que se ha producido. Es la séptima persona que fallece de la misma manera en lo que va de año, y se comenta en corrillos por las callejas principales que son pocas, teniendo en cuenta lo que probablemente acabará produciéndose… ¿Quiénes serán los próximos en morir?
En una callejuela cercana al siniestro huele intensamente a humo, a madera carbonizada y puede verse como un incendio reciente ha pintado de negro el cemento roto de dos viviendas colindantes. ¡Desgracias anunciadas! Esta vez no han habido muertos, solamente dos familias sin hogar.
Una maraña de cableado eléctrico es el cielo del campamento. Tan tupido a veces, que hasta conforma una especie de túnel a ramales que no concluye. Y por los pasadizos más estrechos, los cordones de la electricidad se arrastran en desorden igualmente por las paredes, hasta casi descolgarse en un suelo embadurnado de líquido negruzco resbaladizo o directamente en charcos espesos que nunca desaparecen. Las tuberías del agua, enmohecidas y sucias, que penden desde lo alto a lo largo de las tabiques, están agujereadas o directamente abiertas. Gotean en un sonido constante más o menos pautado, o desprendes pequeñas cascadas con burbujas igualmente en continuo... hasta rellenar las concavidades de tamaño considerable del pavimento; que acumulan en su interior plásticos u otros deshechos imprecisos y que van salpicando de líquido a los filamentos de la corriente.
Las miserias del mujaiam Chatila arañan el alma. Pero avivan a cualquier cerebro que esté dispuesto a poner en alerta su pensamiento crítico.
Un derecho elemental exige dignidad para las personas en su cotidianidad más básica. Los palestinos de los campamentos del Líbano, además, desde el año 1948 vienen reclamando justicia para su Causa: la aplicación de la legalidad internacional múltiples veces sancionada por las Naciones Unidas. En consecuencia, no van a cesar de reivindicar su "derecho al retorno”. 


Una de las calles principales del campamento de Chatila. Fotografía propia.
Chatila. Lugar donde Ali fue electrocutado. Fotografía propia.



Burj el Barajne también está de luto



El campamento de Burj el Barahne está cubierto de grandes retratos en color de un joven ligeramente sonriente. Lleno de vida. Es la última víctima de otra explosión eléctrica. 




jueves, 22 de septiembre de 2016

Campamento de Chatila. Septiembre-1982
HERIDAS EN PRESENTE
Unos sonidos broncos procedentes del exterior despertaron a la pequeña Zeina. Que se alzó como pudo del colchón extendido en el suelo al tiempo que reclamaba a su madre entre balbuceos, una vez que se hubo percatado que se encontraba sola y en penumbra en la única estancia de la vivienda. A continuación, con cierta torpeza para mantener el equilibrio, se empinó hasta el borde más alto del banco de madera pintado de azul chillón, y a partir de él, ya logró colocarse de píe sobre el fogón de la cocina de carbón apagada.
Se mantuvo inmóvil, con las manos abiertas sobre la pared y la nariz prácticamente adherida al cristal mohoso del ventanuco que daba a varias callejuelas. Sin saber numerar ordenadamente todavía, a través de sus ojos agrandados por la sorpresa fue contando uno a uno a los hombres de uniforme, que con sus fusiles al frente, iban y venían arañando las paredes agrietadas de las casas de los vecinos. Al sonido recio de las pisadas de los milicianos, se sumaron otros golpes secos procedentes de las casas limítrofes, así como, determinadas voces en grito que la pequeña pudo identificar con sus nombres de pila a pesar de que la sonoridad le llegaba muy alterada.
Pero fue el impacto de las imágenes del otro lado del cristal lo que propició que a Zeina se le abrieran en redondo más y más los ojos, mientras iba observando sin comprender el barullo salvaje del exterior. Las carreras precipitadas de grupos de ancianos, niños y mujeres, varias de ellas con criaturas en brazos, estaban siendo cortadas en seco o a trompicones por certeros disparos a quemarropa de los uniformados desconocidos, como también por las descargas de varias metralletas apostadas en la esquina más alejada. Y la pequeña fue observando después cómo los cuerpos tendidos en el polvo, algunos temblorosos y otros totalmente inmóviles, eran penetrados una vez tras otra por cuchillos embadurnados en rojo; un rojo tan intenso y pringoso como el que goteaba de las manos de los milicianos, mientras las movían con ahínco y a impulsos firmes sobre los derribados.    
Y de repente, a la panorámica del otro lado del cristal, se unió un gran estruendo causado por varias puertas al caer abruptamente sobre su propio peso, y a continuación sin mediar pausa, fueron resonando por las callejas del campamento muchos más alaridos de dolor y de miedo. De hombres, mujeres, niños… A los que ahora Zeina no podía observar directamente al estar ocultos por las paredes de sus casas; pero escuchó su espanto y después le llegó su silencio... Y luego más gritos, también acallados y que fueron sustituidos por otros nuevos. Para acabar enlazados en una única sonoridad de pánico que no cesaba…
Hasta que una especie de trueno, prolongado en ecos sordos y roncos, hizo tambalear las paredes de la estancia en la que se encontraba Zeina, por lo que el vidrio rectangular de observación se partió en múltiples pedazos; que se clavaron en desorden y en miniatura en el rostro aterrado de la pequeña. Que ya, sin lograr sostenerse firme sobre sus píes desnudos, se derrumbó vencida hacia detrás, aunque sus manos hicieron un intento torpe por sujetarse al quicio mínimo del ventanuco. Para caer sin remedio en un resquicio-oquedad semioculto, situado entre el banco de madera y una de las esquinas de la habitación.
Aún desconcertada y dolorida por la caída,  Zeina fue consciente de que todo volvía a temblar a su alrededor por el derrumbe seco de la puerta de hierro de la entrada a la vivienda. Inmóvil, muda… Solamente fue capaz de fijar la mirada en un par de gruesas botas manchadas por el polvo y por un líquido marrón oscuro.
Al tiempo, del exterior le llegaron carcajadas histéricas en mescolanza, acompañadas de más disparos y muchas, muchas palabras obscenas. Zeina, definitivamente ausente de sí misma, simplemente cerró los ojos y esperó…

Cuando amaneció la pequeña seguía en el mismo lugar: acurrucada, inmóvil, rodeada con sus propios brazos, manchada de sangre seca y en silencio. De pronto, alguien la levantó en volandas del suelo y mientras la abrazaba con fuerza articulaba con voz entrecortada: ¡pequeña, tú estás viva! ¡Estás viva!  


sábado, 17 de septiembre de 2016

Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (2)
Definitivamente, los asesinatos en el campamento de Chatila y en Sabra no se produjeron, sin más, porque el Estado de Israel consintiera o dejara hacer a “los incontrolados libaneses” (dejación en su obligación de proteger a unos ciudadanos encercados por sus tanques). Fue el ministro de Defensa Ariel Sharon conjuntamente con su primer ministro y los mandos del Tzahal los que idearon, encargaron y finalmente coordinaron las consecutivas “operaciones de limpieza” sobre el espacio palestino y calles aledañas. Aunque formaron parte de la ambiciosa maniobra denominada “Paz en Galilea”, mucho más amplia  y que debería haber transformado al país del Litani hasta convertirlo en el fiel sumiso de Tel Aviv. Pero igualmente pudieron llevarse a cabo con impunidad gracias al desinterés manifestado por la Fuerza Internacional. Una vez que optó por abandonar la capital sin fundamento: antes de que el ejército de Israel hubiera retirado sus tanques de Beirut para encaminarse, sin dilación, hacia la frontera.
El escándalo por las masacres produjo un tremendo impacto a nivel mundial. Pero ya era demasiado tarde, sólo quedaba procurar identificar a las víctimas, agruparlas como bultos y enterrarlas en una gran fosa común….
El sábado, día 18 a las 16 horas, la BBC trasmitió al mundo los hechos aberrantes (“apocalypse”) que se habían producido en el campamento de refugiados de Chatila y en los aledaños de Sabra. A continuación la comunidad internacional, por medio del Consejo de Seguridad y su Resolución 521, mostró su consternación y condenó sin dubitaciones “la matanza criminal de civiles palestinos en Beirut”. Al tiempo que autorizaba el envío de observadores a la capital, y requería del Secretario General que estableciera consultas inmediatas con el gobierno del Líbano, dirigidas a “un despliegue de las fuerzas de las Naciones Unidas” para que ayudaran a la protección de la población civil.
Tarde, muy tarde… y más de 2.000 muertos descomponiéndose bajo el sol.  
Testimonios
“Entonces, en el campamento, no había ni jefes palestinos ni fedayín profesionales, e Israel tenía que saberlo… Todos salieron con las organizaciones de la OLP. Tampoco había depósitos de armas ¡Eso también es falso!”
“En el campamento se llevó a cabo una cacería; entre las risotadas e insultos de los agresores y los gritos de terror de las víctimas. Masacraron a palestinos y también a sirios, egipcios o libaneses. ¡Matar, matar! Fue la consigna de quienes lo planearon. Recuerdo las carreras de la gente, como animales enjaulados,  sin saber hacia dónde dirigirse... Unos saltando por las ventanas, otros tropezando. Y aquellas voces que gritaban al perseguirnos… ¡Que se escapan! ¡Disparar más rápido! ¡Hay que matarlos a todos! ¡Palestinos hijos de perra!”.
“De pronto unos gritos nos hicieron poner en píe: ¡Los falangistas están aquí y nos están matando! Salí descalza a la calle y una mujer al verme me dijo, ¡están matando a todos... Niños, mujeres y también han asesinado a mi marido! Como no podía creerlo le contesté, ¿han matado a tu marido y no lloras? Ella me miró, pero como si no me estuviera viendo, y me dijo al alejarse: Son muchos los muertos y no puedo llorar por todos ahora. Pero debéis escapar antes de que lleguen”.
“La gente gritaba pero no podía entender nada, por lo que fui hasta la calle de al lado para ver qué era lo que estaba sucediendo: ¡Los judíos y los libaneses han entrado y han asesinado a muchas personas! ¡Escapar cuanto antes! Intenté regresar a casa para avisar a la familia,  pero entonces vi a un grupo de milicianos en la esquina. Sin saber que hacer me escondí en una nevera que estaba abandonada en la calle. Quieta, casi sin respirar, escuché risas, palabrotas, disparos... Cuando se alejaron, avisé a los míos y juntos fuimos a refugiarnos en el hospital de Gaza”.
“Acompañé a un periodista en una moto a recorrer el campamento cuando aún quedaban falangistas dentro. Oímos ruidos en una casa, gritos y otras voces que decían, se van a escapar, ¡cogedlos! El periodista hizo fotografías a los cadáveres pero yo casi no podía respirar. Juntos vimos y olimos a los muertos. Muchos habían sido asesinados por arma blanca, había mucha sangre seca, renegrida, y se veían las enormes heridas; algunos también estaban con las manos atadas, humillados, y con el carnet palestino encima de ellos. Se encontraban por todas partes: en las calles pegados a paredes, cruzados en el suelo, unos encima de otros en cualquier esquina, familias enteras en sus casas. A mi tío Abdel lo encontramos sin cabeza, ¡decapitado! Su mujer sólo lo reconoció por la ropa interior que llevaba puesta”.  
“El día 17 un francotirador israelí asesinó a mi hermano, se llamaba Jamal. Él se encontraba fuera del campamento, pero cuando conoció las atrocidades que se estaban cometiendo, intentó entrar junto con otros jóvenes con una ambulancia a recoger a los heridos y trasladarlos a hospitales. Poco pudo hacer. Bajó de la ambulancia y al dirigirse corriendo a socorrer a una mujer que gritaba en el suelo, fue abatido por el tirador israelí. Pero no murió en el acto, mi cuñada se lo encontró en el hospital de Gaza. Jamal la reconoció... Sus últimas palabras fueron ¡tengo frío, tápame...! Pero la mujer a la que intentó recoger se salvó”.
“Volví a entrar en Chatila a buscar a los míos el día 18, justo cuando llegaba la Cruz Roja. El olor era insoportable y por todas partes... No me encontré con ningún herido por la calle Sabra ni en Chatila, sólo había destrozos y ruinas, muertos y más muertos: niños de pocos meses de edad con la barriga rajada, mujeres ensangrentadas y violadas..., viejos con los ojos muy abiertos, jóvenes tirados junto a las paredes, otros amontonados o a medio enterrar… ¡Terrible, terrible! ¿Alguien puede pensar que podremos olvidarlo?”.


lunes, 12 de septiembre de 2016

“Chatila en el corazón”
Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (1)
Las columnas blindadas del Ejército de Israel se pusieron en movimiento desde varios frentes. Una de ellas avanzó a partir del sur, por la carretera del aeropuerto para abrirse en dos direcciones; por un lado, cercenó la conexión entre los campamentos de Burj el Barajne y Chatila; y por otro, avanzó a conciencia hasta formar un círculo para encerrar al campamento de Chatila junto con el entorno de Sabra. Pero expandiéndose igualmente hacia la Avenida de Camille Chamoun, la Ciudad Deportiva y la Universidad Árabe, hasta tener el control absoluto del barrio del Fahkani. Sincronizadamente, otros blindados irrumpieron en el espacio musulmán a través de la calle Damasco en la zona del Museo Nacional y en dirección al distrito del Barbir. Finalmente, un tercer grupo de carros de combate, a partir del norte del Beirut cristiano, se puso en movimiento hasta absorber el puerto y la zona de los grandes hoteles, para continuar avanzando por la cornisa mediterránea e introduciéndose igualmente hasta el espacio del Hambra. Al tiempo, buques de guerra de la marina bombardeaban intensamente el centro de la ciudad acorralada; y cazabombarderos a baja altitud desprendían un ruido ensordecedor… Propagando la necesidad de huida inmediata del oeste de Beirut.
Era 15 de septiembre de 1982, miércoles, y apenas había comenzado a amanecer. Los tanques de Tel Aviv estaban a punto de cerrar el círculo sobre Chatila junto con el vecindario popular de Sabra… Y justo entonces, un grupo de uniformados de la unidad Sayere Mat´Kal se fueron adentrando sin dubitaciones por las callejas  del campamento, todavía en quietud o en somnolencia. Rápidamente, los hombres de la élite del Tzahal, seguros en sus movimientos, iniciaron una cacería humana selectiva, de precisión y sin piedad. Así, cuando las personas previamente seleccionadas habían sido identificadas con sus nombres y apellidos, eran abatidas sin mediar palabra por un disparo certero en sus cabezas. Esta primera matanza de civiles palestinos concluyó muy pronto… Y los militares israelíes abandonaron el campamento sin apenas haber hecho notar su presencia.          
Y ya, una vez que hubieron concluido con la misión asignada por sus mandos (asesinatos selectivos), el campo de Chatila fue sellado sin dejar resquicios para la huida, y bajo el mismo control del ejército de Israel; tanto con francotiradores apostados en edificios claves que les otorgaban una perfecta visibilidad de toda la zona, como mediante una barrera inexpugnable confeccionada con sus propios blindados.
Seguidamente tuvieron lugar otras dos masacres en Sabra y en Chatila, mucho más cruentas tanto en las formas de llevarlas a efecto como en la cantidad de muertos que produjeron. Fueron ejercitadas sucesivamente, una detrás de la otra, aunque se encadenaron con tal precisión que pudieron dar la sensación de haber sido única e indiferenciada. Concluyendo finalmente en la mañana del sábado del día 18, que fue cuando Beirut en pleno se percató con incredulidad de lo sucedido en Sabra y en Chatila.
En relación a la mecánica operacional (coordinación) se fue produciendo de la manera previamente establecida. Una vez finalizada la primera y silenciosa operación del ejército israelí dentro del campamento, la siguiente incursión (segunda matanza) fue protagonizada por hombres pertenecientes a la milicia libanesa-sureña de Saad Haddad (fiel aliado de Tel Aviv), que se encontraba en la capital tras haber sido requerida para incorporarse al Tzahal al comienzo de la invasión de Beirut, aunque únicamente para aportar un apoyo accesorio o de comparsa. Cuando estos milicianos se adentraron en Chatila al amparo del atardecer, se dedicaron a ejercitar las órdenes recibidas del israelí Raphael Eytan; relacionadas con el procedimiento de abrir fuego sobre toda persona que se encontraran a su paso, y durante todo el tiempo que se prolongara su estancia en el campo y alrededores. Al mismo tiempo, los francotiradores israelíes de la brigada Golani situados en lo alto de edificios cercanos, iban impidiendo con disparos certeros cualquier escapatoria del averno de Chatila. Todo un macabro escenario iluminado de amarillo chispeante por las bengalas que fueron lanzando los hombres del ejército expectante.
Si bien es cierto que los Kataeb o Falangistas participaron de manera más ostensible y activa que como lo habían hecho sus compatriotas del sur, su intervención, fue a continuación de la de estos y como grupo independiente, aunque habían sido instigados por mandos israelíes de manera muy similar.  Así, los últimos milicianos que penetraron en el campamento y sus alrededores, el jueves día 16 de septiembre sobre las 5 de la tarde, pertenecían a efectivos falangistas del jefe Fady Frem (el sucesor de Bachir Gemayel). Y lo hicieron para llevar a cabo la misión encomendada por el ejército israelí: la de “limpiar” matando los espacios palestinos, ante la imposibilidad de que el Tzahal lo llevara a efecto en toda su amplitud con sus propios uniformados.

Con similar complacencia con la que horas antes los hombres de Haddad habían dejado libre a su desenfreno asesino, los falangistas (estos en plena algarabía) fueron trasportados en camiones hacia dos entradas del campamento, la puerta sur lindante con la embajada de Kuwait, y por el oeste a partir de la Ciudad Deportiva en dirección a la calle de Sabra. Y mientras asesinaban, oficiales del ejército israelí apostados en los edificios cercanos, observaban con sus prismáticos la prolongación de las dos barbaries anteriores. Aunque en realidad no tuvieran necesidad de utilizar sus telescopios para saber lo que estaba sucediendo; alcanzaban a visionarlo con sus propios ojos y escuchaban igualmente los alaridos de desesperación de las víctimas, simplemente verificaban con precisión que sus aliados libaneses llevaban a cabo la misión que se les había encomendado.
Fotografía del campamento de Chatila realizada en el año 1961

lunes, 5 de septiembre de 2016

Septiembre 1982: la invasión de Beirut-Oeste o el dominio de Israel
El 23 de agosto de 1982, el jefe miliciano Bachir Gemayel cambió formalmente de estatus al alcanzar el cargo de Presidente de la República Libanesa, aunque lo hizo a través de una votación parlamentaria ciertamente mediatizada; el jefe de Estado fue elegido sin protocolo, en un cuartel militar y con la presencia expectante de los tanques de Israel.
Sorpresivamente, dada su personalidad histriónica-radical, el cargo institucional pareció haber aplacado al combatiente Bachir. Pero incluso, al día siguiente de su nombramiento, como por arte de magia, la vida bulliciosa retornó al castigado Beirut-Oeste: volvió la electricidad, el agua a borbotones, la línea telefónica, medicinas e incluso gran cantidad de alimentos tanto envasados como frescos, por lo que los habitantes de estos barrios, por momentos, creyeron encontrarse en el paraíso. Y especialmente aliviados, al imaginar que la guerra de Israel por el dominio de la capital musulmana había concluido, y que sus tanques iniciarían la retirada inmediata hacia el sur del país camino de la frontera. No obstante los sucesos se fueron encadenando de tal manera, para que la  toma del poder absoluto por parte del invasor siguiera su curso.
Así, una vez que los últimos militares de Damasco y los jefes de la OLP junto los fedayín hubieran abandonado Beirut, “aplastados y expulsados” en palabras del jefe del ejército Ariel Sharon, los mandos israelíes admitieron sin complejos su prisa por llegar más lejos dentro de la capital “liberada”. Prioritario para Tel Aviv era avanzar hacia el interior de  la ciudad y comandar lo que definió publicitariamente como “la limpieza de Beirut-Oeste”, con el objetivo supuesto de capturar a “terroristas palestinos” camuflados entre los civiles. Por lo que el acorralamiento congelado debería modificarse, pero para permitir al Tzahal progresar hacia zonas de la capital especialmente sensibles y que se mantenían bajo el control de las fuerzas progresistas-musulmanas libanesas. En definitiva, el objetivo a conquistar era subyugar el espacio musulmán a su presencia armada imponente, anulando al tiempo cualquier posible reacción en contra por parte de milicias locales resistentes o desperdigadas. Únicamente faltaba el beneplácito y la voz a favor de su hombre en el país: el miliciano-presidente Bachir Gemayel.    
Sin embargo, la reacción contenida al respecto del nuevo presidente, una vez que hubo presentado su dimisión como comandante de las Fuerzas Libanesas, no fue la esperada por los políticos de Tel Aviv ni por sus mandos militares. El agresivo jefe falangista una vez convertido en máximo dignatario del país, optó por encararse de frente con los “aliados israelíes”, al mismo tiempo que proclamaba públicamente que su intención era buscar la reconciliación de todos los libaneses. En consecuencia, a su entender, sería el ejército nacional bajo su mando el que tomara la vanguardia en el control de la totalidad de Beirut; para evitar que milicias musulmanas-progresistas reaccionaran ante la presencia beligerante del ejército de ocupación. Y en esta nueva línea condescendiente como presidente de todos los libaneses, el 11 de septiembre Bachir Gemayel se reunió con el representante musulmán opositor Saeb Salam, y lo hizo en la sede presidencial del palacio de Baadda para dar máxima solemnidad al encuentro. A continuación, en declaración consensuada ambos políticos no dudaron reiterar “la unidad, soberanía e integridad territorial del Líbano”. 
Solamente tres días después, el presidente Gemayel fue sepultado bajo una montaña de escombros causada por la explosión de 200 kilos de dinamita, justo en su feudo por excelencia, en la sede del Kataeb del barrio cristiano de Acharafie (Beirut-Este). Y apenas unas horas después de que hubiera pronunciado su último discurso, en el que precisó que ya no ambicionaba un Líbano-nacional-cristiano, “pero sí un Estado en el que los cristianos puedan vivir libremente, del mismo modo que los musulmanes”; añadiendo a continuación que pedía a cada libanés  “que resistiera  a toda ocupación, a cualquier agresión al país…”.
Es necesario completar que una vez que la evacuación de los fedayín y de sus cuadros hubiera sido aceptada por todas las partes, incluida la israelí (denominado Plan Habib), un contingente de tropas o Fuerza Multinacional llegó a Beirut con la pretensión de facilitar la salida de la OLP, de efectivos de Damasco que permanecían inmovilizados en Beirut-Oeste y de garantizar la tranquilidad a los civiles de la capital. Con su presencia, la coalición pareció dar a entender que las hostilidades habían concluido bajo los términos del acuerdo presidido por Estados Unidos.
No obstante, una vez que los palestinos abandonaron el país de acogida “con honor” y rodeados de fanfarria publicitaria, la Fuerza Multinacional de interposición evidenció su prisa por abandonar el espacio libanés. El hecho de que Israel siguiera circundando amenazadoramente Beirut-Oeste, ocupando y haciendo uso de su  aeropuerto y exhibiendo su poder, prácticamente, por todo el país, no pareció inquietar en absoluto a los dirigentes de la comunidad internacional implicados; ni siquiera modificaron el plan de partida por el hecho que el Tzahal, el 8 de septiembre, hubiera bombardeado nuevas lanzaderas de defensa instaladas por Siria (carretera Beirut-Damasco). Así, el 10 de septiembre, los marines norteamericanos (800) tras haber permanecido diecisiete días en el Líbano salieron del puerto de Beirut, bajo una gran pancarta que ondeaba la despedida: “Misión cumplida. Adiós”; al día siguiente partió el contingente italiano (537 soldados), y dos días después le siguió el de los paracaidistas franceses (850 hombres). Si había sido la presencia de la Fuerza Multinacional la que había contenido al ejército israelí, como admitió personalmente Arial Sharon a Bachir Gemayel dos días antes de que éste fuera asesinado… Tras su partida, qué podría suceder.
El martes 14 de septiembre a las 16 horas y 10 minutos, la gran detonación que retumbó por toda la ciudad acabó con la vida del presidente Bachir Gemayel y de veintitrés personas más. Sólo unas horas después, el ejército israelí se adentró en Beirut-Oeste con total libertad (“operación Beirut” o “cerveau de fer”). El pretexto anhelado al grito de “¡Bachir, Bachir!” acabó por llegar. Y otra vez, bajo la presencia de los tanques del Tzahal será elegido un nuevo presidente: Amin  Gemayel. Un jefe de Estado que firmará la sumisión o  “acuerdo de paz” según las condiciones impuestas por el ocupante. Pero en el Líbano todo es efímero…

Las matanzas en el campamento de Chatila y en los alrededores de Sabra estaban a punto de comenzar. 

Los tanques del ejercito israelí invaden la ciudad de Beirut. Fotografía tomada del diario ABC (29-11-2014)

sábado, 27 de agosto de 2016

Beirut, junio-agosto 1982
El 6 de junio de 1982, cuando comenzaba a clarear el día, el ejército de Israel y su comitiva bélica de procedencia norteamericana penetraban en el Líbano con total impunidad hacia el interior del país, y lo hacían a través del territorio supuestamente controlado por las fuerzas de las Naciones Unidas. Al tiempo que la frontera libanesa era quebrantada, las agencias de prensa internacionales iban difundiendo, mecánicamente, que más de 130 personas habían perdido la vida y que otras 250 estaban heridas por los contundentes bombardeos que el Tzahal  venía realizando en los dos últimos días.
Y mientras las tropas de Israel avanzaban a partir de tres frentes perfectamente sincronizados, solamente unos pocos combatientes palestinos junto con otros tantos milicianos locales de izquierdas, intentaron obstaculizar la invasión sin ningún éxito. Por su lado, el ejército nacional-libanés permaneció totalmente ausente, en sus acuartelamientos, mientras las tropas “enemigas” se dirigían con arrogancia suprema hacia la capital del Estado. Igualmente, el cielo libanés se había abierto en forma de abanico, una vez que las baterías de defensa instaladas por Siria hubieran sido destruidas por los bombarderos de Tel Aviv. Como fue evidente que las fuerzas terrestres del ejército “de pacificación” sirio se limitaron a defenderse cuando no tuvieron otra opción, recibiendo por ello un castigo significativo; tanto que llevó a su comandante en jefe a decretar retirada, discreción y permanecer a la espera.
También, la diplomacia internacional bajo el padrinazgo de Washington soportó con soltura y mucho cinismo la conculcación de la legalidad internacional, hasta el punto que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas siguió negando la aprobación de una resolución que exigiera con rotundidad el inmediato alto el fuego, y que condenara, expresamente, tanto la guerra desencadenada por Israel como su avance en la ocupación del territorio. Es más, el Estado invasor ni siquiera fue amonestado con firmeza por el incumplimiento de las resoluciones aprobadas por el mismo organismo sólo unos pocos días antes (resoluciones 508 y 509). No obstante, en el mismo Consejo se dejaron oír  significativos alegatos de repudio a las praxis de Israel en el Líbano, como por ejemplo el del español Jaime de Piniés. Situación frustrante en las Naciones Unidas una vez más… a la que podríamos calificar de condena de discurso; el veto se impuso y el ejército de ocupación de Israel continuó en su camino triunfante hacía Beirut. 
El asedio de Beirut-Oeste
Y la guerra de Israel, camuflada bajo el eslogan “paz en Galilea”, avanzó sin impedimentos hasta las puertas de la capital. El dispositivo militar del Tzahal acabó encercando literalmente a Beirut-Oeste en el estruendo bélico y la desesperación más extrema. Durante setenta días la ciudad solamente respiró las emanaciones de las bombas, las del fuego ardiendo descontrolado, o  de la podredumbre de los cadáveres al sol y bajo las ruinas:
“Otras veces los bombardeos comenzaban de golpe y la hilera de personas se disolvía en estampida y a gritos... una zapatilla por aquí, la bolsa que volaba por los aire... y lo peor, los nuevos escombros, la sangre y los pedazos humanos estampados por el suelo o entre los hierros...  Las ratas de Beirut, había millones de ratas por todas partes, vivían mucho mejor que las personas. Las explosiones se unían unas a otras y no acababan nunca..., retumbaban en la cabeza y no dejaban pensar, ni dormir, ni siquiera llorar… ¡Hasta se acabaron las lágrimas en Beirut!”. 
Pero el  genocidio  en la forma de asedio a Beirut-Oeste, o especialísimo  laboratorio de barbarie fabricado por el Estado de Israel para imponer sus objetivos de dominio, se entreabrió solamente cuando la primera de sus exigencias fue asumida por todas las partes como inevitable. El 30 de agosto de 1982, Yasser Arafat abandonó Beirut junto con sus últimos milicianos para dirigirse hacia su nuevo exilio en Túnez. Pero lo hizo una vez  que hubo obtenido de los gobiernos libanés y norteamericano “las garantías” de que los civiles palestinos, de dentro y de fuera de los campamentos de refugiados, no sufrirían represalias ni verían en peligro sus vidas.
Y la doliente Beirut-Oeste ya sin los impetuosos fedayín palestinos y sus mandos,  se encontró a sí misma bajo la forma de estructuras de cemento que humeaban constantemente al cielo hasta desteñirlo en gris.  Con los tanques de Israel circundándola ansiosos,  expectantes, a la espera de un nuevo pretexto para iniciar el último asalto y conquistar, por cualquier medio, la sumisión del país. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Retornando: Cuatro horas en el campamento de Bour el Barjne

Una vez más habíamos olvidado que el campamento de Burj el Barjne es engañoso. Si bien su entrada principal con la gran mezquita de Afurcan al frente nos sitúa sin impedimentos en calles relativamente ordenadas, con un suelo allanado y de una amplitud aceptable, rápidamente avanzamos hacia un embrollo de callejas y pasadizos muy empinados, que se conectan entre sí en forma de círculos laberínticos sin un sentido claro y que nos impiden conservar la orientación cardinal más básica. Curiosamente, el agua, que escasea desgraciadamente en las viviendas familiares, es protagonista absoluto de las callejas en ladera, al deslizarse por ellas con total libertad como mínimos riachuelos, por lo que moverse libremente sin el riesgo al desliz es casi imposible  (pudimos comprobarlo); teniendo en cuenta que el pavimento se ha erosionado a lo largo del tiempo, dulcificando sus asperezas hasta dar forma a algo relacionado con una pista de patinaje con constantes subidas o bajadas...
El líquido desciende en libertad tras ir brotando de las alcantarillas medio destapadas y de unos conductos de plástico o de metal al descubierto, para dirigirse en forma de ramales caóticos hacia las partes más bajas. Pero al tiempo, también se va incrementado al fluir por algunas de las paredes de las viviendas, que ya empapadas, chorrean constantemente sin ningún tipo de protección; como por culpa de tuberías o depósitos en mal estado colgados precariamente en el cemento (envejecidos y agujereados). Incluso, la gran parte de las cañerías por las que transita el agua, se encuentran entrelazadas a marañas de cables por los que circula la luz dirigida a los domicilios y pequeños negocios del campo. En Burj el Barajne, como en otros campamentos palestinos, el agua desaprovechada se mueve o se estanca a su albedrío, junto a un cableado eléctrico (o contadores) escandalosamente defectuoso, y en consecuencia, sin medios de seguridad o mínima cautela.             
A pesar de las transformaciones que se han ido produciendo con el paso de los años, este campamento palestino ha conservado una estructura humana mucho más homogénea que Chatila, en relación al establecimiento de ambos en los años 1949-1950. Cuando un grupo de refugiados procedentes de la aldea galilea de Tarshiha (Acre), ante la evidencia de que el retorno a sus hogares no sería inmediato, se vieron en la necesidad de asentarse en un lugar temporal a la espera. Por lo que se reagruparon por familias en una finca polvorienta y en desnivel del distrito de Burj el Barajne, cedida para tal efecto transitorio y bajo la protección de unos toldos de lona aportados por la Cruz Roja Internacional. Así, de acuerdo con los datos que nos ha proporcionado la organización “Social Support Society”, este campamento del sur profundo de Beirut lo habitan cerca de 40.000 personas: sobre 25.000 son refugiados palestinos procedentes de la Hijra junto con sus descendientes (llegados al Líbano en 1948-1940); cerca de 14.000 han arribado en los últimos años por causa de la destrucción y la violencia en la vecina Siria y una mayoría de ellos son igualmente refugiados de la Nakba o “palestinos de Siria”, pero otra parte, son ciudadanos sirios que carecen de medios económicos para instalarse en otros lugares de Beirut. El resto de los habitantes, sobre todo son nacionales libaneses muy pobres y marginados; otras nacionalidades no son representativas en este campamento, aunque sí que habitan en sus aledaños.
Nuestra percepción del trazado a ras de suele del campo de Burj el Barajne (que se mantiene prácticamente igual desde que fue levantamiento en firme), siempre nos ha causado desconcierto: es caótico e inescrutable o en círculos mal delineados y sin ningún sentido; además de estar fijado a la incómoda pendiente y con sus elemento más básicos en una degradación escandalosa. Sin embargo, debemos añadir que “el Burj” es más sosegado, discreto y silencioso que su allegado del norte, el estridente y atestado Chatila. E igualmente, en su componente humano hemos encontrado mayor vitalidad, o consciencia de la necesidad de “hacer algo” para aliviar determinadas situaciones de emergencia. Así, algunos hombres y mujeres han tomado la vanguardia de manera individual con gran esfuerzo, con la intención de que la vida de estos “palestinos de 1948” no se consuma en la definitiva desesperanza.
Aunque sin grandes estructuras por falta de mayor apoyo económico, existe cierto dinamismo en el aspecto social o de auxilio más inmediato y concreto. Por ejemplo, para que “los mayores del campamento” vivan su cotidianidad con dignidad al poder acceder diariamente a un comedor colectivo, o formando parte de salidas organizadas bajo la forma de excursiones o encuentros lúdicos con otros refugiados; también, para que grupos de mujeres, niños y adolescentes se mantengan activos mientras aprenden informática, idiomas y determinadas profesiones de provecho (de presente y de futuro). Pero este activismo, sin duda insuficiente por falta de medios, no puede desterrar el riesgo de aparición de ciertos estallidos impetuosos de carácter individual o por desavenencias personales; u otros mucho más complejos, procedentes de grupúsculos reducidos con tendencias políticas opuestas e influenciados (o financiados) por la coyuntura libanesa y regional.
Definitivamente, el hartazgo destructivo en el que se encuentran atrapados miles de jóvenes en los campos palestinos, desde su nacimiento y sin que hayan podido intervenir para remediarlo o modificar sus vidas, resulta escandaloso y debería crear alertas políticas y sociales. La pobreza extrema, la ausencia de expectativas relacionadas con mejoras de carácter legal, la obligada convivencia en un entorno inhóspito y masificado, e incluso, los recelos por competencia entre “los habitantes de siempre” y los que se han instalado últimamente procedentes de Siria, son cuestiones a analizar  y peligros a flor de piel que no pueden sobreseerse desde el desprecio o la indiferencia. Otra cuestión para recapacitar debería centrarse en si el último rincón-cobijo de los palestinos de los campamentos del Líbano, cultivado con firmeza a través de la memoria de la Nakba al impregnarlo de la esperanza en “el retorno a la Tierra”, estallará con furia ante la impunidad arrogante de más humillaciones. Y desprecios.
Abandonamos Burj el Barajne, sin prisa. Con la imagen dibujada en una de las paredes más blancas de la salida: un refugiado soporta sobre su espalda el mapa de la Palestina histórica confeccionado enteramente con palabras de Darwish: “Vale la pena vivir por esta tierra”. Y a su lado el rebelde Handala creado por Naji al Ali con su brazo en alto va escribiendo: “Vivimos a través de imaginar…”.

Y ya, mientras nos alejábamos hacia el puente de la autopista vinieron a la mente las palabras de una anciana: “Hemos vivido para mantener la memoria de Palestina... Pero reclamamos justicia y respeto ¡Caridad, no!”.

Algunas organizaciones del campamento de Burj el Barajne:

- Social Support Society. Fue puesta en macha con decisión en el año 2006, ante la necesidad perentoria de otorgar apoyos asistenciales-emocionales a los ancianos del campamento; muchos de ellos solos y sin ningún tipo de sostén. Con el paso del tiempo ha ampliado sus programas para dar cobertura a residentes de edades más tempanas pero en situación de extrema necesidad. Sus instalaciones son acogedoras, discretas y bien organizadas, pero destacan especialmente sus trabajadoras: amables, activas y entusiastas. Cuenta con una cocina adecuada para proporcionar, diariamente, comidas al grupo de ancianos; fuimos partícipes de la preparación del perejil en ramitos limpios, para después, una vez troceado, incorporarlo al kafta. Igualmente, hemos sido testigo de cómo los ancianos mantienen intacta la evocación de sus lugares de origen en Galilea. La organización a su vez mantiene una estrecha colaboración con su homónima en el campo de Narh el Bared  (Trípoli). Contacto: Saher Serhan.
- Women´s Programs Association. Si bien su origen se remonta al año 1953 y a la iniciativa de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina) para trasladar a mujeres de algunos campamentos la oportunidad de ciertas actividades laborales, a partir del año 2.000 la Agencia modificó su estrategia dirigiendo los programas hacia el voluntariado independiente aunque permaneció como soporte. En los últimos años su crecimiento ha sido importante al iniciarse en nuevos programas educativos a niños y jóvenes, así como un proyecto de catering de calidad y muy reconocido que lleva por nombre SOUFRA. Pudimos acceder a una clase de inglés que se impartía en esos momentos, en la que una joven voluntaria con una gran sonrisa nos saludó en español. Contacto: Mariam Shahar
Palestinian Arab Center (PAC) Fue establecido en el año 1993. Se encuentra situada en la parte baja del campamento y cuenta con instalaciones muy amplias, y aunque es evidente el deterioro general del edificio, encontramos espacios acogedores bien cuidados, con mucha luz del exterior y pintados con colores atractivos. Incluso dispone de un pequeño parque infantil con un gran árbol en uno de sus costados, que ha extendido sus ramas fuera del recinto semicerrado, pero debiendo sortear marañas de cables eléctricos que penden en la calleja contigua; la hierba artificial, los columpios y otros juegos de colores llamativos dan viveza y alegría al lugar infantil. Encontramos a un grupo de niñas y niños haciendo trabajos manuales bajo la supervisión de adolescentes voluntarias. La organización se centra especialmente en los niños porque es consciente que “tiene que mirar al futuro”. Contacto: Ismail Ismail.  
- Aman Organization. Si cada una de las organizaciones altruistas que hemos conocido en Burj el Barajne ha logrado que encontremos esperanza en un lugar en el que aparentemente no existe, esta organización, además ha logrado que sintamos una emoción muy especial. Aman ha logrando que refugiados discapacitados del campamento tengan una profesión y puedan vivir con su trabajo. A partir de una formación disciplinada y seria, ha conseguido que los jóvenes confeccionen una gran variedad de objetos artesanos muy atractivos, incluidos pequeños mueble trabajados con enorme destreza en madera perfectamente suavizada; como sillas y bancos con diseño vanguardista, de maderas naturales, trenzadas en colores llamativos y combinados con mucha creatividad. “El dinero que procede del trabajo va directamente a nuestros jóvenes, la organización no busca beneficio”. Contacto: Thaeer Dabdoub.