Campamento de Chatila. Septiembre-1982
HERIDAS EN PRESENTE
Unos sonidos broncos procedentes del exterior
despertaron a la pequeña Zeina. Que se alzó como pudo del colchón extendido en
el suelo al tiempo que reclamaba a su madre entre balbuceos, una vez que se
hubo percatado que se encontraba sola y en penumbra en la única estancia de la
vivienda. A continuación, con cierta torpeza para mantener el equilibrio, se
empinó hasta el borde más alto del banco de madera pintado de azul
chillón, y a partir de él, ya logró colocarse de píe sobre el fogón de la
cocina de carbón apagada.
Se mantuvo inmóvil, con las manos abiertas sobre la
pared y la nariz prácticamente adherida al cristal mohoso del ventanuco que
daba a varias callejuelas. Sin saber numerar ordenadamente todavía, a través de sus ojos
agrandados por la sorpresa fue contando uno a uno a los hombres de uniforme,
que con sus fusiles al frente, iban y venían arañando las paredes agrietadas de
las casas de los vecinos. Al sonido recio de las pisadas de los milicianos, se
sumaron otros golpes secos procedentes de las casas limítrofes, así como,
determinadas voces en grito que la pequeña pudo identificar con sus nombres de
pila a pesar de que la sonoridad le llegaba muy alterada.
Pero fue el impacto de las imágenes del otro lado del
cristal lo que propició que a Zeina se le abrieran en redondo más y más los
ojos, mientras iba observando sin comprender el barullo salvaje del exterior.
Las carreras precipitadas de grupos de ancianos, niños y mujeres, varias de
ellas con criaturas en brazos, estaban siendo cortadas en seco o a trompicones
por certeros disparos a quemarropa de los uniformados desconocidos, como también
por las descargas de varias metralletas apostadas en la esquina más alejada. Y la
pequeña fue observando después cómo los cuerpos tendidos en el polvo, algunos
temblorosos y otros totalmente inmóviles, eran penetrados una vez tras otra por
cuchillos embadurnados en rojo; un rojo tan intenso y pringoso como el que
goteaba de las manos de los milicianos, mientras las movían con ahínco y a impulsos firmes sobre los derribados.
Y de repente, a la panorámica del otro lado del
cristal, se unió un gran estruendo causado por varias puertas al caer
abruptamente sobre su propio peso, y a continuación sin mediar pausa, fueron resonando
por las callejas del campamento muchos más alaridos de dolor y de miedo. De hombres,
mujeres, niños… A los que ahora Zeina no podía observar directamente al estar
ocultos por las paredes de sus casas; pero escuchó su espanto y después le
llegó su silencio... Y luego más gritos, también acallados y que fueron sustituidos
por otros nuevos. Para acabar enlazados en una única sonoridad de pánico que no
cesaba…
Hasta que una especie de trueno, prolongado en ecos
sordos y roncos, hizo tambalear las paredes de la estancia en la que se
encontraba Zeina, por lo que el vidrio rectangular de observación se partió en múltiples
pedazos; que se clavaron en desorden y en miniatura en el rostro aterrado de la
pequeña. Que ya, sin lograr sostenerse firme sobre sus píes desnudos, se
derrumbó vencida hacia detrás, aunque sus manos hicieron un intento torpe por
sujetarse al quicio mínimo del ventanuco. Para caer sin remedio en un resquicio-oquedad
semioculto, situado entre el banco de madera y una de las esquinas de la
habitación.
Aún desconcertada y dolorida por la caída, Zeina fue consciente de que todo volvía a
temblar a su alrededor por el derrumbe seco de la puerta de hierro de la
entrada a la vivienda. Inmóvil, muda… Solamente fue capaz de fijar la mirada en
un par de gruesas botas manchadas por el polvo y por un líquido marrón oscuro.
Al tiempo, del exterior le llegaron carcajadas
histéricas en mescolanza, acompañadas de más disparos y muchas, muchas palabras
obscenas. Zeina, definitivamente ausente de sí misma, simplemente cerró los
ojos y esperó…
Cuando amaneció la pequeña seguía en el mismo lugar:
acurrucada, inmóvil, rodeada con sus propios brazos, manchada de sangre seca y
en silencio. De pronto, alguien la levantó en volandas del suelo y mientras la
abrazaba con fuerza articulaba con voz entrecortada: ¡pequeña, tú estás viva! ¡Estás
viva!

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