jueves, 22 de septiembre de 2016

Campamento de Chatila. Septiembre-1982
HERIDAS EN PRESENTE
Unos sonidos broncos procedentes del exterior despertaron a la pequeña Zeina. Que se alzó como pudo del colchón extendido en el suelo al tiempo que reclamaba a su madre entre balbuceos, una vez que se hubo percatado que se encontraba sola y en penumbra en la única estancia de la vivienda. A continuación, con cierta torpeza para mantener el equilibrio, se empinó hasta el borde más alto del banco de madera pintado de azul chillón, y a partir de él, ya logró colocarse de píe sobre el fogón de la cocina de carbón apagada.
Se mantuvo inmóvil, con las manos abiertas sobre la pared y la nariz prácticamente adherida al cristal mohoso del ventanuco que daba a varias callejuelas. Sin saber numerar ordenadamente todavía, a través de sus ojos agrandados por la sorpresa fue contando uno a uno a los hombres de uniforme, que con sus fusiles al frente, iban y venían arañando las paredes agrietadas de las casas de los vecinos. Al sonido recio de las pisadas de los milicianos, se sumaron otros golpes secos procedentes de las casas limítrofes, así como, determinadas voces en grito que la pequeña pudo identificar con sus nombres de pila a pesar de que la sonoridad le llegaba muy alterada.
Pero fue el impacto de las imágenes del otro lado del cristal lo que propició que a Zeina se le abrieran en redondo más y más los ojos, mientras iba observando sin comprender el barullo salvaje del exterior. Las carreras precipitadas de grupos de ancianos, niños y mujeres, varias de ellas con criaturas en brazos, estaban siendo cortadas en seco o a trompicones por certeros disparos a quemarropa de los uniformados desconocidos, como también por las descargas de varias metralletas apostadas en la esquina más alejada. Y la pequeña fue observando después cómo los cuerpos tendidos en el polvo, algunos temblorosos y otros totalmente inmóviles, eran penetrados una vez tras otra por cuchillos embadurnados en rojo; un rojo tan intenso y pringoso como el que goteaba de las manos de los milicianos, mientras las movían con ahínco y a impulsos firmes sobre los derribados.    
Y de repente, a la panorámica del otro lado del cristal, se unió un gran estruendo causado por varias puertas al caer abruptamente sobre su propio peso, y a continuación sin mediar pausa, fueron resonando por las callejas del campamento muchos más alaridos de dolor y de miedo. De hombres, mujeres, niños… A los que ahora Zeina no podía observar directamente al estar ocultos por las paredes de sus casas; pero escuchó su espanto y después le llegó su silencio... Y luego más gritos, también acallados y que fueron sustituidos por otros nuevos. Para acabar enlazados en una única sonoridad de pánico que no cesaba…
Hasta que una especie de trueno, prolongado en ecos sordos y roncos, hizo tambalear las paredes de la estancia en la que se encontraba Zeina, por lo que el vidrio rectangular de observación se partió en múltiples pedazos; que se clavaron en desorden y en miniatura en el rostro aterrado de la pequeña. Que ya, sin lograr sostenerse firme sobre sus píes desnudos, se derrumbó vencida hacia detrás, aunque sus manos hicieron un intento torpe por sujetarse al quicio mínimo del ventanuco. Para caer sin remedio en un resquicio-oquedad semioculto, situado entre el banco de madera y una de las esquinas de la habitación.
Aún desconcertada y dolorida por la caída,  Zeina fue consciente de que todo volvía a temblar a su alrededor por el derrumbe seco de la puerta de hierro de la entrada a la vivienda. Inmóvil, muda… Solamente fue capaz de fijar la mirada en un par de gruesas botas manchadas por el polvo y por un líquido marrón oscuro.
Al tiempo, del exterior le llegaron carcajadas histéricas en mescolanza, acompañadas de más disparos y muchas, muchas palabras obscenas. Zeina, definitivamente ausente de sí misma, simplemente cerró los ojos y esperó…

Cuando amaneció la pequeña seguía en el mismo lugar: acurrucada, inmóvil, rodeada con sus propios brazos, manchada de sangre seca y en silencio. De pronto, alguien la levantó en volandas del suelo y mientras la abrazaba con fuerza articulaba con voz entrecortada: ¡pequeña, tú estás viva! ¡Estás viva!  


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