sábado, 17 de septiembre de 2016

Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (2)
Definitivamente, los asesinatos en el campamento de Chatila y en Sabra no se produjeron, sin más, porque el Estado de Israel consintiera o dejara hacer a “los incontrolados libaneses” (dejación en su obligación de proteger a unos ciudadanos encercados por sus tanques). Fue el ministro de Defensa Ariel Sharon conjuntamente con su primer ministro y los mandos del Tzahal los que idearon, encargaron y finalmente coordinaron las consecutivas “operaciones de limpieza” sobre el espacio palestino y calles aledañas. Aunque formaron parte de la ambiciosa maniobra denominada “Paz en Galilea”, mucho más amplia  y que debería haber transformado al país del Litani hasta convertirlo en el fiel sumiso de Tel Aviv. Pero igualmente pudieron llevarse a cabo con impunidad gracias al desinterés manifestado por la Fuerza Internacional. Una vez que optó por abandonar la capital sin fundamento: antes de que el ejército de Israel hubiera retirado sus tanques de Beirut para encaminarse, sin dilación, hacia la frontera.
El escándalo por las masacres produjo un tremendo impacto a nivel mundial. Pero ya era demasiado tarde, sólo quedaba procurar identificar a las víctimas, agruparlas como bultos y enterrarlas en una gran fosa común….
El sábado, día 18 a las 16 horas, la BBC trasmitió al mundo los hechos aberrantes (“apocalypse”) que se habían producido en el campamento de refugiados de Chatila y en los aledaños de Sabra. A continuación la comunidad internacional, por medio del Consejo de Seguridad y su Resolución 521, mostró su consternación y condenó sin dubitaciones “la matanza criminal de civiles palestinos en Beirut”. Al tiempo que autorizaba el envío de observadores a la capital, y requería del Secretario General que estableciera consultas inmediatas con el gobierno del Líbano, dirigidas a “un despliegue de las fuerzas de las Naciones Unidas” para que ayudaran a la protección de la población civil.
Tarde, muy tarde… y más de 2.000 muertos descomponiéndose bajo el sol.  
Testimonios
“Entonces, en el campamento, no había ni jefes palestinos ni fedayín profesionales, e Israel tenía que saberlo… Todos salieron con las organizaciones de la OLP. Tampoco había depósitos de armas ¡Eso también es falso!”
“En el campamento se llevó a cabo una cacería; entre las risotadas e insultos de los agresores y los gritos de terror de las víctimas. Masacraron a palestinos y también a sirios, egipcios o libaneses. ¡Matar, matar! Fue la consigna de quienes lo planearon. Recuerdo las carreras de la gente, como animales enjaulados,  sin saber hacia dónde dirigirse... Unos saltando por las ventanas, otros tropezando. Y aquellas voces que gritaban al perseguirnos… ¡Que se escapan! ¡Disparar más rápido! ¡Hay que matarlos a todos! ¡Palestinos hijos de perra!”.
“De pronto unos gritos nos hicieron poner en píe: ¡Los falangistas están aquí y nos están matando! Salí descalza a la calle y una mujer al verme me dijo, ¡están matando a todos... Niños, mujeres y también han asesinado a mi marido! Como no podía creerlo le contesté, ¿han matado a tu marido y no lloras? Ella me miró, pero como si no me estuviera viendo, y me dijo al alejarse: Son muchos los muertos y no puedo llorar por todos ahora. Pero debéis escapar antes de que lleguen”.
“La gente gritaba pero no podía entender nada, por lo que fui hasta la calle de al lado para ver qué era lo que estaba sucediendo: ¡Los judíos y los libaneses han entrado y han asesinado a muchas personas! ¡Escapar cuanto antes! Intenté regresar a casa para avisar a la familia,  pero entonces vi a un grupo de milicianos en la esquina. Sin saber que hacer me escondí en una nevera que estaba abandonada en la calle. Quieta, casi sin respirar, escuché risas, palabrotas, disparos... Cuando se alejaron, avisé a los míos y juntos fuimos a refugiarnos en el hospital de Gaza”.
“Acompañé a un periodista en una moto a recorrer el campamento cuando aún quedaban falangistas dentro. Oímos ruidos en una casa, gritos y otras voces que decían, se van a escapar, ¡cogedlos! El periodista hizo fotografías a los cadáveres pero yo casi no podía respirar. Juntos vimos y olimos a los muertos. Muchos habían sido asesinados por arma blanca, había mucha sangre seca, renegrida, y se veían las enormes heridas; algunos también estaban con las manos atadas, humillados, y con el carnet palestino encima de ellos. Se encontraban por todas partes: en las calles pegados a paredes, cruzados en el suelo, unos encima de otros en cualquier esquina, familias enteras en sus casas. A mi tío Abdel lo encontramos sin cabeza, ¡decapitado! Su mujer sólo lo reconoció por la ropa interior que llevaba puesta”.  
“El día 17 un francotirador israelí asesinó a mi hermano, se llamaba Jamal. Él se encontraba fuera del campamento, pero cuando conoció las atrocidades que se estaban cometiendo, intentó entrar junto con otros jóvenes con una ambulancia a recoger a los heridos y trasladarlos a hospitales. Poco pudo hacer. Bajó de la ambulancia y al dirigirse corriendo a socorrer a una mujer que gritaba en el suelo, fue abatido por el tirador israelí. Pero no murió en el acto, mi cuñada se lo encontró en el hospital de Gaza. Jamal la reconoció... Sus últimas palabras fueron ¡tengo frío, tápame...! Pero la mujer a la que intentó recoger se salvó”.
“Volví a entrar en Chatila a buscar a los míos el día 18, justo cuando llegaba la Cruz Roja. El olor era insoportable y por todas partes... No me encontré con ningún herido por la calle Sabra ni en Chatila, sólo había destrozos y ruinas, muertos y más muertos: niños de pocos meses de edad con la barriga rajada, mujeres ensangrentadas y violadas..., viejos con los ojos muy abiertos, jóvenes tirados junto a las paredes, otros amontonados o a medio enterrar… ¡Terrible, terrible! ¿Alguien puede pensar que podremos olvidarlo?”.


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