sábado, 27 de agosto de 2016

Beirut, junio-agosto 1982
El 6 de junio de 1982, cuando comenzaba a clarear el día, el ejército de Israel y su comitiva bélica de procedencia norteamericana penetraban en el Líbano con total impunidad hacia el interior del país, y lo hacían a través del territorio supuestamente controlado por las fuerzas de las Naciones Unidas. Al tiempo que la frontera libanesa era quebrantada, las agencias de prensa internacionales iban difundiendo, mecánicamente, que más de 130 personas habían perdido la vida y que otras 250 estaban heridas por los contundentes bombardeos que el Tzahal  venía realizando en los dos últimos días.
Y mientras las tropas de Israel avanzaban a partir de tres frentes perfectamente sincronizados, solamente unos pocos combatientes palestinos junto con otros tantos milicianos locales de izquierdas, intentaron obstaculizar la invasión sin ningún éxito. Por su lado, el ejército nacional-libanés permaneció totalmente ausente, en sus acuartelamientos, mientras las tropas “enemigas” se dirigían con arrogancia suprema hacia la capital del Estado. Igualmente, el cielo libanés se había abierto en forma de abanico, una vez que las baterías de defensa instaladas por Siria hubieran sido destruidas por los bombarderos de Tel Aviv. Como fue evidente que las fuerzas terrestres del ejército “de pacificación” sirio se limitaron a defenderse cuando no tuvieron otra opción, recibiendo por ello un castigo significativo; tanto que llevó a su comandante en jefe a decretar retirada, discreción y permanecer a la espera.
También, la diplomacia internacional bajo el padrinazgo de Washington soportó con soltura y mucho cinismo la conculcación de la legalidad internacional, hasta el punto que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas siguió negando la aprobación de una resolución que exigiera con rotundidad el inmediato alto el fuego, y que condenara, expresamente, tanto la guerra desencadenada por Israel como su avance en la ocupación del territorio. Es más, el Estado invasor ni siquiera fue amonestado con firmeza por el incumplimiento de las resoluciones aprobadas por el mismo organismo sólo unos pocos días antes (resoluciones 508 y 509). No obstante, en el mismo Consejo se dejaron oír  significativos alegatos de repudio a las praxis de Israel en el Líbano, como por ejemplo el del español Jaime de Piniés. Situación frustrante en las Naciones Unidas una vez más… a la que podríamos calificar de condena de discurso; el veto se impuso y el ejército de ocupación de Israel continuó en su camino triunfante hacía Beirut. 
El asedio de Beirut-Oeste
Y la guerra de Israel, camuflada bajo el eslogan “paz en Galilea”, avanzó sin impedimentos hasta las puertas de la capital. El dispositivo militar del Tzahal acabó encercando literalmente a Beirut-Oeste en el estruendo bélico y la desesperación más extrema. Durante setenta días la ciudad solamente respiró las emanaciones de las bombas, las del fuego ardiendo descontrolado, o  de la podredumbre de los cadáveres al sol y bajo las ruinas:
“Otras veces los bombardeos comenzaban de golpe y la hilera de personas se disolvía en estampida y a gritos... una zapatilla por aquí, la bolsa que volaba por los aire... y lo peor, los nuevos escombros, la sangre y los pedazos humanos estampados por el suelo o entre los hierros...  Las ratas de Beirut, había millones de ratas por todas partes, vivían mucho mejor que las personas. Las explosiones se unían unas a otras y no acababan nunca..., retumbaban en la cabeza y no dejaban pensar, ni dormir, ni siquiera llorar… ¡Hasta se acabaron las lágrimas en Beirut!”. 
Pero el  genocidio  en la forma de asedio a Beirut-Oeste, o especialísimo  laboratorio de barbarie fabricado por el Estado de Israel para imponer sus objetivos de dominio, se entreabrió solamente cuando la primera de sus exigencias fue asumida por todas las partes como inevitable. El 30 de agosto de 1982, Yasser Arafat abandonó Beirut junto con sus últimos milicianos para dirigirse hacia su nuevo exilio en Túnez. Pero lo hizo una vez  que hubo obtenido de los gobiernos libanés y norteamericano “las garantías” de que los civiles palestinos, de dentro y de fuera de los campamentos de refugiados, no sufrirían represalias ni verían en peligro sus vidas.
Y la doliente Beirut-Oeste ya sin los impetuosos fedayín palestinos y sus mandos,  se encontró a sí misma bajo la forma de estructuras de cemento que humeaban constantemente al cielo hasta desteñirlo en gris.  Con los tanques de Israel circundándola ansiosos,  expectantes, a la espera de un nuevo pretexto para iniciar el último asalto y conquistar, por cualquier medio, la sumisión del país. 

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