Beirut, junio-agosto 1982
El 6 de junio de 1982, cuando comenzaba a clarear el día,
el ejército de Israel y su comitiva bélica de procedencia norteamericana penetraban
en el Líbano con total impunidad hacia el interior del país, y lo hacían a
través del territorio supuestamente controlado por las fuerzas de las Naciones
Unidas. Al tiempo que la frontera libanesa era quebrantada, las agencias de
prensa internacionales iban difundiendo, mecánicamente, que más de 130 personas
habían perdido la vida y que otras 250 estaban heridas por los contundentes
bombardeos que el Tzahal venía realizando
en los dos últimos días.
Y mientras las tropas de Israel avanzaban a partir de
tres frentes perfectamente sincronizados, solamente unos pocos combatientes
palestinos junto con otros tantos milicianos locales de izquierdas, intentaron
obstaculizar la invasión sin ningún éxito. Por su lado, el ejército nacional-libanés
permaneció totalmente ausente, en sus acuartelamientos, mientras las tropas
“enemigas” se dirigían con arrogancia suprema hacia la capital del Estado. Igualmente,
el cielo libanés se había abierto en forma de abanico, una vez que las baterías
de defensa instaladas por Siria hubieran sido destruidas por los bombarderos de
Tel Aviv. Como fue evidente que las fuerzas terrestres del ejército “de pacificación”
sirio se limitaron a defenderse cuando no tuvieron otra opción, recibiendo por
ello un castigo significativo; tanto que llevó a su comandante en jefe a
decretar retirada, discreción y
permanecer a la espera.
También, la diplomacia internacional bajo el padrinazgo
de Washington soportó con soltura y mucho cinismo la conculcación de la
legalidad internacional, hasta el punto que el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas siguió negando la aprobación de una resolución que exigiera con
rotundidad el inmediato alto el fuego, y que condenara, expresamente, tanto la guerra
desencadenada por Israel como su avance en la ocupación del territorio. Es más,
el Estado invasor ni siquiera fue amonestado con firmeza por el incumplimiento
de las resoluciones aprobadas por el mismo organismo sólo unos pocos días antes
(resoluciones 508 y 509). No obstante, en el mismo Consejo se dejaron oír significativos alegatos de repudio a las
praxis de Israel en el Líbano, como por ejemplo el del español Jaime de Piniés.
Situación frustrante en las Naciones Unidas una vez más… a la que podríamos
calificar de condena de discurso; el
veto se impuso y el ejército de ocupación de Israel continuó en su camino triunfante hacía Beirut.
El asedio de Beirut-Oeste
Y la guerra de Israel,
camuflada bajo el eslogan “paz en Galilea”, avanzó sin impedimentos hasta las
puertas de la capital. El dispositivo militar del Tzahal acabó encercando
literalmente a Beirut-Oeste en el estruendo bélico y la desesperación más
extrema. Durante setenta días la ciudad solamente respiró las emanaciones de las
bombas, las del fuego ardiendo descontrolado, o
de la podredumbre de los cadáveres al sol y bajo las ruinas:
“Otras veces los bombardeos comenzaban de golpe y la hilera de personas
se disolvía en estampida y a gritos... una zapatilla por aquí, la bolsa que
volaba por los aire... y lo peor, los nuevos escombros, la sangre y los pedazos
humanos estampados por el suelo o entre los hierros... Las ratas de Beirut, había millones de ratas
por todas partes, vivían mucho mejor que las personas. Las explosiones se unían
unas a otras y no acababan nunca..., retumbaban en la cabeza y no dejaban
pensar, ni dormir, ni siquiera llorar… ¡Hasta se acabaron las lágrimas en Beirut!”.
Pero el genocidio
en la forma de asedio a Beirut-Oeste, o especialísimo laboratorio
de barbarie fabricado por el Estado de Israel para imponer sus objetivos de
dominio, se entreabrió solamente cuando la primera de sus exigencias fue
asumida por todas las partes como inevitable. El 30 de agosto de 1982, Yasser
Arafat abandonó Beirut junto con sus últimos milicianos para dirigirse hacia su nuevo
exilio en Túnez. Pero lo hizo una vez que hubo
obtenido de los gobiernos libanés y norteamericano “las garantías” de que los
civiles palestinos, de dentro y de fuera de los campamentos de refugiados, no sufrirían
represalias ni verían en peligro sus vidas.
Y la doliente Beirut-Oeste ya sin los impetuosos fedayín palestinos y sus
mandos, se encontró a sí misma bajo la
forma de estructuras de cemento que humeaban constantemente al cielo
hasta desteñirlo en gris. Con los
tanques de Israel circundándola ansiosos,
expectantes, a la espera de un nuevo pretexto para iniciar el último
asalto y conquistar, por cualquier medio, la sumisión del país.

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