La ciudad se reinicia en su cotidianidad
Apenas clarea,
Beirut se desadormece de un reposo intenso y en total oscuridad. Pero lo hace con
cierta parsimonia, sin prisas, como si quiera tomarse un tiempo para desperezarse
con mimo, para verse a sí misma entera, relajada, a través del sol que comenzará
a elevarse desde la montaña que la gobierna. Período de quietud, de preparación
efímera, que se romperá sin concesiones con el estallido nervioso de su cotidianidad
rotunda.
La
primera luz matinal mantendrá al mar de Beirut en un letargo líquido de
tonalidades gris-plateadas, para entregar el protagonismo a las calles
desiguales y a sus edificaciones desordenadas, ahora encendidas de amarillo
pálido a partir de la zona oriental más elevada y en desnivel.
La
ciudad se va conformando barrio a barrio. Pero aún, por unos momentos, en su conjunto
mostrará a sus estrechas aceras, de cemento hundido o de baldosas asimétricas, en
su verdadera amplitud, ya que no tardarán en ser ocupadas por puestos de comida
o enseres varios, listos desde la provocación para reclamar la atención de los
caminantes; e incluso de numerosos conductores frenéticos, que no dudarán en
abandonar sus vehículos en el caos circulatorio para adquirir cualquiera de las
mercancías a la venta.
Y ya, cuando Beirut estalla en ruido incesante,
lo hace especialmente a través de su asfalto atestado en tumulto y con los
claxon de los vehículos al rojo vivo. La inercia enloquecida (aunque en cierta
manera ordenada) retorna día tras día,
y automóviles y motocicletas de mil
pelajes ocupan la totalidad del espacio como si fueran partícipes de un derecho
casi divino a timonear a la urbe
resignada. Vehículos imponentes como tanques
urbanos con la totalidad de sus cristales opacos; o deportivos en movimiento
que exhiben con coquetería y cierta altivez sus marcas de prestigio mundial. Pero
sobre todo pueblan los espacios de Beirut una multitud de coches de apariencia
destartalada, con su pintura a remiendos o descolorida y las ventanillas con cristales invisibles, para evitar, al menos en
movimiento, que la humedad y el calor sature por completo a sus ocupantes.
¿Y qué
decir de las motocicletas? Incontables, de todos los tamaños y condición… no obstante
abundan las pequeñas, las más sencillas o escuálidas y sin ningún tipo de
adorno o matrícula a la vista; las que apenas se comprende cómo pueden siquiera
estar en movimiento, y menos aún con semejante velocidad, en zigzag constante y
circulando en todas las direcciones sin respetar las señales (escasas) de
tráfico. Sin duda, estos conductores convulsivos sobre dos ruedas, amenazan la
vida de los transeúntes mientras estos, necesariamente, deben arriesgarse a
cruzar cualquiera de las calles de la ciudad; pero igualmente ponen en peligro
sus propias vidas (la mayoría de ellos jóvenes o adolescentes).
¡Beirut siempre tiene
prisa! Hasta que la oscuridad vuelva a sosegarla… de nuevo.
Que xuloooo!!! Me dan muchas ganas de ir a conocer Beirut!! Me ha gustado mucho tu descripción Rosa ;)
ResponderEliminarQue xuloooo!!! Me dan muchas ganas de ir a conocer Beirut!! Me ha gustado mucho tu descripción Rosa ;)
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