viernes, 12 de agosto de 2016


La ciudad se reinicia en su cotidianidad

Apenas clarea, Beirut se desadormece de un reposo intenso y en total oscuridad. Pero lo hace con cierta parsimonia, sin prisas, como si quiera tomarse un tiempo para desperezarse con mimo, para verse a sí misma entera, relajada, a través del sol que comenzará a elevarse desde la montaña que la gobierna. Período de quietud, de preparación efímera, que se romperá sin concesiones con el estallido nervioso de su cotidianidad rotunda.

La primera luz matinal mantendrá al mar de Beirut en un letargo líquido de tonalidades gris-plateadas, para entregar el protagonismo a las calles desiguales y a sus edificaciones desordenadas, ahora encendidas de amarillo pálido a partir de la zona oriental más elevada y en desnivel.

La ciudad se va conformando barrio a barrio. Pero aún, por unos momentos, en su conjunto mostrará a sus estrechas aceras, de cemento hundido o de baldosas asimétricas, en su verdadera amplitud, ya que no tardarán en ser ocupadas por puestos de comida o enseres varios, listos desde la provocación para reclamar la atención de los caminantes; e incluso de numerosos conductores frenéticos, que no dudarán en abandonar sus vehículos en el caos circulatorio para adquirir cualquiera de las mercancías a la venta.

 Y ya, cuando Beirut estalla en ruido incesante, lo hace especialmente a través de su asfalto atestado en tumulto y con los claxon de los vehículos al rojo vivo. La inercia enloquecida (aunque en cierta manera ordenada) retorna día tras día, y automóviles y motocicletas  de mil pelajes ocupan la totalidad del espacio como si fueran partícipes de un derecho casi divino a timonear a la urbe resignada. Vehículos imponentes como tanques urbanos con la totalidad de sus cristales opacos; o deportivos en movimiento que exhiben con coquetería y cierta altivez sus marcas de prestigio mundial. Pero sobre todo pueblan los espacios de Beirut una multitud de coches de apariencia destartalada, con su pintura a remiendos o descolorida y las ventanillas con  cristales invisibles, para evitar, al menos en movimiento, que la humedad y el calor sature por completo a sus ocupantes.

¿Y qué decir de las motocicletas? Incontables, de todos los tamaños y condición… no obstante abundan las pequeñas, las más sencillas o escuálidas y sin ningún tipo de adorno o matrícula a la vista; las que apenas se comprende cómo pueden siquiera estar en movimiento, y menos aún con semejante velocidad, en zigzag constante y circulando en todas las direcciones sin respetar las señales (escasas) de tráfico. Sin duda, estos conductores convulsivos sobre dos ruedas, amenazan la vida de los transeúntes mientras estos, necesariamente, deben arriesgarse a cruzar cualquiera de las calles de la ciudad; pero igualmente ponen en peligro sus propias vidas (la mayoría de ellos jóvenes o adolescentes).
¡Beirut siempre tiene prisa! Hasta que la oscuridad vuelva a sosegarla… de nuevo.    

2 comentarios:

  1. Que xuloooo!!! Me dan muchas ganas de ir a conocer Beirut!! Me ha gustado mucho tu descripción Rosa ;)

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  2. Que xuloooo!!! Me dan muchas ganas de ir a conocer Beirut!! Me ha gustado mucho tu descripción Rosa ;)

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