miércoles, 5 de octubre de 2016

MANIFESTARSE EN EL CAMPAMENTO DE CHATILA
A lo largo de la última semana, al atardecer y antes de que Chatila se sumerja en la completa oscuridad, un colectivo numeroso de sus habitantes palestinos de todas las edades, recorre la calle más amplia del campamento en manifestación de hartazgo extremo. Exigen con su presencia y sus voces en grito la desaparición de las drogas variopintas del espacio palestino, así como mayor seguridad y la liquidación de almacenes de piratería que consideran obscena por su contenido. En consecuencia, reclaman la neutralización y detención por parte de las organizaciones palestinas presentes en el campo, de los individuos que hacen uso del espacio de los refugiados para sus intereses monetarios o de dominio, a la vez que utilizan a niños de corta edad para la distribución más minorista de las sustancias (algunas muy peligrosas).
No obstante, cuando se trata de los campamentos del Líbano, es necesario salir del análisis simplista o puramente sensitivo para centrarse en cuestiones de fondo, más complejas e impregnadas todas ellas de políticas de intereses. Que especialmente en la actualidad, proceden del exterior a los lugares propiamente palestinos, por lo que cometidos de contextos más amplios (libanés e incluso por momentos regional), vienen asfixiando a sus habitantes, impotentes ante las adversidades en continuo.
Son conflictos por la utilización discrecional de los espacios y los refugiados son víctimas certeras y fáciles, aún incluso, aunque en ocasiones sean actores activos (en tránsito) de sus propias miserias.
Concretamente, entre los traficantes que se mueven con impunidad en varias zonas perfectamente delimitadas de Chatila, hay varios palestinos del campamento. Bien descendientes de los primeros habitantes procedentes de Galilea (Nakba), bien llegados a partir de la destrucción del campo de Tel Zatar o de la emigración forzosa por cualquiera de las guerras que han ido sorteando a través de los años. Por lo que estos “indeseables” (palabra coreada por los manifestantes), además de serlo, no dejan de ser igualmente víctimas, al haber heredado de sus mayores el “documento de viaje palestino” (en lugar de pasaporte) junto con la desgracia de un estatus de refugiado deleznable.
En consecuencia, arrastran como grilletes la expulsión de sus mayores de las aldeas de Palestina, pero también el hecho de que a pesar de ser nacidos en el Líbano (segunda o tercera generación), el país les sigue aislando en un limbo jurídico mediante su exclusión de los principios más elementales para que encaucen sus vidas como ciudadanos. Por otra parte, la organización internacional creada en el año 1949 “para proteger” a los expulsados de Palestina, la UNRWA,  lleva más de una década con una presencia humanitaria escandalosamente a la baja, anta la falta de medios económicos al estar financiada exclusivamente con donaciones (sin presupuesto prefijado), lo que ha amplificado la soledad y la rabia en las nuevas generaciones. Incluso, la OLP y la Autoridad Palestina desde Cisjordania, miran con enorme distancia (indiferencia) la cotidianidad opresiva y la falta de expectativas de los palestinos del Líbano. 

Igualmente, el contexto libanés y sus relaciones de dominio sectario se sigue viendo reflejado en los campamentos. Así, en el actual conflicto “con los traficantes” en Chatila, los dos grupos de delincuentes más importantes, en función de sus lugares operacionales están siendo protegidos por los poderes libaneses limítrofes; bien por Hezbollah como fuerza fundamental a partir de la zona Sur y Este del campamento (sector chita), bien por la inteligencia militar en confluencia con el barrio de Sabra (mujabarat). Sin duda, la droga como masa considerable, llega hasta el campo con el sostén de traficantes de más peso, desde el exterior no palestino y que cuenta con influencias dentro de los poderes políticos más dominantes.  
Si bien en esta ocasión las organizaciones palestinas, lideradas por Al Fatah y PPLP, se han puesto de acuerdo para actuar conjuntamente en la detención de los delincuentes, haciendo más visible su presencia armada por las calles e incluso registrando determinadas viviendas, las presiones que reciben de partidos libaneses concretos para que no se excedan con los suyos respectivos, las está impidiendo actuar con verdadera eficacia. Y sólo en este sentido puede entenderse cómo es que tres presos detenidos (traficantes declarados), se hayan evadido del calabozo del campo como por arte de magia: sin violencia y sin que nadie haya podido notarlo…        

En el campamento de Chatila los nuevos sonidos, ya más atenuados, anuncian la pronta oscuridad… La luz se ha vuelto mortecina en un cielo gris opaco, por lo que cada una de las tiendecitas, va iluminando sus mercancías expuestas en el exterior con emisiones de focos muy amarillentos o con bombillas de colores llamativos. Un carrito de madera techado, totalmente forrado con telas de lona gruesa y flecos que se van balanceando, recorre la calle principal empujado por un adulto y un niño, que muy sonriente pregona con entonación el “hummus recién hecho”, mazorcas de maíz hervidas, remolacha de un color muy intenso y pepinillos en salazón.
La manifestación ha acabado su recorrido con un grito unánime: ¡No queremos drogas en los campos! El señor Serhani, originario de la aldea de Shaab (Acre), con sus más de 90 años y 68 de exilio sobre su espalda ligeramente arqueada, ha encabezado la marcha con seguridad. Y mañana volverá, y pasado...
Hoy, la resistencia en Chatila es la voz en grito de los palestinos de la Hijra. Contra la droga y la corrupción.


Manifestación en el campamento de Chatila.




















No hay comentarios:

Publicar un comentario