Septiembre 1982: la invasión de Beirut-Oeste o el dominio
de Israel
El 23 de agosto de 1982, el
jefe miliciano Bachir Gemayel cambió formalmente de estatus al alcanzar el
cargo de Presidente de la República Libanesa, aunque lo hizo a través de una
votación parlamentaria ciertamente mediatizada; el jefe de Estado fue elegido sin
protocolo, en un cuartel militar y con la presencia expectante de los tanques
de Israel.
Sorpresivamente, dada su
personalidad histriónica-radical, el cargo institucional pareció haber aplacado
al combatiente Bachir. Pero incluso, al día siguiente de su nombramiento, como
por arte de magia, la vida bulliciosa retornó al castigado Beirut-Oeste: volvió
la electricidad, el agua a borbotones, la línea telefónica, medicinas e incluso
gran cantidad de alimentos tanto envasados como frescos, por lo que los
habitantes de estos barrios, por momentos, creyeron encontrarse en el paraíso.
Y especialmente aliviados, al imaginar que la guerra de Israel por el dominio
de la capital musulmana había concluido, y que sus tanques iniciarían la
retirada inmediata hacia el sur del país camino de la frontera. No obstante los
sucesos se fueron encadenando de tal manera, para que la toma del
poder absoluto por parte del invasor siguiera su curso.
Así, una vez que los últimos
militares de Damasco y los jefes de la OLP junto los fedayín hubieran
abandonado Beirut, “aplastados y expulsados” en palabras del jefe del ejército
Ariel Sharon, los mandos israelíes admitieron sin complejos su prisa por llegar
más lejos dentro de la capital “liberada”. Prioritario para Tel Aviv era
avanzar hacia el interior de la ciudad y
comandar lo que definió publicitariamente como “la limpieza de Beirut-Oeste”,
con el objetivo supuesto de capturar a “terroristas palestinos” camuflados
entre los civiles. Por lo que el acorralamiento congelado debería modificarse,
pero para permitir al Tzahal progresar hacia zonas de la capital especialmente
sensibles y que se mantenían bajo el control de las fuerzas progresistas-musulmanas
libanesas. En definitiva, el objetivo a conquistar era subyugar el espacio
musulmán a su presencia armada imponente, anulando al tiempo cualquier posible
reacción en contra por parte de milicias locales resistentes o desperdigadas.
Únicamente faltaba el beneplácito y la voz a favor de su hombre en el país: el
miliciano-presidente Bachir Gemayel.
Sin embargo, la reacción
contenida al respecto del nuevo presidente, una vez que hubo presentado su
dimisión como comandante de las Fuerzas Libanesas, no fue la esperada por los
políticos de Tel Aviv ni por sus mandos militares. El agresivo jefe falangista
una vez convertido en máximo dignatario del país, optó por encararse de frente
con los “aliados israelíes”, al mismo tiempo que proclamaba públicamente que su
intención era buscar la reconciliación de todos los libaneses. En consecuencia,
a su entender, sería el ejército nacional bajo su mando el que tomara la
vanguardia en el control de la totalidad de Beirut; para evitar que milicias
musulmanas-progresistas reaccionaran ante la presencia beligerante del ejército
de ocupación. Y en esta nueva línea condescendiente como presidente de todos
los libaneses, el 11 de septiembre Bachir Gemayel se reunió con el
representante musulmán opositor Saeb Salam, y lo hizo en la sede presidencial
del palacio de Baadda para dar máxima solemnidad al encuentro. A continuación, en
declaración consensuada ambos políticos no dudaron reiterar “la unidad,
soberanía e integridad territorial del Líbano”.
Solamente tres días después, el
presidente Gemayel fue sepultado bajo una montaña de escombros causada por la
explosión de 200 kilos de dinamita, justo en su feudo por excelencia, en la
sede del Kataeb del barrio cristiano de Acharafie (Beirut-Este). Y apenas unas
horas después de que hubiera pronunciado su último discurso, en el que precisó
que ya no ambicionaba un Líbano-nacional-cristiano, “pero sí un Estado en el
que los cristianos puedan vivir libremente, del mismo modo que los musulmanes”;
añadiendo a continuación que pedía a cada libanés “que resistiera a
toda ocupación, a cualquier agresión al país…”.
Es necesario completar que una
vez que la evacuación de los fedayín y de sus cuadros hubiera sido aceptada por
todas las partes, incluida la israelí (denominado Plan Habib), un contingente
de tropas o Fuerza Multinacional llegó a Beirut con la pretensión de facilitar
la salida de la OLP, de efectivos de Damasco que permanecían inmovilizados en
Beirut-Oeste y de garantizar la tranquilidad a los civiles de la capital. Con
su presencia, la coalición pareció dar a entender que las hostilidades habían
concluido bajo los términos del acuerdo presidido por Estados Unidos.
No obstante, una vez que los
palestinos abandonaron el país de acogida “con honor” y rodeados de fanfarria
publicitaria, la Fuerza Multinacional de interposición evidenció su prisa por
abandonar el espacio libanés. El hecho de que Israel siguiera circundando
amenazadoramente Beirut-Oeste, ocupando y haciendo uso de su aeropuerto y exhibiendo su poder,
prácticamente, por todo el país, no pareció inquietar en absoluto a los
dirigentes de la comunidad internacional implicados; ni siquiera modificaron el
plan de partida por el hecho que el Tzahal, el 8 de septiembre, hubiera
bombardeado nuevas lanzaderas de defensa instaladas por Siria (carretera
Beirut-Damasco). Así, el 10 de septiembre, los marines norteamericanos (800)
tras haber permanecido diecisiete días en el Líbano salieron del
puerto de Beirut, bajo una gran pancarta que ondeaba la despedida: “Misión
cumplida. Adiós”; al día siguiente partió el contingente italiano (537
soldados), y dos días después le siguió el de los paracaidistas franceses (850
hombres). Si había sido la presencia de la Fuerza Multinacional la que había
contenido al ejército israelí, como admitió personalmente Arial Sharon a Bachir
Gemayel dos días antes de que éste fuera asesinado… Tras su partida, qué podría
suceder.
El martes 14 de septiembre a
las 16 horas y 10 minutos, la gran detonación que retumbó por toda la ciudad
acabó con la vida del presidente Bachir Gemayel y de veintitrés personas más. Sólo
unas horas después, el ejército israelí se adentró en Beirut-Oeste con total
libertad (“operación Beirut” o “cerveau de fer”). El pretexto anhelado al grito
de “¡Bachir, Bachir!” acabó por llegar. Y otra vez, bajo la presencia de los tanques
del Tzahal será elegido un nuevo presidente: Amin Gemayel. Un jefe de Estado que firmará la
sumisión o “acuerdo de paz” según las
condiciones impuestas por el ocupante. Pero en el Líbano todo es efímero…
Las matanzas en el campamento
de Chatila y en los alrededores de Sabra estaban a punto de comenzar.
| Los tanques del ejercito israelí invaden la ciudad de Beirut. Fotografía tomada del diario ABC (29-11-2014) |
Qué triste leer lo que cuentas con tanto detalle y precisión . Vidas que se pierden sin tener la oportunidad de haber conocido la protección y seguridad de vivir en paz.
ResponderEliminarTe dejo esta frase : La Paz empieza en el corazón de las personas .
Un abrazo