viernes, 30 de septiembre de 2016

En memoria de Ali Aissa
Bastó un segundo para que una descarga eléctrica dejara sin futuro a otro palestino-refugiado. La semana pasada el joven Ali Aissa murió electrocutado en Chatila. Tenía 22 años y se encontraba trabajando en los arreglos de su nueva vivienda porque pretendía casarse en los próximos meses. El campamento muestra el duelo tras su desaparición, pero nadie se sorprende por la forma en la que se ha producido. Es la séptima persona que fallece de la misma manera en lo que va de año, y se comenta en corrillos por las callejas principales que son pocas, teniendo en cuenta lo que probablemente acabará produciéndose… ¿Quiénes serán los próximos en morir?
En una callejuela cercana al siniestro huele intensamente a humo, a madera carbonizada y puede verse como un incendio reciente ha pintado de negro el cemento roto de dos viviendas colindantes. ¡Desgracias anunciadas! Esta vez no han habido muertos, solamente dos familias sin hogar.
Una maraña de cableado eléctrico es el cielo del campamento. Tan tupido a veces, que hasta conforma una especie de túnel a ramales que no concluye. Y por los pasadizos más estrechos, los cordones de la electricidad se arrastran en desorden igualmente por las paredes, hasta casi descolgarse en un suelo embadurnado de líquido negruzco resbaladizo o directamente en charcos espesos que nunca desaparecen. Las tuberías del agua, enmohecidas y sucias, que penden desde lo alto a lo largo de las tabiques, están agujereadas o directamente abiertas. Gotean en un sonido constante más o menos pautado, o desprendes pequeñas cascadas con burbujas igualmente en continuo... hasta rellenar las concavidades de tamaño considerable del pavimento; que acumulan en su interior plásticos u otros deshechos imprecisos y que van salpicando de líquido a los filamentos de la corriente.
Las miserias del mujaiam Chatila arañan el alma. Pero avivan a cualquier cerebro que esté dispuesto a poner en alerta su pensamiento crítico.
Un derecho elemental exige dignidad para las personas en su cotidianidad más básica. Los palestinos de los campamentos del Líbano, además, desde el año 1948 vienen reclamando justicia para su Causa: la aplicación de la legalidad internacional múltiples veces sancionada por las Naciones Unidas. En consecuencia, no van a cesar de reivindicar su "derecho al retorno”. 


Una de las calles principales del campamento de Chatila. Fotografía propia.
Chatila. Lugar donde Ali fue electrocutado. Fotografía propia.



Burj el Barajne también está de luto



El campamento de Burj el Barahne está cubierto de grandes retratos en color de un joven ligeramente sonriente. Lleno de vida. Es la última víctima de otra explosión eléctrica. 




jueves, 22 de septiembre de 2016

Campamento de Chatila. Septiembre-1982
HERIDAS EN PRESENTE
Unos sonidos broncos procedentes del exterior despertaron a la pequeña Zeina. Que se alzó como pudo del colchón extendido en el suelo al tiempo que reclamaba a su madre entre balbuceos, una vez que se hubo percatado que se encontraba sola y en penumbra en la única estancia de la vivienda. A continuación, con cierta torpeza para mantener el equilibrio, se empinó hasta el borde más alto del banco de madera pintado de azul chillón, y a partir de él, ya logró colocarse de píe sobre el fogón de la cocina de carbón apagada.
Se mantuvo inmóvil, con las manos abiertas sobre la pared y la nariz prácticamente adherida al cristal mohoso del ventanuco que daba a varias callejuelas. Sin saber numerar ordenadamente todavía, a través de sus ojos agrandados por la sorpresa fue contando uno a uno a los hombres de uniforme, que con sus fusiles al frente, iban y venían arañando las paredes agrietadas de las casas de los vecinos. Al sonido recio de las pisadas de los milicianos, se sumaron otros golpes secos procedentes de las casas limítrofes, así como, determinadas voces en grito que la pequeña pudo identificar con sus nombres de pila a pesar de que la sonoridad le llegaba muy alterada.
Pero fue el impacto de las imágenes del otro lado del cristal lo que propició que a Zeina se le abrieran en redondo más y más los ojos, mientras iba observando sin comprender el barullo salvaje del exterior. Las carreras precipitadas de grupos de ancianos, niños y mujeres, varias de ellas con criaturas en brazos, estaban siendo cortadas en seco o a trompicones por certeros disparos a quemarropa de los uniformados desconocidos, como también por las descargas de varias metralletas apostadas en la esquina más alejada. Y la pequeña fue observando después cómo los cuerpos tendidos en el polvo, algunos temblorosos y otros totalmente inmóviles, eran penetrados una vez tras otra por cuchillos embadurnados en rojo; un rojo tan intenso y pringoso como el que goteaba de las manos de los milicianos, mientras las movían con ahínco y a impulsos firmes sobre los derribados.    
Y de repente, a la panorámica del otro lado del cristal, se unió un gran estruendo causado por varias puertas al caer abruptamente sobre su propio peso, y a continuación sin mediar pausa, fueron resonando por las callejas del campamento muchos más alaridos de dolor y de miedo. De hombres, mujeres, niños… A los que ahora Zeina no podía observar directamente al estar ocultos por las paredes de sus casas; pero escuchó su espanto y después le llegó su silencio... Y luego más gritos, también acallados y que fueron sustituidos por otros nuevos. Para acabar enlazados en una única sonoridad de pánico que no cesaba…
Hasta que una especie de trueno, prolongado en ecos sordos y roncos, hizo tambalear las paredes de la estancia en la que se encontraba Zeina, por lo que el vidrio rectangular de observación se partió en múltiples pedazos; que se clavaron en desorden y en miniatura en el rostro aterrado de la pequeña. Que ya, sin lograr sostenerse firme sobre sus píes desnudos, se derrumbó vencida hacia detrás, aunque sus manos hicieron un intento torpe por sujetarse al quicio mínimo del ventanuco. Para caer sin remedio en un resquicio-oquedad semioculto, situado entre el banco de madera y una de las esquinas de la habitación.
Aún desconcertada y dolorida por la caída,  Zeina fue consciente de que todo volvía a temblar a su alrededor por el derrumbe seco de la puerta de hierro de la entrada a la vivienda. Inmóvil, muda… Solamente fue capaz de fijar la mirada en un par de gruesas botas manchadas por el polvo y por un líquido marrón oscuro.
Al tiempo, del exterior le llegaron carcajadas histéricas en mescolanza, acompañadas de más disparos y muchas, muchas palabras obscenas. Zeina, definitivamente ausente de sí misma, simplemente cerró los ojos y esperó…

Cuando amaneció la pequeña seguía en el mismo lugar: acurrucada, inmóvil, rodeada con sus propios brazos, manchada de sangre seca y en silencio. De pronto, alguien la levantó en volandas del suelo y mientras la abrazaba con fuerza articulaba con voz entrecortada: ¡pequeña, tú estás viva! ¡Estás viva!  


sábado, 17 de septiembre de 2016

Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (2)
Definitivamente, los asesinatos en el campamento de Chatila y en Sabra no se produjeron, sin más, porque el Estado de Israel consintiera o dejara hacer a “los incontrolados libaneses” (dejación en su obligación de proteger a unos ciudadanos encercados por sus tanques). Fue el ministro de Defensa Ariel Sharon conjuntamente con su primer ministro y los mandos del Tzahal los que idearon, encargaron y finalmente coordinaron las consecutivas “operaciones de limpieza” sobre el espacio palestino y calles aledañas. Aunque formaron parte de la ambiciosa maniobra denominada “Paz en Galilea”, mucho más amplia  y que debería haber transformado al país del Litani hasta convertirlo en el fiel sumiso de Tel Aviv. Pero igualmente pudieron llevarse a cabo con impunidad gracias al desinterés manifestado por la Fuerza Internacional. Una vez que optó por abandonar la capital sin fundamento: antes de que el ejército de Israel hubiera retirado sus tanques de Beirut para encaminarse, sin dilación, hacia la frontera.
El escándalo por las masacres produjo un tremendo impacto a nivel mundial. Pero ya era demasiado tarde, sólo quedaba procurar identificar a las víctimas, agruparlas como bultos y enterrarlas en una gran fosa común….
El sábado, día 18 a las 16 horas, la BBC trasmitió al mundo los hechos aberrantes (“apocalypse”) que se habían producido en el campamento de refugiados de Chatila y en los aledaños de Sabra. A continuación la comunidad internacional, por medio del Consejo de Seguridad y su Resolución 521, mostró su consternación y condenó sin dubitaciones “la matanza criminal de civiles palestinos en Beirut”. Al tiempo que autorizaba el envío de observadores a la capital, y requería del Secretario General que estableciera consultas inmediatas con el gobierno del Líbano, dirigidas a “un despliegue de las fuerzas de las Naciones Unidas” para que ayudaran a la protección de la población civil.
Tarde, muy tarde… y más de 2.000 muertos descomponiéndose bajo el sol.  
Testimonios
“Entonces, en el campamento, no había ni jefes palestinos ni fedayín profesionales, e Israel tenía que saberlo… Todos salieron con las organizaciones de la OLP. Tampoco había depósitos de armas ¡Eso también es falso!”
“En el campamento se llevó a cabo una cacería; entre las risotadas e insultos de los agresores y los gritos de terror de las víctimas. Masacraron a palestinos y también a sirios, egipcios o libaneses. ¡Matar, matar! Fue la consigna de quienes lo planearon. Recuerdo las carreras de la gente, como animales enjaulados,  sin saber hacia dónde dirigirse... Unos saltando por las ventanas, otros tropezando. Y aquellas voces que gritaban al perseguirnos… ¡Que se escapan! ¡Disparar más rápido! ¡Hay que matarlos a todos! ¡Palestinos hijos de perra!”.
“De pronto unos gritos nos hicieron poner en píe: ¡Los falangistas están aquí y nos están matando! Salí descalza a la calle y una mujer al verme me dijo, ¡están matando a todos... Niños, mujeres y también han asesinado a mi marido! Como no podía creerlo le contesté, ¿han matado a tu marido y no lloras? Ella me miró, pero como si no me estuviera viendo, y me dijo al alejarse: Son muchos los muertos y no puedo llorar por todos ahora. Pero debéis escapar antes de que lleguen”.
“La gente gritaba pero no podía entender nada, por lo que fui hasta la calle de al lado para ver qué era lo que estaba sucediendo: ¡Los judíos y los libaneses han entrado y han asesinado a muchas personas! ¡Escapar cuanto antes! Intenté regresar a casa para avisar a la familia,  pero entonces vi a un grupo de milicianos en la esquina. Sin saber que hacer me escondí en una nevera que estaba abandonada en la calle. Quieta, casi sin respirar, escuché risas, palabrotas, disparos... Cuando se alejaron, avisé a los míos y juntos fuimos a refugiarnos en el hospital de Gaza”.
“Acompañé a un periodista en una moto a recorrer el campamento cuando aún quedaban falangistas dentro. Oímos ruidos en una casa, gritos y otras voces que decían, se van a escapar, ¡cogedlos! El periodista hizo fotografías a los cadáveres pero yo casi no podía respirar. Juntos vimos y olimos a los muertos. Muchos habían sido asesinados por arma blanca, había mucha sangre seca, renegrida, y se veían las enormes heridas; algunos también estaban con las manos atadas, humillados, y con el carnet palestino encima de ellos. Se encontraban por todas partes: en las calles pegados a paredes, cruzados en el suelo, unos encima de otros en cualquier esquina, familias enteras en sus casas. A mi tío Abdel lo encontramos sin cabeza, ¡decapitado! Su mujer sólo lo reconoció por la ropa interior que llevaba puesta”.  
“El día 17 un francotirador israelí asesinó a mi hermano, se llamaba Jamal. Él se encontraba fuera del campamento, pero cuando conoció las atrocidades que se estaban cometiendo, intentó entrar junto con otros jóvenes con una ambulancia a recoger a los heridos y trasladarlos a hospitales. Poco pudo hacer. Bajó de la ambulancia y al dirigirse corriendo a socorrer a una mujer que gritaba en el suelo, fue abatido por el tirador israelí. Pero no murió en el acto, mi cuñada se lo encontró en el hospital de Gaza. Jamal la reconoció... Sus últimas palabras fueron ¡tengo frío, tápame...! Pero la mujer a la que intentó recoger se salvó”.
“Volví a entrar en Chatila a buscar a los míos el día 18, justo cuando llegaba la Cruz Roja. El olor era insoportable y por todas partes... No me encontré con ningún herido por la calle Sabra ni en Chatila, sólo había destrozos y ruinas, muertos y más muertos: niños de pocos meses de edad con la barriga rajada, mujeres ensangrentadas y violadas..., viejos con los ojos muy abiertos, jóvenes tirados junto a las paredes, otros amontonados o a medio enterrar… ¡Terrible, terrible! ¿Alguien puede pensar que podremos olvidarlo?”.


lunes, 12 de septiembre de 2016

“Chatila en el corazón”
Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (1)
Las columnas blindadas del Ejército de Israel se pusieron en movimiento desde varios frentes. Una de ellas avanzó a partir del sur, por la carretera del aeropuerto para abrirse en dos direcciones; por un lado, cercenó la conexión entre los campamentos de Burj el Barajne y Chatila; y por otro, avanzó a conciencia hasta formar un círculo para encerrar al campamento de Chatila junto con el entorno de Sabra. Pero expandiéndose igualmente hacia la Avenida de Camille Chamoun, la Ciudad Deportiva y la Universidad Árabe, hasta tener el control absoluto del barrio del Fahkani. Sincronizadamente, otros blindados irrumpieron en el espacio musulmán a través de la calle Damasco en la zona del Museo Nacional y en dirección al distrito del Barbir. Finalmente, un tercer grupo de carros de combate, a partir del norte del Beirut cristiano, se puso en movimiento hasta absorber el puerto y la zona de los grandes hoteles, para continuar avanzando por la cornisa mediterránea e introduciéndose igualmente hasta el espacio del Hambra. Al tiempo, buques de guerra de la marina bombardeaban intensamente el centro de la ciudad acorralada; y cazabombarderos a baja altitud desprendían un ruido ensordecedor… Propagando la necesidad de huida inmediata del oeste de Beirut.
Era 15 de septiembre de 1982, miércoles, y apenas había comenzado a amanecer. Los tanques de Tel Aviv estaban a punto de cerrar el círculo sobre Chatila junto con el vecindario popular de Sabra… Y justo entonces, un grupo de uniformados de la unidad Sayere Mat´Kal se fueron adentrando sin dubitaciones por las callejas  del campamento, todavía en quietud o en somnolencia. Rápidamente, los hombres de la élite del Tzahal, seguros en sus movimientos, iniciaron una cacería humana selectiva, de precisión y sin piedad. Así, cuando las personas previamente seleccionadas habían sido identificadas con sus nombres y apellidos, eran abatidas sin mediar palabra por un disparo certero en sus cabezas. Esta primera matanza de civiles palestinos concluyó muy pronto… Y los militares israelíes abandonaron el campamento sin apenas haber hecho notar su presencia.          
Y ya, una vez que hubieron concluido con la misión asignada por sus mandos (asesinatos selectivos), el campo de Chatila fue sellado sin dejar resquicios para la huida, y bajo el mismo control del ejército de Israel; tanto con francotiradores apostados en edificios claves que les otorgaban una perfecta visibilidad de toda la zona, como mediante una barrera inexpugnable confeccionada con sus propios blindados.
Seguidamente tuvieron lugar otras dos masacres en Sabra y en Chatila, mucho más cruentas tanto en las formas de llevarlas a efecto como en la cantidad de muertos que produjeron. Fueron ejercitadas sucesivamente, una detrás de la otra, aunque se encadenaron con tal precisión que pudieron dar la sensación de haber sido única e indiferenciada. Concluyendo finalmente en la mañana del sábado del día 18, que fue cuando Beirut en pleno se percató con incredulidad de lo sucedido en Sabra y en Chatila.
En relación a la mecánica operacional (coordinación) se fue produciendo de la manera previamente establecida. Una vez finalizada la primera y silenciosa operación del ejército israelí dentro del campamento, la siguiente incursión (segunda matanza) fue protagonizada por hombres pertenecientes a la milicia libanesa-sureña de Saad Haddad (fiel aliado de Tel Aviv), que se encontraba en la capital tras haber sido requerida para incorporarse al Tzahal al comienzo de la invasión de Beirut, aunque únicamente para aportar un apoyo accesorio o de comparsa. Cuando estos milicianos se adentraron en Chatila al amparo del atardecer, se dedicaron a ejercitar las órdenes recibidas del israelí Raphael Eytan; relacionadas con el procedimiento de abrir fuego sobre toda persona que se encontraran a su paso, y durante todo el tiempo que se prolongara su estancia en el campo y alrededores. Al mismo tiempo, los francotiradores israelíes de la brigada Golani situados en lo alto de edificios cercanos, iban impidiendo con disparos certeros cualquier escapatoria del averno de Chatila. Todo un macabro escenario iluminado de amarillo chispeante por las bengalas que fueron lanzando los hombres del ejército expectante.
Si bien es cierto que los Kataeb o Falangistas participaron de manera más ostensible y activa que como lo habían hecho sus compatriotas del sur, su intervención, fue a continuación de la de estos y como grupo independiente, aunque habían sido instigados por mandos israelíes de manera muy similar.  Así, los últimos milicianos que penetraron en el campamento y sus alrededores, el jueves día 16 de septiembre sobre las 5 de la tarde, pertenecían a efectivos falangistas del jefe Fady Frem (el sucesor de Bachir Gemayel). Y lo hicieron para llevar a cabo la misión encomendada por el ejército israelí: la de “limpiar” matando los espacios palestinos, ante la imposibilidad de que el Tzahal lo llevara a efecto en toda su amplitud con sus propios uniformados.

Con similar complacencia con la que horas antes los hombres de Haddad habían dejado libre a su desenfreno asesino, los falangistas (estos en plena algarabía) fueron trasportados en camiones hacia dos entradas del campamento, la puerta sur lindante con la embajada de Kuwait, y por el oeste a partir de la Ciudad Deportiva en dirección a la calle de Sabra. Y mientras asesinaban, oficiales del ejército israelí apostados en los edificios cercanos, observaban con sus prismáticos la prolongación de las dos barbaries anteriores. Aunque en realidad no tuvieran necesidad de utilizar sus telescopios para saber lo que estaba sucediendo; alcanzaban a visionarlo con sus propios ojos y escuchaban igualmente los alaridos de desesperación de las víctimas, simplemente verificaban con precisión que sus aliados libaneses llevaban a cabo la misión que se les había encomendado.
Fotografía del campamento de Chatila realizada en el año 1961

lunes, 5 de septiembre de 2016

Septiembre 1982: la invasión de Beirut-Oeste o el dominio de Israel
El 23 de agosto de 1982, el jefe miliciano Bachir Gemayel cambió formalmente de estatus al alcanzar el cargo de Presidente de la República Libanesa, aunque lo hizo a través de una votación parlamentaria ciertamente mediatizada; el jefe de Estado fue elegido sin protocolo, en un cuartel militar y con la presencia expectante de los tanques de Israel.
Sorpresivamente, dada su personalidad histriónica-radical, el cargo institucional pareció haber aplacado al combatiente Bachir. Pero incluso, al día siguiente de su nombramiento, como por arte de magia, la vida bulliciosa retornó al castigado Beirut-Oeste: volvió la electricidad, el agua a borbotones, la línea telefónica, medicinas e incluso gran cantidad de alimentos tanto envasados como frescos, por lo que los habitantes de estos barrios, por momentos, creyeron encontrarse en el paraíso. Y especialmente aliviados, al imaginar que la guerra de Israel por el dominio de la capital musulmana había concluido, y que sus tanques iniciarían la retirada inmediata hacia el sur del país camino de la frontera. No obstante los sucesos se fueron encadenando de tal manera, para que la  toma del poder absoluto por parte del invasor siguiera su curso.
Así, una vez que los últimos militares de Damasco y los jefes de la OLP junto los fedayín hubieran abandonado Beirut, “aplastados y expulsados” en palabras del jefe del ejército Ariel Sharon, los mandos israelíes admitieron sin complejos su prisa por llegar más lejos dentro de la capital “liberada”. Prioritario para Tel Aviv era avanzar hacia el interior de  la ciudad y comandar lo que definió publicitariamente como “la limpieza de Beirut-Oeste”, con el objetivo supuesto de capturar a “terroristas palestinos” camuflados entre los civiles. Por lo que el acorralamiento congelado debería modificarse, pero para permitir al Tzahal progresar hacia zonas de la capital especialmente sensibles y que se mantenían bajo el control de las fuerzas progresistas-musulmanas libanesas. En definitiva, el objetivo a conquistar era subyugar el espacio musulmán a su presencia armada imponente, anulando al tiempo cualquier posible reacción en contra por parte de milicias locales resistentes o desperdigadas. Únicamente faltaba el beneplácito y la voz a favor de su hombre en el país: el miliciano-presidente Bachir Gemayel.    
Sin embargo, la reacción contenida al respecto del nuevo presidente, una vez que hubo presentado su dimisión como comandante de las Fuerzas Libanesas, no fue la esperada por los políticos de Tel Aviv ni por sus mandos militares. El agresivo jefe falangista una vez convertido en máximo dignatario del país, optó por encararse de frente con los “aliados israelíes”, al mismo tiempo que proclamaba públicamente que su intención era buscar la reconciliación de todos los libaneses. En consecuencia, a su entender, sería el ejército nacional bajo su mando el que tomara la vanguardia en el control de la totalidad de Beirut; para evitar que milicias musulmanas-progresistas reaccionaran ante la presencia beligerante del ejército de ocupación. Y en esta nueva línea condescendiente como presidente de todos los libaneses, el 11 de septiembre Bachir Gemayel se reunió con el representante musulmán opositor Saeb Salam, y lo hizo en la sede presidencial del palacio de Baadda para dar máxima solemnidad al encuentro. A continuación, en declaración consensuada ambos políticos no dudaron reiterar “la unidad, soberanía e integridad territorial del Líbano”. 
Solamente tres días después, el presidente Gemayel fue sepultado bajo una montaña de escombros causada por la explosión de 200 kilos de dinamita, justo en su feudo por excelencia, en la sede del Kataeb del barrio cristiano de Acharafie (Beirut-Este). Y apenas unas horas después de que hubiera pronunciado su último discurso, en el que precisó que ya no ambicionaba un Líbano-nacional-cristiano, “pero sí un Estado en el que los cristianos puedan vivir libremente, del mismo modo que los musulmanes”; añadiendo a continuación que pedía a cada libanés  “que resistiera  a toda ocupación, a cualquier agresión al país…”.
Es necesario completar que una vez que la evacuación de los fedayín y de sus cuadros hubiera sido aceptada por todas las partes, incluida la israelí (denominado Plan Habib), un contingente de tropas o Fuerza Multinacional llegó a Beirut con la pretensión de facilitar la salida de la OLP, de efectivos de Damasco que permanecían inmovilizados en Beirut-Oeste y de garantizar la tranquilidad a los civiles de la capital. Con su presencia, la coalición pareció dar a entender que las hostilidades habían concluido bajo los términos del acuerdo presidido por Estados Unidos.
No obstante, una vez que los palestinos abandonaron el país de acogida “con honor” y rodeados de fanfarria publicitaria, la Fuerza Multinacional de interposición evidenció su prisa por abandonar el espacio libanés. El hecho de que Israel siguiera circundando amenazadoramente Beirut-Oeste, ocupando y haciendo uso de su  aeropuerto y exhibiendo su poder, prácticamente, por todo el país, no pareció inquietar en absoluto a los dirigentes de la comunidad internacional implicados; ni siquiera modificaron el plan de partida por el hecho que el Tzahal, el 8 de septiembre, hubiera bombardeado nuevas lanzaderas de defensa instaladas por Siria (carretera Beirut-Damasco). Así, el 10 de septiembre, los marines norteamericanos (800) tras haber permanecido diecisiete días en el Líbano salieron del puerto de Beirut, bajo una gran pancarta que ondeaba la despedida: “Misión cumplida. Adiós”; al día siguiente partió el contingente italiano (537 soldados), y dos días después le siguió el de los paracaidistas franceses (850 hombres). Si había sido la presencia de la Fuerza Multinacional la que había contenido al ejército israelí, como admitió personalmente Arial Sharon a Bachir Gemayel dos días antes de que éste fuera asesinado… Tras su partida, qué podría suceder.
El martes 14 de septiembre a las 16 horas y 10 minutos, la gran detonación que retumbó por toda la ciudad acabó con la vida del presidente Bachir Gemayel y de veintitrés personas más. Sólo unas horas después, el ejército israelí se adentró en Beirut-Oeste con total libertad (“operación Beirut” o “cerveau de fer”). El pretexto anhelado al grito de “¡Bachir, Bachir!” acabó por llegar. Y otra vez, bajo la presencia de los tanques del Tzahal será elegido un nuevo presidente: Amin  Gemayel. Un jefe de Estado que firmará la sumisión o  “acuerdo de paz” según las condiciones impuestas por el ocupante. Pero en el Líbano todo es efímero…

Las matanzas en el campamento de Chatila y en los alrededores de Sabra estaban a punto de comenzar. 

Los tanques del ejercito israelí invaden la ciudad de Beirut. Fotografía tomada del diario ABC (29-11-2014)