Chatila y Sabra. Tres matanzas. Tres aberraciones (2)
Definitivamente,
los asesinatos en el campamento de Chatila y en Sabra no se produjeron, sin
más, porque el Estado de Israel consintiera o dejara hacer a “los incontrolados
libaneses” (dejación en su obligación de proteger a unos ciudadanos encercados
por sus tanques). Fue el ministro de Defensa Ariel Sharon conjuntamente con su
primer ministro y los mandos del Tzahal los que idearon, encargaron y
finalmente coordinaron las consecutivas “operaciones de limpieza” sobre el
espacio palestino y calles aledañas. Aunque formaron parte de la ambiciosa maniobra
denominada “Paz en Galilea”, mucho más amplia
y que debería haber transformado al país del Litani hasta convertirlo en el fiel sumiso de Tel Aviv. Pero igualmente pudieron llevarse a cabo con impunidad
gracias al desinterés manifestado por la Fuerza Internacional. Una vez que optó por
abandonar la capital sin fundamento: antes de que el ejército de Israel hubiera
retirado sus tanques de Beirut para encaminarse, sin dilación, hacia la
frontera.
El
escándalo por las masacres produjo un tremendo impacto a nivel mundial. Pero ya
era demasiado tarde, sólo quedaba procurar identificar a las víctimas, agruparlas como
bultos y enterrarlas en una gran fosa común….
El sábado, día 18 a las 16 horas, la BBC trasmitió al mundo los hechos aberrantes
(“apocalypse”) que se habían producido en el campamento de refugiados de
Chatila y en los aledaños de Sabra. A continuación la comunidad internacional,
por medio del Consejo de Seguridad y su Resolución 521, mostró su consternación
y condenó sin dubitaciones “la matanza criminal de civiles palestinos en
Beirut”. Al tiempo que autorizaba el envío de observadores a la capital, y
requería del Secretario General que estableciera consultas inmediatas con el
gobierno del Líbano, dirigidas a “un despliegue de las fuerzas de las Naciones
Unidas” para que ayudaran a la protección de la población civil.
Tarde,
muy tarde… y más de 2.000 muertos descomponiéndose bajo el sol.
Testimonios
“Entonces,
en el campamento, no había ni jefes palestinos ni fedayín profesionales, e
Israel tenía que saberlo… Todos salieron con las organizaciones de la OLP.
Tampoco había depósitos de armas ¡Eso también es falso!”
“En el
campamento se llevó a cabo una cacería; entre las risotadas e insultos de los
agresores y los gritos de terror de las víctimas. Masacraron a palestinos y también
a sirios, egipcios o libaneses. ¡Matar, matar! Fue la consigna de quienes lo
planearon. Recuerdo las carreras de la gente, como animales enjaulados, sin saber hacia dónde dirigirse... Unos
saltando por las ventanas, otros tropezando. Y aquellas voces que gritaban al
perseguirnos… ¡Que se escapan! ¡Disparar
más rápido! ¡Hay que matarlos a todos! ¡Palestinos hijos de perra!”.
“De
pronto unos gritos nos hicieron poner en píe: ¡Los falangistas están aquí y nos están matando! Salí descalza a la
calle y una mujer al verme me dijo, ¡están
matando a todos... Niños, mujeres y también han asesinado a mi marido! Como
no podía creerlo le contesté, ¿han matado
a tu marido y no lloras? Ella me miró, pero como si no me estuviera viendo,
y me dijo al alejarse: Son muchos los
muertos y no puedo llorar por todos ahora. Pero debéis escapar antes de que
lleguen”.
“La
gente gritaba pero no podía entender nada, por lo que fui hasta la calle de al
lado para ver qué era lo que estaba sucediendo: ¡Los judíos y los libaneses han entrado y han asesinado a muchas
personas! ¡Escapar cuanto antes! Intenté regresar a casa para avisar a la
familia, pero entonces vi a un grupo de
milicianos en la esquina. Sin saber que hacer me escondí en una nevera que
estaba abandonada en la calle. Quieta, casi sin respirar, escuché risas,
palabrotas, disparos... Cuando se alejaron, avisé a los míos y juntos fuimos a
refugiarnos en el hospital de Gaza”.
“Acompañé
a un periodista en una moto a recorrer el campamento cuando aún quedaban
falangistas dentro. Oímos ruidos en una casa, gritos y otras voces que decían,
se van a escapar, ¡cogedlos! El periodista hizo fotografías a los cadáveres pero
yo casi no podía respirar. Juntos vimos y olimos a los muertos. Muchos habían
sido asesinados por arma blanca, había mucha sangre seca, renegrida, y se veían
las enormes heridas; algunos también estaban con las manos atadas, humillados,
y con el carnet palestino encima de ellos. Se encontraban por todas partes: en
las calles pegados a paredes, cruzados en el suelo, unos encima de otros en
cualquier esquina, familias enteras en sus casas. A mi tío Abdel lo encontramos
sin cabeza, ¡decapitado! Su mujer sólo lo reconoció por la ropa interior que
llevaba puesta”.
“El día
17 un francotirador israelí asesinó a mi hermano, se llamaba Jamal. Él se
encontraba fuera del campamento, pero cuando conoció las atrocidades que se
estaban cometiendo, intentó entrar junto con otros jóvenes con una ambulancia a
recoger a los heridos y trasladarlos a hospitales. Poco pudo hacer. Bajó de
la ambulancia y al dirigirse corriendo a socorrer a una mujer que gritaba en el
suelo, fue abatido por el tirador israelí. Pero no murió en el acto, mi cuñada
se lo encontró en el hospital de Gaza. Jamal la reconoció... Sus últimas
palabras fueron ¡tengo frío, tápame...! Pero
la mujer a la que intentó recoger se salvó”.
“Volví
a entrar en Chatila a buscar a los míos el día 18, justo cuando llegaba la Cruz
Roja. El olor era insoportable y por todas partes... No me encontré con ningún
herido por la calle Sabra ni en Chatila, sólo había destrozos y ruinas, muertos
y más muertos: niños de pocos meses de edad con la barriga rajada, mujeres
ensangrentadas y violadas..., viejos con los ojos muy abiertos, jóvenes tirados
junto a las paredes, otros amontonados o a medio enterrar… ¡Terrible, terrible!
¿Alguien puede pensar que podremos olvidarlo?”.