jueves, 18 de agosto de 2016

Primer reencuentro con el campamento de Chatila

A las 12 de la mañana el campamento de Chatila se encuentra en su bullicio cotidiano. Su entrada recta a partir de Sabra se nos muestra como una prolongación reducida, en cuanto a su amplitud, de la populosa y estridente calle-mercado beirutí. Puestos con todo tipo de mercancías se exhiben a la venta, directamente colocados en el asfalto negruzco y agujereado o sobre carretones de metal o tenderetes multicolores. Los soniquetes para animar el reclamo hacia el género son constantes, se van aunando unos a otros hasta hacerse ininteligibles y en disonancia constante. La elevada humedad del ambiente se ha adherido a la estética del entorno, potenciando igualmente los olores de los productos perecederos en oferta, pero sobre todo, el que proviene de algunos restos dispares abandonados en el suelo. Aunque también por momentos gobierna el aroma de intensas especies colocadas en minúsculas bolsitas trasparentes, o en sacos alineados totalmente abiertos a la atmósfera cada vez más sofocante.
Una multitud colorista en su conjunto se mueve con extraordinaria soltura entre los artículos exhibidos, esquivando con indiferencia a los coches y a sus pitidos, a las furgonetas cargadas hasta el límite y a los cientos de motoristas que no parecen dispuestos a ceder el paso a ninguno de los pacientes transeúntes. Muchos de estos últimos, van cargados con bolsas de plástico de color oscuro por las que asoman frutas y verduras con buen color. Sin duda, la energía más visual de esta calle principal se nos muestra a través de la observación de su concurrido ambiente humano; compuesto por los habitantes habituales del campamento, por vecinos de los barrios cercanos y por una multiplicidad racial e ideológica que se ha ido incrementando exponencialmente a lo largo de los últimos años. Por lo que a la acostumbrada manera en el vestir del entorno, se han sumado con fuerza otras formas e influencias hasta hace poco muy minoritarias: mujeres enlutadas en su totalidad que únicamente dejan al descubierto las mínimas aberturas para sus ojos; parejas variopintas de procedencia subsahariana envueltas en ropas con tonalidades chillonas; muchachas jóvenes con los cabellos recogidos en moños, de los que prenden grandes pañuelos orientales con filigranas llamativas; y también, hombres con casquetes de hilo en sus cabezas, barbas alargadas y cubiertos por túnicas de tonalidades marrones, blanquecinas o grises de apariencia desteñida.           
Por nuestra parte, una vez que logramos sobrepasar la algarabía del mercado callejero para ir adentrándonos en el campamento propiamente dicho, lo primero que nos impusimos fue reconocer cuanto antes algunos de los nombres y los rostros que han permanecido en nuestra memoria; los mismos que en otros momentos nos hicieron experimentas tantas emociones en ebullición, al tiempo que sobresaltos inundados de desesperanza.
Por lo que nos encaminamos por los pasadizos en laberinto con la ansiedad a flor de piel. Tanta que por momentos olvidamos lo arriesgado que es caminar en la penumbra con inconsciencia y, además, sobre un pavimento irregular y rebozado de humedad viscosa; tan expuesta y resbaladiza que nos lanzó unos metros hacia adelante sin que pudiéramos controlar los píes; con tanta torpeza o desatino por nuestra parte que caímos de espalda en el suelo acuoso, con la sensación dolorosa de haber experimentado uno de los riesgos más inmediatos al transitar por el campamento de Chatila. 
Tras la vuelta a la compostura y con la consciencia en alerta para evitar futuros contratiempos, recibimos de inmediato las primeras caricias de bienvenida. En la forma de enormes sonrisas reconocidas, apretones de manos apasionados y abrazos entrañables que nos arrastraron sin control hacia la turbación del contacto sincero de la amistad sin condiciones. Y entonces, en apenas unos segundos casi mágicos de retroceso en el tiempo, la misma euforia del pasado fue la protagonista… Aunque no tardó en desaparecer en la forma de tristeza húmeda, al imponerse la evocación de las personas que se han ido para siempre. Y el dolor por las pérdidas oprimió las gargantas.
Como la desaparición de la anciana Amineh Diab, originaria de la aldea de Majd al Krum muy próxima a la ciudad de Acre. A la que tuvimos la inmensa suerte de conocer en su casa del campamento, mientras rebosaba de una gran vitalidad emocional procedente de su mente clara, minuciosa en sus recuerdos pero igualmente crítica, según sus propias palabras, “cuando debía serlo”. Conservamos en la memoria los movimientos enérgicos de sus manos; vitales, libres, pero de tacto tierno y con proximidad a las ternezas. Firme a pesar de su edad o del “cansancio de su cuerpo” por la enfermedad y los más de sesenta años de exilio obligado. ¡Escríbelo! nos dijo una mañana de agosto mientras ofrecía un vaso de té con aroma a maramia: “cuenta al mundo que soy palestina y que moriré siéndolo, lo mismo que mis hijos, mis nietos y todos los que vengan detrás; en el Líbano solo estamos de tránsito, esperando el retorno…”. A sus noventa años siguieron impidiéndola regresar, hacer el último viaje hacia el hogar. Su cuerpo descansa en el cementerio de Beirut, en tierra extraña.
Cuando supimos del reciente fallecimiento de Mohamad Daoud lo primero que nos vino a la mente fue su mirada: enormemente triste. Por momentos volvimos a visionar su rabia apenas contenida mientras repasaba su vida de “palestino combativo”. Con palabras, nos aseguró que hubiera preferido morir libre en Palestina en 1948 antes que haber sufrido las miserias del éxodo libanés. Hablaba constantemente de su pueblo, también Majd al Krum, y sobre todo de que las generaciones venideras “regresarían a Palestina, porque así tiene que ser”. Él rindió finalmente su cuerpo, pero la esperanza nunca. Tenía 98 años de edad.

De las callejas en sombra de Chatila nos llegan sonidos estridentes que golpean y rebotan en las paredes de hormigón agrietado… 

3 comentarios:

  1. Bonitas palabras y gran trabajo el tuyo Rosa.
    Admiro tu esfuerzo, un beso.

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  2. Con la descripción que haces nos llegan los olores y colores de Chatila y también la fuerza y coraje de sus gentes.
    Un abrazo

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  3. El anterior comentario es mío . Te sigo en tu viaje y tu trabajo.

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