sábado, 27 de agosto de 2016

Beirut, junio-agosto 1982
El 6 de junio de 1982, cuando comenzaba a clarear el día, el ejército de Israel y su comitiva bélica de procedencia norteamericana penetraban en el Líbano con total impunidad hacia el interior del país, y lo hacían a través del territorio supuestamente controlado por las fuerzas de las Naciones Unidas. Al tiempo que la frontera libanesa era quebrantada, las agencias de prensa internacionales iban difundiendo, mecánicamente, que más de 130 personas habían perdido la vida y que otras 250 estaban heridas por los contundentes bombardeos que el Tzahal  venía realizando en los dos últimos días.
Y mientras las tropas de Israel avanzaban a partir de tres frentes perfectamente sincronizados, solamente unos pocos combatientes palestinos junto con otros tantos milicianos locales de izquierdas, intentaron obstaculizar la invasión sin ningún éxito. Por su lado, el ejército nacional-libanés permaneció totalmente ausente, en sus acuartelamientos, mientras las tropas “enemigas” se dirigían con arrogancia suprema hacia la capital del Estado. Igualmente, el cielo libanés se había abierto en forma de abanico, una vez que las baterías de defensa instaladas por Siria hubieran sido destruidas por los bombarderos de Tel Aviv. Como fue evidente que las fuerzas terrestres del ejército “de pacificación” sirio se limitaron a defenderse cuando no tuvieron otra opción, recibiendo por ello un castigo significativo; tanto que llevó a su comandante en jefe a decretar retirada, discreción y permanecer a la espera.
También, la diplomacia internacional bajo el padrinazgo de Washington soportó con soltura y mucho cinismo la conculcación de la legalidad internacional, hasta el punto que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas siguió negando la aprobación de una resolución que exigiera con rotundidad el inmediato alto el fuego, y que condenara, expresamente, tanto la guerra desencadenada por Israel como su avance en la ocupación del territorio. Es más, el Estado invasor ni siquiera fue amonestado con firmeza por el incumplimiento de las resoluciones aprobadas por el mismo organismo sólo unos pocos días antes (resoluciones 508 y 509). No obstante, en el mismo Consejo se dejaron oír  significativos alegatos de repudio a las praxis de Israel en el Líbano, como por ejemplo el del español Jaime de Piniés. Situación frustrante en las Naciones Unidas una vez más… a la que podríamos calificar de condena de discurso; el veto se impuso y el ejército de ocupación de Israel continuó en su camino triunfante hacía Beirut. 
El asedio de Beirut-Oeste
Y la guerra de Israel, camuflada bajo el eslogan “paz en Galilea”, avanzó sin impedimentos hasta las puertas de la capital. El dispositivo militar del Tzahal acabó encercando literalmente a Beirut-Oeste en el estruendo bélico y la desesperación más extrema. Durante setenta días la ciudad solamente respiró las emanaciones de las bombas, las del fuego ardiendo descontrolado, o  de la podredumbre de los cadáveres al sol y bajo las ruinas:
“Otras veces los bombardeos comenzaban de golpe y la hilera de personas se disolvía en estampida y a gritos... una zapatilla por aquí, la bolsa que volaba por los aire... y lo peor, los nuevos escombros, la sangre y los pedazos humanos estampados por el suelo o entre los hierros...  Las ratas de Beirut, había millones de ratas por todas partes, vivían mucho mejor que las personas. Las explosiones se unían unas a otras y no acababan nunca..., retumbaban en la cabeza y no dejaban pensar, ni dormir, ni siquiera llorar… ¡Hasta se acabaron las lágrimas en Beirut!”. 
Pero el  genocidio  en la forma de asedio a Beirut-Oeste, o especialísimo  laboratorio de barbarie fabricado por el Estado de Israel para imponer sus objetivos de dominio, se entreabrió solamente cuando la primera de sus exigencias fue asumida por todas las partes como inevitable. El 30 de agosto de 1982, Yasser Arafat abandonó Beirut junto con sus últimos milicianos para dirigirse hacia su nuevo exilio en Túnez. Pero lo hizo una vez  que hubo obtenido de los gobiernos libanés y norteamericano “las garantías” de que los civiles palestinos, de dentro y de fuera de los campamentos de refugiados, no sufrirían represalias ni verían en peligro sus vidas.
Y la doliente Beirut-Oeste ya sin los impetuosos fedayín palestinos y sus mandos,  se encontró a sí misma bajo la forma de estructuras de cemento que humeaban constantemente al cielo hasta desteñirlo en gris.  Con los tanques de Israel circundándola ansiosos,  expectantes, a la espera de un nuevo pretexto para iniciar el último asalto y conquistar, por cualquier medio, la sumisión del país. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Retornando: Cuatro horas en el campamento de Bour el Barjne

Una vez más habíamos olvidado que el campamento de Burj el Barjne es engañoso. Si bien su entrada principal con la gran mezquita de Afurcan al frente nos sitúa sin impedimentos en calles relativamente ordenadas, con un suelo allanado y de una amplitud aceptable, rápidamente avanzamos hacia un embrollo de callejas y pasadizos muy empinados, que se conectan entre sí en forma de círculos laberínticos sin un sentido claro y que nos impiden conservar la orientación cardinal más básica. Curiosamente, el agua, que escasea desgraciadamente en las viviendas familiares, es protagonista absoluto de las callejas en ladera, al deslizarse por ellas con total libertad como mínimos riachuelos, por lo que moverse libremente sin el riesgo al desliz es casi imposible  (pudimos comprobarlo); teniendo en cuenta que el pavimento se ha erosionado a lo largo del tiempo, dulcificando sus asperezas hasta dar forma a algo relacionado con una pista de patinaje con constantes subidas o bajadas...
El líquido desciende en libertad tras ir brotando de las alcantarillas medio destapadas y de unos conductos de plástico o de metal al descubierto, para dirigirse en forma de ramales caóticos hacia las partes más bajas. Pero al tiempo, también se va incrementado al fluir por algunas de las paredes de las viviendas, que ya empapadas, chorrean constantemente sin ningún tipo de protección; como por culpa de tuberías o depósitos en mal estado colgados precariamente en el cemento (envejecidos y agujereados). Incluso, la gran parte de las cañerías por las que transita el agua, se encuentran entrelazadas a marañas de cables por los que circula la luz dirigida a los domicilios y pequeños negocios del campo. En Burj el Barajne, como en otros campamentos palestinos, el agua desaprovechada se mueve o se estanca a su albedrío, junto a un cableado eléctrico (o contadores) escandalosamente defectuoso, y en consecuencia, sin medios de seguridad o mínima cautela.             
A pesar de las transformaciones que se han ido produciendo con el paso de los años, este campamento palestino ha conservado una estructura humana mucho más homogénea que Chatila, en relación al establecimiento de ambos en los años 1949-1950. Cuando un grupo de refugiados procedentes de la aldea galilea de Tarshiha (Acre), ante la evidencia de que el retorno a sus hogares no sería inmediato, se vieron en la necesidad de asentarse en un lugar temporal a la espera. Por lo que se reagruparon por familias en una finca polvorienta y en desnivel del distrito de Burj el Barajne, cedida para tal efecto transitorio y bajo la protección de unos toldos de lona aportados por la Cruz Roja Internacional. Así, de acuerdo con los datos que nos ha proporcionado la organización “Social Support Society”, este campamento del sur profundo de Beirut lo habitan cerca de 40.000 personas: sobre 25.000 son refugiados palestinos procedentes de la Hijra junto con sus descendientes (llegados al Líbano en 1948-1940); cerca de 14.000 han arribado en los últimos años por causa de la destrucción y la violencia en la vecina Siria y una mayoría de ellos son igualmente refugiados de la Nakba o “palestinos de Siria”, pero otra parte, son ciudadanos sirios que carecen de medios económicos para instalarse en otros lugares de Beirut. El resto de los habitantes, sobre todo son nacionales libaneses muy pobres y marginados; otras nacionalidades no son representativas en este campamento, aunque sí que habitan en sus aledaños.
Nuestra percepción del trazado a ras de suele del campo de Burj el Barajne (que se mantiene prácticamente igual desde que fue levantamiento en firme), siempre nos ha causado desconcierto: es caótico e inescrutable o en círculos mal delineados y sin ningún sentido; además de estar fijado a la incómoda pendiente y con sus elemento más básicos en una degradación escandalosa. Sin embargo, debemos añadir que “el Burj” es más sosegado, discreto y silencioso que su allegado del norte, el estridente y atestado Chatila. E igualmente, en su componente humano hemos encontrado mayor vitalidad, o consciencia de la necesidad de “hacer algo” para aliviar determinadas situaciones de emergencia. Así, algunos hombres y mujeres han tomado la vanguardia de manera individual con gran esfuerzo, con la intención de que la vida de estos “palestinos de 1948” no se consuma en la definitiva desesperanza.
Aunque sin grandes estructuras por falta de mayor apoyo económico, existe cierto dinamismo en el aspecto social o de auxilio más inmediato y concreto. Por ejemplo, para que “los mayores del campamento” vivan su cotidianidad con dignidad al poder acceder diariamente a un comedor colectivo, o formando parte de salidas organizadas bajo la forma de excursiones o encuentros lúdicos con otros refugiados; también, para que grupos de mujeres, niños y adolescentes se mantengan activos mientras aprenden informática, idiomas y determinadas profesiones de provecho (de presente y de futuro). Pero este activismo, sin duda insuficiente por falta de medios, no puede desterrar el riesgo de aparición de ciertos estallidos impetuosos de carácter individual o por desavenencias personales; u otros mucho más complejos, procedentes de grupúsculos reducidos con tendencias políticas opuestas e influenciados (o financiados) por la coyuntura libanesa y regional.
Definitivamente, el hartazgo destructivo en el que se encuentran atrapados miles de jóvenes en los campos palestinos, desde su nacimiento y sin que hayan podido intervenir para remediarlo o modificar sus vidas, resulta escandaloso y debería crear alertas políticas y sociales. La pobreza extrema, la ausencia de expectativas relacionadas con mejoras de carácter legal, la obligada convivencia en un entorno inhóspito y masificado, e incluso, los recelos por competencia entre “los habitantes de siempre” y los que se han instalado últimamente procedentes de Siria, son cuestiones a analizar  y peligros a flor de piel que no pueden sobreseerse desde el desprecio o la indiferencia. Otra cuestión para recapacitar debería centrarse en si el último rincón-cobijo de los palestinos de los campamentos del Líbano, cultivado con firmeza a través de la memoria de la Nakba al impregnarlo de la esperanza en “el retorno a la Tierra”, estallará con furia ante la impunidad arrogante de más humillaciones. Y desprecios.
Abandonamos Burj el Barajne, sin prisa. Con la imagen dibujada en una de las paredes más blancas de la salida: un refugiado soporta sobre su espalda el mapa de la Palestina histórica confeccionado enteramente con palabras de Darwish: “Vale la pena vivir por esta tierra”. Y a su lado el rebelde Handala creado por Naji al Ali con su brazo en alto va escribiendo: “Vivimos a través de imaginar…”.

Y ya, mientras nos alejábamos hacia el puente de la autopista vinieron a la mente las palabras de una anciana: “Hemos vivido para mantener la memoria de Palestina... Pero reclamamos justicia y respeto ¡Caridad, no!”.

Algunas organizaciones del campamento de Burj el Barajne:

- Social Support Society. Fue puesta en macha con decisión en el año 2006, ante la necesidad perentoria de otorgar apoyos asistenciales-emocionales a los ancianos del campamento; muchos de ellos solos y sin ningún tipo de sostén. Con el paso del tiempo ha ampliado sus programas para dar cobertura a residentes de edades más tempanas pero en situación de extrema necesidad. Sus instalaciones son acogedoras, discretas y bien organizadas, pero destacan especialmente sus trabajadoras: amables, activas y entusiastas. Cuenta con una cocina adecuada para proporcionar, diariamente, comidas al grupo de ancianos; fuimos partícipes de la preparación del perejil en ramitos limpios, para después, una vez troceado, incorporarlo al kafta. Igualmente, hemos sido testigo de cómo los ancianos mantienen intacta la evocación de sus lugares de origen en Galilea. La organización a su vez mantiene una estrecha colaboración con su homónima en el campo de Narh el Bared  (Trípoli). Contacto: Saher Serhan.
- Women´s Programs Association. Si bien su origen se remonta al año 1953 y a la iniciativa de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina) para trasladar a mujeres de algunos campamentos la oportunidad de ciertas actividades laborales, a partir del año 2.000 la Agencia modificó su estrategia dirigiendo los programas hacia el voluntariado independiente aunque permaneció como soporte. En los últimos años su crecimiento ha sido importante al iniciarse en nuevos programas educativos a niños y jóvenes, así como un proyecto de catering de calidad y muy reconocido que lleva por nombre SOUFRA. Pudimos acceder a una clase de inglés que se impartía en esos momentos, en la que una joven voluntaria con una gran sonrisa nos saludó en español. Contacto: Mariam Shahar
Palestinian Arab Center (PAC) Fue establecido en el año 1993. Se encuentra situada en la parte baja del campamento y cuenta con instalaciones muy amplias, y aunque es evidente el deterioro general del edificio, encontramos espacios acogedores bien cuidados, con mucha luz del exterior y pintados con colores atractivos. Incluso dispone de un pequeño parque infantil con un gran árbol en uno de sus costados, que ha extendido sus ramas fuera del recinto semicerrado, pero debiendo sortear marañas de cables eléctricos que penden en la calleja contigua; la hierba artificial, los columpios y otros juegos de colores llamativos dan viveza y alegría al lugar infantil. Encontramos a un grupo de niñas y niños haciendo trabajos manuales bajo la supervisión de adolescentes voluntarias. La organización se centra especialmente en los niños porque es consciente que “tiene que mirar al futuro”. Contacto: Ismail Ismail.  
- Aman Organization. Si cada una de las organizaciones altruistas que hemos conocido en Burj el Barajne ha logrado que encontremos esperanza en un lugar en el que aparentemente no existe, esta organización, además ha logrado que sintamos una emoción muy especial. Aman ha logrando que refugiados discapacitados del campamento tengan una profesión y puedan vivir con su trabajo. A partir de una formación disciplinada y seria, ha conseguido que los jóvenes confeccionen una gran variedad de objetos artesanos muy atractivos, incluidos pequeños mueble trabajados con enorme destreza en madera perfectamente suavizada; como sillas y bancos con diseño vanguardista, de maderas naturales, trenzadas en colores llamativos y combinados con mucha creatividad. “El dinero que procede del trabajo va directamente a nuestros jóvenes, la organización no busca beneficio”. Contacto: Thaeer Dabdoub.    
Fotografía-cartel en la Organización AMAN

jueves, 18 de agosto de 2016

Primer reencuentro con el campamento de Chatila

A las 12 de la mañana el campamento de Chatila se encuentra en su bullicio cotidiano. Su entrada recta a partir de Sabra se nos muestra como una prolongación reducida, en cuanto a su amplitud, de la populosa y estridente calle-mercado beirutí. Puestos con todo tipo de mercancías se exhiben a la venta, directamente colocados en el asfalto negruzco y agujereado o sobre carretones de metal o tenderetes multicolores. Los soniquetes para animar el reclamo hacia el género son constantes, se van aunando unos a otros hasta hacerse ininteligibles y en disonancia constante. La elevada humedad del ambiente se ha adherido a la estética del entorno, potenciando igualmente los olores de los productos perecederos en oferta, pero sobre todo, el que proviene de algunos restos dispares abandonados en el suelo. Aunque también por momentos gobierna el aroma de intensas especies colocadas en minúsculas bolsitas trasparentes, o en sacos alineados totalmente abiertos a la atmósfera cada vez más sofocante.
Una multitud colorista en su conjunto se mueve con extraordinaria soltura entre los artículos exhibidos, esquivando con indiferencia a los coches y a sus pitidos, a las furgonetas cargadas hasta el límite y a los cientos de motoristas que no parecen dispuestos a ceder el paso a ninguno de los pacientes transeúntes. Muchos de estos últimos, van cargados con bolsas de plástico de color oscuro por las que asoman frutas y verduras con buen color. Sin duda, la energía más visual de esta calle principal se nos muestra a través de la observación de su concurrido ambiente humano; compuesto por los habitantes habituales del campamento, por vecinos de los barrios cercanos y por una multiplicidad racial e ideológica que se ha ido incrementando exponencialmente a lo largo de los últimos años. Por lo que a la acostumbrada manera en el vestir del entorno, se han sumado con fuerza otras formas e influencias hasta hace poco muy minoritarias: mujeres enlutadas en su totalidad que únicamente dejan al descubierto las mínimas aberturas para sus ojos; parejas variopintas de procedencia subsahariana envueltas en ropas con tonalidades chillonas; muchachas jóvenes con los cabellos recogidos en moños, de los que prenden grandes pañuelos orientales con filigranas llamativas; y también, hombres con casquetes de hilo en sus cabezas, barbas alargadas y cubiertos por túnicas de tonalidades marrones, blanquecinas o grises de apariencia desteñida.           
Por nuestra parte, una vez que logramos sobrepasar la algarabía del mercado callejero para ir adentrándonos en el campamento propiamente dicho, lo primero que nos impusimos fue reconocer cuanto antes algunos de los nombres y los rostros que han permanecido en nuestra memoria; los mismos que en otros momentos nos hicieron experimentas tantas emociones en ebullición, al tiempo que sobresaltos inundados de desesperanza.
Por lo que nos encaminamos por los pasadizos en laberinto con la ansiedad a flor de piel. Tanta que por momentos olvidamos lo arriesgado que es caminar en la penumbra con inconsciencia y, además, sobre un pavimento irregular y rebozado de humedad viscosa; tan expuesta y resbaladiza que nos lanzó unos metros hacia adelante sin que pudiéramos controlar los píes; con tanta torpeza o desatino por nuestra parte que caímos de espalda en el suelo acuoso, con la sensación dolorosa de haber experimentado uno de los riesgos más inmediatos al transitar por el campamento de Chatila. 
Tras la vuelta a la compostura y con la consciencia en alerta para evitar futuros contratiempos, recibimos de inmediato las primeras caricias de bienvenida. En la forma de enormes sonrisas reconocidas, apretones de manos apasionados y abrazos entrañables que nos arrastraron sin control hacia la turbación del contacto sincero de la amistad sin condiciones. Y entonces, en apenas unos segundos casi mágicos de retroceso en el tiempo, la misma euforia del pasado fue la protagonista… Aunque no tardó en desaparecer en la forma de tristeza húmeda, al imponerse la evocación de las personas que se han ido para siempre. Y el dolor por las pérdidas oprimió las gargantas.
Como la desaparición de la anciana Amineh Diab, originaria de la aldea de Majd al Krum muy próxima a la ciudad de Acre. A la que tuvimos la inmensa suerte de conocer en su casa del campamento, mientras rebosaba de una gran vitalidad emocional procedente de su mente clara, minuciosa en sus recuerdos pero igualmente crítica, según sus propias palabras, “cuando debía serlo”. Conservamos en la memoria los movimientos enérgicos de sus manos; vitales, libres, pero de tacto tierno y con proximidad a las ternezas. Firme a pesar de su edad o del “cansancio de su cuerpo” por la enfermedad y los más de sesenta años de exilio obligado. ¡Escríbelo! nos dijo una mañana de agosto mientras ofrecía un vaso de té con aroma a maramia: “cuenta al mundo que soy palestina y que moriré siéndolo, lo mismo que mis hijos, mis nietos y todos los que vengan detrás; en el Líbano solo estamos de tránsito, esperando el retorno…”. A sus noventa años siguieron impidiéndola regresar, hacer el último viaje hacia el hogar. Su cuerpo descansa en el cementerio de Beirut, en tierra extraña.
Cuando supimos del reciente fallecimiento de Mohamad Daoud lo primero que nos vino a la mente fue su mirada: enormemente triste. Por momentos volvimos a visionar su rabia apenas contenida mientras repasaba su vida de “palestino combativo”. Con palabras, nos aseguró que hubiera preferido morir libre en Palestina en 1948 antes que haber sufrido las miserias del éxodo libanés. Hablaba constantemente de su pueblo, también Majd al Krum, y sobre todo de que las generaciones venideras “regresarían a Palestina, porque así tiene que ser”. Él rindió finalmente su cuerpo, pero la esperanza nunca. Tenía 98 años de edad.

De las callejas en sombra de Chatila nos llegan sonidos estridentes que golpean y rebotan en las paredes de hormigón agrietado… 
Imagen tomada por Pablo Sigismondi en una de las calles principales del campamento de Chatila. Pablo es geógrafo, viajero empedernido, gran fotógrafo y contador de historias intensas de los más desfavorecidos. ¡Gracias Pablo!

El trueno cotidiano gobierna en Chatila,
sur del sur de una babel de cemento que ya no reposa:
¡Prohibido dormitar! ¡Prohibido ensoñarse!
Pero algunas miradas, las que saben escuchar…
aun perciben el temblor de parpadeos,
son rescoldos de un pasado cercenado en pedazos
pero que desafía al último extravío.
¡Es el apego a la Tierra y a las huellas que cultivó el exilio!
¡Es la memoria de la Hijra que se resiste al olvido!

viernes, 12 de agosto de 2016


La ciudad se reinicia en su cotidianidad

Apenas clarea, Beirut se desadormece de un reposo intenso y en total oscuridad. Pero lo hace con cierta parsimonia, sin prisas, como si quiera tomarse un tiempo para desperezarse con mimo, para verse a sí misma entera, relajada, a través del sol que comenzará a elevarse desde la montaña que la gobierna. Período de quietud, de preparación efímera, que se romperá sin concesiones con el estallido nervioso de su cotidianidad rotunda.

La primera luz matinal mantendrá al mar de Beirut en un letargo líquido de tonalidades gris-plateadas, para entregar el protagonismo a las calles desiguales y a sus edificaciones desordenadas, ahora encendidas de amarillo pálido a partir de la zona oriental más elevada y en desnivel.

La ciudad se va conformando barrio a barrio. Pero aún, por unos momentos, en su conjunto mostrará a sus estrechas aceras, de cemento hundido o de baldosas asimétricas, en su verdadera amplitud, ya que no tardarán en ser ocupadas por puestos de comida o enseres varios, listos desde la provocación para reclamar la atención de los caminantes; e incluso de numerosos conductores frenéticos, que no dudarán en abandonar sus vehículos en el caos circulatorio para adquirir cualquiera de las mercancías a la venta.

 Y ya, cuando Beirut estalla en ruido incesante, lo hace especialmente a través de su asfalto atestado en tumulto y con los claxon de los vehículos al rojo vivo. La inercia enloquecida (aunque en cierta manera ordenada) retorna día tras día, y automóviles y motocicletas  de mil pelajes ocupan la totalidad del espacio como si fueran partícipes de un derecho casi divino a timonear a la urbe resignada. Vehículos imponentes como tanques urbanos con la totalidad de sus cristales opacos; o deportivos en movimiento que exhiben con coquetería y cierta altivez sus marcas de prestigio mundial. Pero sobre todo pueblan los espacios de Beirut una multitud de coches de apariencia destartalada, con su pintura a remiendos o descolorida y las ventanillas con  cristales invisibles, para evitar, al menos en movimiento, que la humedad y el calor sature por completo a sus ocupantes.

¿Y qué decir de las motocicletas? Incontables, de todos los tamaños y condición… no obstante abundan las pequeñas, las más sencillas o escuálidas y sin ningún tipo de adorno o matrícula a la vista; las que apenas se comprende cómo pueden siquiera estar en movimiento, y menos aún con semejante velocidad, en zigzag constante y circulando en todas las direcciones sin respetar las señales (escasas) de tráfico. Sin duda, estos conductores convulsivos sobre dos ruedas, amenazan la vida de los transeúntes mientras estos, necesariamente, deben arriesgarse a cruzar cualquiera de las calles de la ciudad; pero igualmente ponen en peligro sus propias vidas (la mayoría de ellos jóvenes o adolescentes).
¡Beirut siempre tiene prisa! Hasta que la oscuridad vuelva a sosegarla… de nuevo.    

miércoles, 10 de agosto de 2016

Retornando al principio

Retornando al principio

Para restañar el embotamiento emocional nos ha sido imprescindible regresar al comienzo del milagro, que por entonces, transformó y rectificó una vida supuestamente orientada y predecible.
Nos hemos impuesto la necesidad de transitar en el presente, a conciencia, por el mismo asfalto ennegrecido y casi tan desigual o accidentado como antaño; olfateando con cada uno de los sentidos las pulsaciones vehementes de la ciudad más vital, contradictoria e inesperada: Beirut.
¡Beirut! ¡Beirut! Sólo con pronunciar su nombre, hermoso y sensual, se puede conseguir que el cerebro súbitamente se desperece, se acelere al precipitarse hacia un abismo inquietante de curiosidad y sensaciones... Para descifrar, casi palpar, cada una de las esencias de la ciudad de los mil símbolos dolientes.
Y ya, una vez sumergidos de pleno en el alborozo de emociones en torbellino, nos será posible elevarnos con ligereza por encima de la decadencia húmeda, agrietada y galopante que va impregnando a la urbe a partir de sus cimientos, para sentirla provocadora, vigorosa y única; en toda su plenitud compleja.
La “poétique de la ville” de Beirut (en latencia pero veraz si deseamos encontrarla), puede conseguir que desde la empatía emocional alcancemos a visionarla como totalmente luminosa, atildada, coqueta, casi diáfana…  Y siempre derrochadora de coraje, resistente hasta el exceso: ¡libre!