Electricidad y muerte en el campamento de
Chatila
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| Una de las calles principales de Chatila. Fotografía tomada por Samuel Rodríguez |
En
Chatila son tan numerosos los accidentes debidos al cableado eléctrico que han
dejado de ser noticia, a no ser que la explosión haya ocasionado alguna víctima
irreparable. Es entonces cuando el campamento se alborota en lamentos, formando
numerosos corrillos irritados que hablan entre sollozos del fallecido o se
esfuerzan por consolar a los familiares acongojados. Pero es una tragedia
tantas veces advertida...
La
nueva persona electrocutada se llamaba Muhammad Yihad Ghanayme. Tan solo tenía
16 años y muchas cosas por descubrir. Su familia había llegado al
Líbano en el año 1948 como refugiada-expulsada de la ciudad galilea de Acre,
después de haber padecido durante meses una violencia extrema propagada por
milicianos sionistas. En el país de acogida, cada uno de los miembros del clan
debió enfrentarse a la brusca ruptura del hábitat conocido y a las carencias de
los primeros años del exilio, una vez que se instalaron en el espacio
“temporal” asignado por las Naciones Unidas para los palestinos llamado
campamento. Un lugar sin historia emocional, poblado por tiendas de campaña
alineadas en un pretendido orden cuadricular que no tardaría en deshacerse.
Como las misma jaimas, confeccionadas
con lonas rígidas de caridad improvisada, que acabarían descoloridas y
rasgadas por el paso de un exilio que no concluía.
El
Líbano se convirtió en el hogar para la familia Ghanayme, pero solamente
mientras esperaba el regreso a su ciudad de origen (Acre). Y el campamento de
toldos frágiles que les había recibido se fue transformando en un aglutinado sólido-plomizo, que fue congregando a minúsculas
viviendas de endebles paredes de cemento y techumbres con láminas de metal en
desnivel. Casuchas pegadas entre sí y separadas al frente por callejas
estrechas o pasadizos ciegos; y todo él sin un orden planificado medianamente
comprensible. No obstante, el exilio y los campos de refugiados se fueron reconociendo y creciendo juntos.
El
gran esfuerzo y espíritu luchador de los primeros moradores, logró convertir
a los inhóspitos mujaiam
(campamentos) en lugares más amable y esperanzados: como laberintos de resonancia
empapados de vitalidad. Debido a que sus
habitantes injertaron en los “territorios de excepción” (prestados) el
reflejo emocional de la Galilea “usurpada”, así como la mirada más cercana y
entrañable de cada uno de los pueblos dejados detrás de una frontera ya
infranqueable. Así, en los años sesenta,
los campamentos se transformaron en focos de expectación y de crecimiento
intelectual para los jóvenes palestinos. Nuevas generaciones que seguían
sorbiendo de la experiencia de la Nakba y de la memoria de los mayores, pero
renegando de la condición de víctimas inertes con la que pretendieron
revestirlos. Ser protagonistas orgullosos de su destino fue la consigna no
escrita, mientras daban sentido a sus días desde la militancia política más
concienciada. Pero consigna pasajera, lejana en el recuerdo desde una
actualidad miserable.
La
gran guerra de 1975 encercó al pequeño Líbano en una violencia
insoportable para todos sus habitantes, sin distinción (1975-1990). Pero viejos
odios acumulados contra los palestinos, junto con otros nuevos instigados por ambiciones aceleradas, no tardaron
en atravesar a cada uno de los campamentos de refugiados; a la manera de
bombardeos indiscriminados, montañas de ruinas y cientos de cadáveres que se
fueron acumulando en fosas comunes. Fue la desolación de la soledad o el relato
de la agonía hacia la muerte... como enunciara Luis Cernuda.
Solo
entonces la familia Ghanayme decidió escapar del infierno libanés en dirección
a Siria. Igualmente como país de acogida temporal mientras seguía esperando “el
regreso” a la ciudad añorada de Acre...
Pero
el círculo de las desdichas acabó completándose nuevamente. Los Ghanayme y sus
descendientes se encontraron en otro despeñadero sin fondo como sigue siendo la sucia guerra de Siria. Y optaron por
deshacer el camino y retornar al principio del éxodo: al Líbano. Una vez más para
escapar de la muerte.
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| Muhammad junto a su profesor de ajedrez |
El
joven Muhammad había nacido en el exilio de Siria pero no tardó en integrarse
al paisaje humano de Chatila. Incluso, gracias a su disciplina y simpatía
según los que le conocieron, consiguió trabajo muy pronto en un puesto de humus y fool situado cerca de su vivienda, en una de las calles más amplias
del campamento, por lo que contribuía activamente al sustento familiar. Aunque
sobre todas las cosas, Muhammad amaba colocarse atento frente a un tablero de
ajedrez. Y lo hacía todas las tardes, “sin faltar una”, en el centro de
aprendizaje que se encuentra dentro de Chatila. Bajo la entusiasta
supervisión del profesor Mahmud Hashem, fue avanzando con tanta rapidez en estrategia
y precisión que deslumbró a su enseñante y a todos sus compañeros.
El 28
de octubre de 2016, a primera hora de la tarde, Muhammad se encontraba fijando
el cordón de la red de internet en la fachada de su vivienda. La maraña asesina
de cables eléctricos se enredó en una de sus manos de adolescente… La muerte se
hizo presencia, única y definitiva.
¡Descansa
en libertad!
“El llanto que tú
mismo no has llorado,
Yo lo lloro por ti.
En mí no estaba
El ahuyentar tu
muerte como a un perro
Enojoso. E inútil
es que quiera
Ver tu cuerpo
crecido. Verde y puro”.
(Cernuda,
“Niño muerto”)


Gracias Rosa!! Mi pésame y mis mejores deseos para la família de Muhammad!!
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