miércoles, 27 de septiembre de 2017

CHATILA Y SABRA EN EL CORAZÓN (SEPTIEMBRE-1982)

Una vez que el miliciano consiguió derrumbar el portón metálico mediante un par de patadas certeras, con miradas rápidas comprobó la estancia en penumbra en la que se encontraba. Observó  que unos cuantos colchones enfundados se alzaban apilados sobre una de las paredes, que otro permanecía extendido en el suelo junto a una almohada de colores llamativos, y que muy cerca de la entrada, medio debajo de la puerta que acababa de derribar, asomaban unas sandalias diminutas. También se percató de que algunas prendas infantiles, desperdigadas por el suelo o desordenadas sobre un banco de color azul, estaban cubiertas de pequeños escombros que desprendían olor a polvo reciente. A continuación, dirigió la vista hacia un ventanuco de madera situado a cierta altura y del que habían reventado los cristales, por lo que se encontraban esparcidos en forma de trozos minúsculos; y que justo debajo de la misma abertura al exterior, sobresalía un fogón apagado con utensilios de cocina, similares a los que aún rodaban por el piso de cemento.
El uniformado maldijo varias veces entre dientes:
-  ¡Esta vez los hijos de perra se han escapado!
Abiertamente contrariado se dio la vuelta hacia la calleja mientras escupía con rabia varias veces  en el suelo. Pero una de sus botas recibió parte de la espuma blancuzca de la saliva, por lo que su mala puntería le hizo lanzar nuevos improperios contra los habitantes ausentes de la vivienda; culpables, a su entender, de su frustración por no haber podido llevar a cabo “la misión de limpieza” que le habían encomendado. Y dominado por la impotencia intentó deshacerse de su propio esputo restregando el calzado contra la pared más próxima, pero al no conseguirlo debido a la torsión natural del empeine, incrementó los insultos dirigiéndolos contra todos los palestinos del campamento. Hasta que finalmente, optó por hacer desaparecer su propio desecho arañando la piel de la bota con la hoja afilada de un martillo-hacha ensangrentado que pendía de su mano derecha (swordfish brand).
Martillo-hacha (swordfish brand) encontrado en Chatila y utilizado para asesinar
El miliciano logró eliminar sin problema el esputo reciente, pero no pudo evitar que la sangre que cubría la herramienta de hierro, así como la mano que la sustentaba, se extendiera por el calzado y fuera absorbida rápidamente por el polvo espeso que acumulaba.
Gritos de terror producidos por varias gargantas acompañados de disparos en cadena, risotadas y golpes secos, retumbaron con eco prolongado por las callejuelas cercanas. Con celeridad y un solo movimiento el joven encajó el hacha en su cinturón de cuero sin que pareciera importarle las salpicaduras de sangre que ocasionaba a su uniforme; a continuación levantó la metralleta que reposaba en el suelo para encañonarla hacia el frente, y lanzando rugidos guturales se dirigió al encuentro de sus compañeros.
Descubrió aliviado que el callejón al que se había aproximado ampliaba su espacio, por lo que pudo reactivar la carrera sin el peligro de chocar con las paredes o a tropezar con las finas tuberías de agua que sobresalían del pavimento desigual. Sin embargo al rebasar una curva no esperada, tuvo que contener su prisa para no perder el equilibrio y quedar rodeado de varios cuerpos extendidos a lo ancho de la calleja. La brusca imagen de tres mujeres ensangrentadas con dos niños muy pequeños a sus pies y un anciano sin brazos ligeramente recostado a un muro, desconcertó por unos segundos al miliciano. Pero no tardó en reaccionar, disparando varias ráfagas en círculos sobre los cadáveres hasta conseguir que los cuerpos inertes rebotaran sobre sí mismos por los impactos de la metralla.
Los chillidos provenían ahora de una vivienda próxima. El guerrillero se acercó vociferando su nombre de pila para alertar de su presencia a los camaradas, que le recibieron eufóricos con cánticos militantes y brazos en alto con señales de victoria.
- ¡Ayúdanos a completar el trabajo muchacho! - Le lanzó su superior de filas, mientras hacía un gesto torero con el brazo derecho como si quisiera cederle el último pase de gloria… hacia el mismo infierno. El miliciano, lanzando una carcajada prolongada, se colgó al hombro la metralleta para desenfundar el martillo-hacha y dirigirse hacía tres pares de ojos que le miraron aterrados:
- ¡Perros! (gritó) Prepararos porque ha llegado “Antar” el invencible… ¡Morir por mi brazo guerrero será un honor para vosotros!   
Primero fueron tres golpes de martillo en las cabezas, después el hacha fue subiendo y bajando una y otra vez… Sangres a borbotones. Cerebros esparramados. Cuerpos reventados.
Alguien desde la calle vociferó que la operación en el campamento había concluido:
- ¡Todos a los camiones!
Se oyeron protestas de los milicianos que reclamaban “más tiempo para concluir el trabajo”. La respuesta del militar al mando incluyó:
- ¡De acuerdo valientes! Unas cuantas actuaciones más y los que logren escapar no nos olvidarán. ¡Nunca!
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Estaba amaneciendo. Muhammad entreabrió la puerta de su vivienda procurando no hacer ruido. El silencio era absoluto. Llevaba más de 30 años viviendo en la misma casa y conocía cada sonido, cada movimiento... porque el campamento de refugiados de Chatila nunca se dormía del todo. Por las noches, si bien la cadencia de los sonidos aminoraba, su energía se mantenía al ralentí, como si el espacio borroso se gobernara a sí mismo a cámara lenta. Pero esa madrugada… Su mudez era tan extraña… tan espesa como la pestilencia del oxígeno que le envolvía.
Muhammad se dirigió hacia la calle principal con la máxima cautela, incluso su respiración agitada le fue pareciendo demasiado ruidosa. Al girar a la derecha en la calle más próxima descubrió un martillo-hacha en el suelo. Lo agarró por el mango con inercia mecánica y observó que todo él estaba recubierto de una capa granate-sanguina. Seguidamente levantó la mirada mientras caminaba unos metros hacia delante. Y se encontró con varios cuerpos extendidos en el suelo, como colocados expresamente en posiciones imposibles… rotos. Hasta sus cabezas habían desaparecido, solo eran bultos oscuros perforados y deformes.
Muhammad gritó… con los brazos en alto mirando al cielo. Hasta que desfallecido cayó de rodillas al lado de los cuerpos destrozados de sus vecinos:
-  ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¿Por qué? ¿Por qué?......
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“Masacre de Sabra y Chtila” del pintor iraquí Dia al-Azzawi
“¡Hombres! ¡Brazos al frente!
Gritó el cíclope enmascarado
mientras abría su garganta en llamas
para esputar a borbotones
la escoria bruna de sus entrañas.
 
Cerebros sin esencia tragando fango,
en alerta
con los sables afilados, apuntando al frente
y danzando al son de la voz taimada del adalid
presente, ausente…”.