lunes, 15 de mayo de 2017


LA NAKBA. LA TRAGEDIA INACABADA
A lo largo de la noche del 10 de mayo de 1948 había lloviznado sobre la aldea de Al Bassa (Acre). Pero una vez que comenzó a clarear por el este, la neblina blanquinosa se fue difuminando lentamente hasta desaparecer a ras de suelo detrás del olivar de los Salhani. Abdalah, el tercer hijo de este clan, se encontraba en la vivienda familiar en una de las salas más espaciosas sentado frente a la ventana y mirando fijamente al exterior, como si acabara de descubrir el horizonte, a pesar de que ocupaba el mismo lugar todos los días desde que superó la adolescencia, y de eso ya habían transcurrido algunos años.
 Mientras permanecía extasiado con la mirada al exterior, Abdalah iba dando sorbos extendidos a una taza de café con el asa de porcelana blanca, decorada toda ella con filigranas doradas que recordaban a la exquisita caligrafía del Corán. Y al tiempo con su mano izquierda, sin interrumpir la cadencia, acariciaba una a una las cuentas marrones de un gastado misbaha; hasta conformar unos rutinarios círculos interminables que le iban sumiendo en la reflexión más placentera. Tal vez la sensación de equilibrio y continuidad que experimentaba, se debiera a que era el mismo misbaha que había heredado del viejo Abu Hassan, abuelo paterno de barba blanca inmaculada y el artífice de que la vetusta vivienda de piedra, hubiera ido ampliado sus cimientos con la llegada de nuevos miembros a la familia; aunque necesariamente debió hacerse a costa de un pequeño terreno hasta entonces dedicado al cultivo de legumbres.
Restos de una vivienda en el pueblo de Al Bassa
La madrugada en el hogar de los Salhani olía como muchas otras. Al cardamomo del café recién molido, a la tierra reseca ligeramente humedecida, al tomillo frondoso que crecía a su albedrío a ambos lados de la puerta principal de la vivienda. Pero esa mañana Abdallah percibió con mayor intensidad que nunca otro olor perfectamente reconocido, porque se encontraba adherido a una de las paredes de la vivienda desde mucho antes de que él viniera al mundo. Y La esencia vehemente de la vieja higuera se fue apropiado sin permiso del pensamiento extasiado de Abdallah. Hasta llegar a sentir cómo su corazón le iba palpitando con más y más fuerza en las sienes expectantes...
Y ya, inmóvil frente a la ventana pero sin interrumpir ni por un momento las cuentas de su misbaha,  pudo captar con el cerebro el tacto desigual de las hojas de la higuera. Intensas en verde y marcadas con  firmes surcos venosos más pálidos... Sus ramas leñosas, enérgicas y tan flexibles... que habían conseguido soportar las sequias y hacer frente a los vientos rabiosos de muchos inviernos.
La misma higuera que plantara el patriarca Salhani allá por el siglo pasado y que no tardó en adherirse con fragosidad a los cimientos y a la piedra del hogar-refugio.  
¡Todo seguía tan quieto a través de la ventana! Abdallah supo que la enorme fotografía ante sus ojos, tan viva en formas y olores amados, permanecería por siempre, siempre… en su cerebro.

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“Desasosiego mudo
a la media luz del amanecer
detrás de las últimas cortinas entreabiertas.
Madrugada espesa con insomnios acumulados y ojos de par en par
hacia el horizonte
¡En alerta!
Alborada postrera, áspera, cortante como el viento hamsin,
que deberá cargar para siempre con los puñales del día de la Tragedia.”




El 14 de mayo de 1948 las fuerzas sionistas ocuparon definitivamente el pueblo de Al Bassa, de más de 3.000 habitantes y situado a unos 18 kilómetros de la ciudad de Acre. La resistencia de los lugareños frente a los atacantes (Operación Ben Ami) fue más importante de lo esperado, por lo que la aldea y su población serían especialmente castigadas por los milicianos sionistas. El objetivo de la operación Ben Ami, comandada por la Haganá, fue la de conquistar y expulsar a los árabes de la Galilea occidental.
 



miércoles, 3 de mayo de 2017




Electricidad y muerte en el campamento de Chatila
Una de las calles principales de Chatila. Fotografía tomada por Samuel Rodríguez
En Chatila son tan numerosos los accidentes debidos al cableado eléctrico que han dejado de ser noticia, a no ser que la explosión haya ocasionado alguna víctima irreparable. Es entonces cuando el campamento se alborota en lamentos, formando numerosos corrillos irritados que hablan entre sollozos del fallecido o se esfuerzan por consolar a los familiares acongojados. Pero es una tragedia tantas veces advertida...
La nueva persona electrocutada se llamaba Muhammad Yihad Ghanayme. Tan solo tenía 16 años y muchas cosas por descubrir. Su familia había llegado al Líbano en el año 1948 como refugiada-expulsada de la ciudad galilea de Acre, después de haber padecido durante meses una violencia extrema propagada por milicianos sionistas. En el país de acogida, cada uno de los miembros del clan debió enfrentarse a la brusca ruptura del hábitat conocido y a las carencias de los primeros años del exilio, una vez que se instalaron en el espacio “temporal” asignado por las Naciones Unidas para los palestinos llamado campamento. Un lugar sin historia emocional, poblado por tiendas de campaña alineadas en un pretendido orden cuadricular que no tardaría en deshacerse. Como las misma jaimas, confeccionadas con lonas rígidas de caridad improvisada, que acabarían descoloridas y rasgadas por el paso de un exilio que no concluía.
El Líbano se convirtió en el hogar para la familia Ghanayme, pero solamente mientras esperaba el regreso a su ciudad de origen (Acre). Y el campamento de toldos frágiles que les había recibido se fue transformando en un aglutinado sólido-plomizo, que fue congregando a minúsculas viviendas de endebles paredes de cemento y techumbres con láminas de metal en desnivel. Casuchas pegadas entre sí y separadas al frente por callejas estrechas o pasadizos ciegos; y todo él sin un orden planificado medianamente comprensible. No obstante, el exilio y los campos de refugiados se fueron reconociendo y creciendo juntos.
El gran esfuerzo y espíritu luchador de los primeros moradores, logró convertir a los inhóspitos mujaiam (campamentos) en lugares más amable y esperanzados: como laberintos de resonancia empapados de vitalidad. Debido a que sus  habitantes injertaron en los “territorios de excepción” (prestados) el reflejo emocional de la Galilea “usurpada”, así como la mirada más cercana y entrañable de cada uno de los pueblos dejados detrás de una frontera ya infranqueable. Así,  en los años sesenta, los campamentos se transformaron en focos de expectación y de crecimiento intelectual para los jóvenes palestinos. Nuevas generaciones que seguían sorbiendo de la experiencia de la Nakba y de la memoria de los mayores, pero renegando de la condición de víctimas inertes con la que pretendieron revestirlos. Ser protagonistas orgullosos de su destino fue la consigna no escrita, mientras daban sentido a sus días desde la militancia política más concienciada. Pero consigna pasajera, lejana en el recuerdo desde una actualidad miserable. 
La gran guerra de 1975 encercó al pequeño Líbano en una violencia insoportable para todos sus habitantes, sin distinción (1975-1990). Pero viejos odios acumulados contra los palestinos, junto con otros nuevos  instigados por ambiciones aceleradas, no tardaron en atravesar a cada uno de los campamentos de refugiados; a la manera de bombardeos indiscriminados, montañas de ruinas y cientos de cadáveres que se fueron acumulando en fosas comunes. Fue la desolación de la soledad o el relato de la agonía hacia la muerte... como enunciara Luis Cernuda.
Solo entonces la familia Ghanayme decidió escapar del infierno libanés en dirección a Siria. Igualmente como país de acogida temporal mientras seguía esperando “el regreso” a la ciudad añorada de Acre... 
Pero el círculo de las desdichas acabó completándose nuevamente. Los Ghanayme y sus descendientes se encontraron en otro despeñadero sin fondo como sigue siendo la sucia guerra de Siria. Y optaron por deshacer el camino y retornar al principio del éxodo: al Líbano. Una vez más para escapar de la muerte.
Muhammad junto a su profesor de ajedrez
El joven Muhammad había nacido en el exilio de Siria pero no tardó en integrarse al paisaje humano de Chatila. Incluso, gracias a su disciplina y simpatía según los que le conocieron, consiguió trabajo muy pronto en un puesto de humus y fool situado cerca de su vivienda, en una de las calles más amplias del campamento, por lo que contribuía activamente al sustento familiar. Aunque sobre todas las cosas, Muhammad amaba colocarse atento frente a un tablero de ajedrez. Y lo hacía todas las tardes, “sin faltar una”, en el centro de aprendizaje que se encuentra dentro de Chatila. Bajo la entusiasta supervisión del profesor Mahmud Hashem, fue avanzando con tanta rapidez en estrategia y precisión que deslumbró a su enseñante y a todos sus compañeros.
El 28 de octubre de 2016, a primera hora de la tarde, Muhammad se encontraba fijando el cordón de la red de internet en la fachada de su vivienda. La maraña asesina de cables eléctricos se enredó en una de sus manos de adolescente… La muerte se hizo presencia, única y definitiva.
¡Descansa en libertad!
 
“El llanto que tú mismo no has llorado,
Yo lo lloro por ti. En mí no estaba
El ahuyentar tu muerte como a un perro
Enojoso. E inútil es que quiera
Ver tu cuerpo crecido. Verde y puro”.
(Cernuda, “Niño muerto”)