viernes, 7 de abril de 2017



NOCHES EN LA MONTAÑA DE BEIRUT

La ciudad de Beirut desde la montaña se nos muestra petrificada, inmóvil, como si su gran vitalidad estuviera siendo contenida por el abrazo de un gigante para impedir que sea engullida por el mar. La considerable pendiente nos permite abarcar con la vista un gran perímetro, con edificaciones dispares encuadradas en un orden caótico que la confusa luz del atardecer se encarga de suavizar, mientras difumina la brusquedad de los perfiles entre las sombras del ocaso apresurado. Y un Mediterráneo quieto y metalizado en plata, se despide del día sofocante con tonalidades de rojo-fuego.        
En la sierra empinada próxima a Beirut, cuando anochece, el verano huele a tomillo, a tierra reseca o a pinos recientemente venteados por el solano. Y en su horizonte más montuoso, un cielo apagado en azul va dibujando a trazos rápidos contornos verdinegros salpicados de puntos de luz cada vez más brillantes.
 
 
En las colinas son numerosos los lugares de descanso y deleite para los sentidos.  Con hoteles y restaurantes muy amplios, acogedores, discretos y capaces de desaparecer entre la vegetación frondosa del terreno abrupto y boscoso. Pero en las noches del verano, cuando reina la calma y el viento permanece contenido, asombra el sonido estridente de miles de cigarras invisibles; incesantes en su monotonía lineal, y que nos acompañan en el recorrido hasta una pequeña portezuela enmarcada por enredaderas de hojas relucientes. Al momento, la voz inconfundible de Fayrouz cantando a la noche, al viento, a los ojos de la luna… se apropia de la atmósfera expulsando sin brusquedad a las cigarras.
 
 
Tras un pequeño jardín iluminado por bombillas medio escondidas en la hierba nos recibe un salón espacioso, abierto todo él al exterior y bordeado por una barandilla de hierro con formas onduladas. El suelo está empedrado en tonalidades grises naturales, y la parte superior o techumbre es tan alta y desigual como las alas de un gran velero; con lonas blancas abiertas al verde frondoso y a un barranco cercano. Las mesas, de cedro rojizo, se encuentran espaciadas entre sí y cubiertas por manteles de color miel con dos velas aromatizadas en el centro.
 
 
A lo largo de una cena sin prisa, el sonido mezclado de las voces de los comensales queda perfectamente amortiguado por la voz cautivadora de Fayrouz; mientras canta a las lágrimas de los desterrados de Jerusalén (“Al Quds”), sugerentes moaxajas de al-Andalus o a los poetas Yibran y Qabbani: “no me preguntes el nombre de mi amor… está en el mar… en el viento cuando llora…”.
A partir de que la noche se hace madrugada son las cuerdas mágicas de un laúd las que emocionan y perturban... Junto con los vapores blancos de narguiles en ascuas con olores equívocos a frutas y a especies (pipas de agua).
Y es entonces cuando Sherezade rompe su silencio contenido y susurra: “Cuando el sol amenace con aparecer, serán mis palabras de fuego las que enciendan tu piel”.