miércoles, 8 de marzo de 2017


 


Las mujeres mas perdedoras
El último mes de agosto ha sido especialmente caluroso en Beirut. Durante las horas centrales del día, el ambiente se caldeaba hasta tal punto, que al caminar por el asfalto, una asfixia líquida y pegajosa amenazaba constantemente con paralizar al cuerpo renqueante, y con sumergir al cerebro en un sopor incontrolado o de desmayo.  
Pero la Avenida Corniche El Mazraa se mantenía en su trasiego habitual. Los conductores impacientes por el tráfico atascado, hacían sonar sin tregua los claxon de sus vehículos, al tiempo que dejaban escapar algunos gritos o improperios de sumo hartazgo. Por el contrario, la acera lineal de la Avenida que delimita con el cuartel militar se encontraba vacía, precisamente al no tener ninguna protección del sol extenuante del mediodía. A no ser por la presencia imprescindible de un uniformado, que con la metralleta baja y dentro de una especie de torreta circular instalada sobre la acera, hacía su guardia cotidiana con aparente indolencia; o por el ir y venir de unos cuantos gatos que husmeaban a su aire por el margen del bordillo, entre los residuos amontonados dentro de una pequeña oquedad acuosa.
Un poco más adelante, en dirección al famoso puente "del Cola”, tres grandes contenedores de color  gris metalizado, ya repletos de desperdicios y utensilios, dejaban desparramar por la cercanía varios montículos de bolsas oscuras con la mayoría de ellas reventadas o a girones. Por lo que un olor a basuras descompuestas  envolvía el espacio abierto, hasta transformarlo en un microclima cerrado extremadamente opresivo para los sentidos.
Y justo a la sombra rectangular que producían los contenedores desbordados, una mujer joven junto con su hija de pocos años intentaban resguardarse de la fuerza escandalosa del sol. Las dos mostraban un abandono extremo en sus ropas y la evidencia de que habían sido expulsadas de la sociedad más cotidiana; por la guerra de Siria y con la indiferencia complaciente de todos. Ambas, en silencio y rodeadas por plásticos y desperdicios se recostaban en una pared áspera e igualmente sucia... Pero la mano de la madre con especial ternura, una y otra vez, se movía con lentitud mientras arrastraba con cuidado los piojos de los cabellos de su pequeña.
La mirada sosegada y triste de la niña, abierta de par en par en unos ojos agrandados por la delgadez, mostraba un vacío tan  inquietante que no ha dejado de perseguirnos…
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Se acercaba la fiesta del cordero y las prisas por realizar las últimas compras eran tan frenéticas como compulsivas en toda la ciudad de Beirut. Concretamente, las numerosas joyerías del distrito popular del Barbir se encontraban  especialmente concurridas. Y todas ellas bajo una misma apariencia recargada en su interior por la acumulación de joyas de todos los tamaños; colocadas en muestrarios abarrotados por cada una de las paredes, estantes al lado del mostrador y en los escaparates dirigidos hacia el exterior.
La clientela del barrio estaba compuesta, mayoritariamente, por mujeres de todas las edades, que con apariencia satisfecha entraban y salían de las tiendas “del oro” situadas muy cerca entre sí. Buscando el mejor precio y la joya más exclusiva para regalar a familiares y lucir en el gran día.
En una de las muchas joyerías la puerta se abría y cerraba constantemente. Como cuando entró una mujer totalmente enlutada con dos niñas pequeñas de la mano. Permanecieron muy quietas, sin mediar palabra, esperando su turno con timidez extrema y muy cerca de la salida. En un momento dado, uno de los vendedores miró directamente a la madre haciendo un gesto mínimo con la cabeza, ella se acercó al mostrador rápidamente, y de un pequeño bolso de mano sacó una cajita roja con apariencia de terciopelo desgastado. El dependiente la abrió sin mostrar expresión alguna, y a continuación movió los pequeños objetos del interior con un solo dedo (dos pares de pendientes, dos pulseras y un colgante con un pequeño Corán dorado). Después, levantó la vista hacia la mujer y dijo escuetamente: 80 dólares. Ella se quedó unos segundos inmóvil… como dudando, y a continuación la tonalidad de su cara se volvió de rojo intenso. El vendedor, con tono impaciente tras abrir la caja registradora, lanzó un escueto, “qué, ¿sí o no?”, mostrando el dinero exacto en su mano extendida.
Ella, por un instante y con los labios apretados,  miró algo dubitativa a sus dos hijas. Pero a continuación asintió dos veces con la cabeza, y sin mediar palabra tomó los 80 dólares que el hombre impaciente la ofrecía; los guardo en su bolso negro con rapidez, tomó a las niñas de la mano y se dirigió a la calle para volver a ser invisible. En el interior apenas habían notado su presencia muda, excepto el vendedor oportunista que había cambiado un pequeño tesoro por unos pocos dólares arrugados.