Las mujeres mas perdedoras
El
último mes de agosto ha sido especialmente caluroso en Beirut.
Durante las horas centrales del día, el ambiente se caldeaba hasta tal
punto, que al caminar por el asfalto, una asfixia líquida y pegajosa amenazaba constantemente con paralizar al cuerpo renqueante, y con sumergir al cerebro en un sopor incontrolado o de desmayo.
Pero la
Avenida Corniche El Mazraa se
mantenía en su trasiego habitual. Los conductores impacientes por el tráfico
atascado, hacían sonar sin tregua los claxon de sus vehículos, al
tiempo que dejaban escapar algunos gritos o improperios de sumo hartazgo. Por
el contrario, la acera lineal de la Avenida que delimita con el cuartel
militar se encontraba vacía, precisamente al no tener ninguna protección del
sol extenuante del mediodía. A no ser por la
presencia imprescindible de un uniformado, que con la metralleta baja y
dentro de una especie de torreta circular instalada sobre la acera, hacía
su guardia cotidiana con aparente indolencia; o por el ir y venir de unos cuantos gatos que husmeaban a su aire por el margen del bordillo, entre los residuos
amontonados dentro de una pequeña oquedad acuosa.
Un poco más
adelante, en dirección al famoso puente "del Cola”, tres grandes
contenedores de color gris metalizado,
ya repletos de desperdicios y utensilios, dejaban desparramar
por la cercanía varios montículos de bolsas oscuras con la mayoría de ellas
reventadas o a girones. Por lo que un olor a basuras descompuestas envolvía el espacio abierto, hasta transformarlo en un microclima cerrado extremadamente
opresivo para los sentidos.
Y justo a la
sombra rectangular que producían los contenedores desbordados, una mujer
joven junto con su hija de pocos años intentaban resguardarse de la fuerza
escandalosa del sol. Las dos mostraban un abandono extremo
en sus ropas y la evidencia de que habían sido expulsadas de la sociedad más cotidiana; por
la guerra de Siria y con la indiferencia complaciente de todos. Ambas, en silencio y rodeadas
por plásticos y desperdicios se recostaban en una pared
áspera e igualmente sucia... Pero la mano de la madre con especial ternura, una y
otra vez, se movía con lentitud mientras arrastraba con cuidado los piojos
de los cabellos de su pequeña.
La mirada
sosegada y triste de la niña, abierta de par en par en unos ojos agrandados por
la delgadez, mostraba un vacío tan
inquietante que no ha dejado de perseguirnos…
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Se acercaba
la fiesta del cordero y las prisas por realizar las últimas compras eran
tan frenéticas como compulsivas en toda la ciudad de Beirut. Concretamente, las
numerosas joyerías del distrito popular del Barbir se encontraban
especialmente concurridas. Y todas ellas bajo una misma apariencia
recargada en su interior por la acumulación de joyas de todos los
tamaños; colocadas en muestrarios abarrotados por cada una de las
paredes, estantes al lado del mostrador y en los escaparates dirigidos hacia
el exterior.
La clientela
del barrio estaba compuesta, mayoritariamente, por mujeres de todas las edades, que con
apariencia satisfecha entraban y salían de las tiendas “del
oro” situadas muy cerca entre sí. Buscando el mejor precio y la joya más exclusiva para regalar a familiares y lucir en el gran día.
En una de las muchas joyerías la puerta se abría y cerraba constantemente. Como cuando entró una mujer
totalmente enlutada con dos niñas pequeñas de la mano. Permanecieron muy quietas, sin mediar palabra, esperando su
turno con timidez extrema y muy cerca de la salida. En
un momento dado, uno de los vendedores miró directamente a la madre haciendo un gesto
mínimo con la cabeza, ella se acercó al mostrador rápidamente, y de un pequeño
bolso de mano sacó una cajita roja con apariencia de terciopelo desgastado. El dependiente
la abrió sin mostrar expresión alguna, y a continuación movió los pequeños
objetos del interior con un solo dedo (dos pares de pendientes, dos pulseras y
un colgante con un pequeño Corán dorado). Después, levantó la vista hacia la
mujer y dijo escuetamente: 80 dólares. Ella se quedó unos segundos
inmóvil… como dudando, y a continuación la tonalidad de su cara se volvió de rojo
intenso. El vendedor, con tono impaciente tras abrir la caja
registradora, lanzó un escueto, “qué, ¿sí o no?”, mostrando el dinero
exacto en su mano extendida.
Ella,
por un instante y con los labios apretados, miró algo dubitativa a sus dos hijas. Pero a
continuación asintió dos veces con la cabeza, y sin
mediar palabra tomó los 80 dólares que el hombre impaciente la ofrecía; los guardo en su bolso negro con
rapidez, tomó a las niñas de la mano y se dirigió a la calle
para volver a ser invisible. En el interior apenas habían
notado su presencia muda, excepto el vendedor oportunista que
había cambiado un pequeño tesoro por unos pocos dólares arrugados.
