miércoles, 7 de marzo de 2018

 
 
 

“La rabia acumulada,
- emponzoñada en tiempos de silencios -
será capaz de escupir, al unísono, millones de ¡basta!
Y voces tan enteras como renovadas,
- mestizas, preñadas de acentos de todos los mares -
prenderán fuegos de liberación…
del “yo” del “nosotras” .
Para derretir los mismos círculos de asfixia,
de opresión, de oscuridad,
de melancolías.”
 
 

                                                      


 

jueves, 2 de noviembre de 2017


DECLARACIÓN BALFOUR: ANIVERSARIO DEL PRINCIPIO DE LA TRAGEDIA (2-11-1917). 
“La Federación Sionista ha celebrado una asamblea para tomar acta de la promesa del gobierno inglés acerca del restablecimiento de la nación judía en Palestina.” (La Vanguardia Española, 17-12-1917).
 

“El relato banal de una fabulación acabó convertido en suceso fabricado.
¿Y el cosmos de la licitud, de la conciencia…?
Permaneció en la ambigüedad más pávida,
en el sigilo miedoso.
O excitado eufórico
junto a las ambiciones en negro del dominador.
Encubriendo, tras su niebla espesa, las raíces de la gran invención.”
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 


 






 

 


 

 

 

 

 




miércoles, 27 de septiembre de 2017

CHATILA Y SABRA EN EL CORAZÓN (SEPTIEMBRE-1982)

Una vez que el miliciano consiguió derrumbar el portón metálico mediante un par de patadas certeras, con miradas rápidas comprobó la estancia en penumbra en la que se encontraba. Observó  que unos cuantos colchones enfundados se alzaban apilados sobre una de las paredes, que otro permanecía extendido en el suelo junto a una almohada de colores llamativos, y que muy cerca de la entrada, medio debajo de la puerta que acababa de derribar, asomaban unas sandalias diminutas. También se percató de que algunas prendas infantiles, desperdigadas por el suelo o desordenadas sobre un banco de color azul, estaban cubiertas de pequeños escombros que desprendían olor a polvo reciente. A continuación, dirigió la vista hacia un ventanuco de madera situado a cierta altura y del que habían reventado los cristales, por lo que se encontraban esparcidos en forma de trozos minúsculos; y que justo debajo de la misma abertura al exterior, sobresalía un fogón apagado con utensilios de cocina, similares a los que aún rodaban por el piso de cemento.
El uniformado maldijo varias veces entre dientes:
-  ¡Esta vez los hijos de perra se han escapado!
Abiertamente contrariado se dio la vuelta hacia la calleja mientras escupía con rabia varias veces  en el suelo. Pero una de sus botas recibió parte de la espuma blancuzca de la saliva, por lo que su mala puntería le hizo lanzar nuevos improperios contra los habitantes ausentes de la vivienda; culpables, a su entender, de su frustración por no haber podido llevar a cabo “la misión de limpieza” que le habían encomendado. Y dominado por la impotencia intentó deshacerse de su propio esputo restregando el calzado contra la pared más próxima, pero al no conseguirlo debido a la torsión natural del empeine, incrementó los insultos dirigiéndolos contra todos los palestinos del campamento. Hasta que finalmente, optó por hacer desaparecer su propio desecho arañando la piel de la bota con la hoja afilada de un martillo-hacha ensangrentado que pendía de su mano derecha (swordfish brand).
Martillo-hacha (swordfish brand) encontrado en Chatila y utilizado para asesinar
El miliciano logró eliminar sin problema el esputo reciente, pero no pudo evitar que la sangre que cubría la herramienta de hierro, así como la mano que la sustentaba, se extendiera por el calzado y fuera absorbida rápidamente por el polvo espeso que acumulaba.
Gritos de terror producidos por varias gargantas acompañados de disparos en cadena, risotadas y golpes secos, retumbaron con eco prolongado por las callejuelas cercanas. Con celeridad y un solo movimiento el joven encajó el hacha en su cinturón de cuero sin que pareciera importarle las salpicaduras de sangre que ocasionaba a su uniforme; a continuación levantó la metralleta que reposaba en el suelo para encañonarla hacia el frente, y lanzando rugidos guturales se dirigió al encuentro de sus compañeros.
Descubrió aliviado que el callejón al que se había aproximado ampliaba su espacio, por lo que pudo reactivar la carrera sin el peligro de chocar con las paredes o a tropezar con las finas tuberías de agua que sobresalían del pavimento desigual. Sin embargo al rebasar una curva no esperada, tuvo que contener su prisa para no perder el equilibrio y quedar rodeado de varios cuerpos extendidos a lo ancho de la calleja. La brusca imagen de tres mujeres ensangrentadas con dos niños muy pequeños a sus pies y un anciano sin brazos ligeramente recostado a un muro, desconcertó por unos segundos al miliciano. Pero no tardó en reaccionar, disparando varias ráfagas en círculos sobre los cadáveres hasta conseguir que los cuerpos inertes rebotaran sobre sí mismos por los impactos de la metralla.
Los chillidos provenían ahora de una vivienda próxima. El guerrillero se acercó vociferando su nombre de pila para alertar de su presencia a los camaradas, que le recibieron eufóricos con cánticos militantes y brazos en alto con señales de victoria.
- ¡Ayúdanos a completar el trabajo muchacho! - Le lanzó su superior de filas, mientras hacía un gesto torero con el brazo derecho como si quisiera cederle el último pase de gloria… hacia el mismo infierno. El miliciano, lanzando una carcajada prolongada, se colgó al hombro la metralleta para desenfundar el martillo-hacha y dirigirse hacía tres pares de ojos que le miraron aterrados:
- ¡Perros! (gritó) Prepararos porque ha llegado “Antar” el invencible… ¡Morir por mi brazo guerrero será un honor para vosotros!   
Primero fueron tres golpes de martillo en las cabezas, después el hacha fue subiendo y bajando una y otra vez… Sangres a borbotones. Cerebros esparramados. Cuerpos reventados.
Alguien desde la calle vociferó que la operación en el campamento había concluido:
- ¡Todos a los camiones!
Se oyeron protestas de los milicianos que reclamaban “más tiempo para concluir el trabajo”. La respuesta del militar al mando incluyó:
- ¡De acuerdo valientes! Unas cuantas actuaciones más y los que logren escapar no nos olvidarán. ¡Nunca!
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Estaba amaneciendo. Muhammad entreabrió la puerta de su vivienda procurando no hacer ruido. El silencio era absoluto. Llevaba más de 30 años viviendo en la misma casa y conocía cada sonido, cada movimiento... porque el campamento de refugiados de Chatila nunca se dormía del todo. Por las noches, si bien la cadencia de los sonidos aminoraba, su energía se mantenía al ralentí, como si el espacio borroso se gobernara a sí mismo a cámara lenta. Pero esa madrugada… Su mudez era tan extraña… tan espesa como la pestilencia del oxígeno que le envolvía.
Muhammad se dirigió hacia la calle principal con la máxima cautela, incluso su respiración agitada le fue pareciendo demasiado ruidosa. Al girar a la derecha en la calle más próxima descubrió un martillo-hacha en el suelo. Lo agarró por el mango con inercia mecánica y observó que todo él estaba recubierto de una capa granate-sanguina. Seguidamente levantó la mirada mientras caminaba unos metros hacia delante. Y se encontró con varios cuerpos extendidos en el suelo, como colocados expresamente en posiciones imposibles… rotos. Hasta sus cabezas habían desaparecido, solo eran bultos oscuros perforados y deformes.
Muhammad gritó… con los brazos en alto mirando al cielo. Hasta que desfallecido cayó de rodillas al lado de los cuerpos destrozados de sus vecinos:
-  ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¿Por qué? ¿Por qué?......
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“Masacre de Sabra y Chtila” del pintor iraquí Dia al-Azzawi
“¡Hombres! ¡Brazos al frente!
Gritó el cíclope enmascarado
mientras abría su garganta en llamas
para esputar a borbotones
la escoria bruna de sus entrañas.
 
Cerebros sin esencia tragando fango,
en alerta
con los sables afilados, apuntando al frente
y danzando al son de la voz taimada del adalid
presente, ausente…”.




miércoles, 14 de junio de 2017




"Dicen... que el mar de Beirut reclama por las noches a todos los que alguna vez la han amado"
   
Podría ser que Beirut me estuviera esperando...
La fuerza de la ciudad ha vuelto a traspasar la piel brillante, líquida de humedad mediterránea, para inyectar en el riego sanguíneo su rebeldía indómita y el deseo de vivir. De vivir sintiendo.      

lunes, 15 de mayo de 2017


LA NAKBA. LA TRAGEDIA INACABADA
A lo largo de la noche del 10 de mayo de 1948 había lloviznado sobre la aldea de Al Bassa (Acre). Pero una vez que comenzó a clarear por el este, la neblina blanquinosa se fue difuminando lentamente hasta desaparecer a ras de suelo detrás del olivar de los Salhani. Abdalah, el tercer hijo de este clan, se encontraba en la vivienda familiar en una de las salas más espaciosas sentado frente a la ventana y mirando fijamente al exterior, como si acabara de descubrir el horizonte, a pesar de que ocupaba el mismo lugar todos los días desde que superó la adolescencia, y de eso ya habían transcurrido algunos años.
 Mientras permanecía extasiado con la mirada al exterior, Abdalah iba dando sorbos extendidos a una taza de café con el asa de porcelana blanca, decorada toda ella con filigranas doradas que recordaban a la exquisita caligrafía del Corán. Y al tiempo con su mano izquierda, sin interrumpir la cadencia, acariciaba una a una las cuentas marrones de un gastado misbaha; hasta conformar unos rutinarios círculos interminables que le iban sumiendo en la reflexión más placentera. Tal vez la sensación de equilibrio y continuidad que experimentaba, se debiera a que era el mismo misbaha que había heredado del viejo Abu Hassan, abuelo paterno de barba blanca inmaculada y el artífice de que la vetusta vivienda de piedra, hubiera ido ampliado sus cimientos con la llegada de nuevos miembros a la familia; aunque necesariamente debió hacerse a costa de un pequeño terreno hasta entonces dedicado al cultivo de legumbres.
Restos de una vivienda en el pueblo de Al Bassa
La madrugada en el hogar de los Salhani olía como muchas otras. Al cardamomo del café recién molido, a la tierra reseca ligeramente humedecida, al tomillo frondoso que crecía a su albedrío a ambos lados de la puerta principal de la vivienda. Pero esa mañana Abdallah percibió con mayor intensidad que nunca otro olor perfectamente reconocido, porque se encontraba adherido a una de las paredes de la vivienda desde mucho antes de que él viniera al mundo. Y La esencia vehemente de la vieja higuera se fue apropiado sin permiso del pensamiento extasiado de Abdallah. Hasta llegar a sentir cómo su corazón le iba palpitando con más y más fuerza en las sienes expectantes...
Y ya, inmóvil frente a la ventana pero sin interrumpir ni por un momento las cuentas de su misbaha,  pudo captar con el cerebro el tacto desigual de las hojas de la higuera. Intensas en verde y marcadas con  firmes surcos venosos más pálidos... Sus ramas leñosas, enérgicas y tan flexibles... que habían conseguido soportar las sequias y hacer frente a los vientos rabiosos de muchos inviernos.
La misma higuera que plantara el patriarca Salhani allá por el siglo pasado y que no tardó en adherirse con fragosidad a los cimientos y a la piedra del hogar-refugio.  
¡Todo seguía tan quieto a través de la ventana! Abdallah supo que la enorme fotografía ante sus ojos, tan viva en formas y olores amados, permanecería por siempre, siempre… en su cerebro.

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“Desasosiego mudo
a la media luz del amanecer
detrás de las últimas cortinas entreabiertas.
Madrugada espesa con insomnios acumulados y ojos de par en par
hacia el horizonte
¡En alerta!
Alborada postrera, áspera, cortante como el viento hamsin,
que deberá cargar para siempre con los puñales del día de la Tragedia.”




El 14 de mayo de 1948 las fuerzas sionistas ocuparon definitivamente el pueblo de Al Bassa, de más de 3.000 habitantes y situado a unos 18 kilómetros de la ciudad de Acre. La resistencia de los lugareños frente a los atacantes (Operación Ben Ami) fue más importante de lo esperado, por lo que la aldea y su población serían especialmente castigadas por los milicianos sionistas. El objetivo de la operación Ben Ami, comandada por la Haganá, fue la de conquistar y expulsar a los árabes de la Galilea occidental.
 



miércoles, 3 de mayo de 2017




Electricidad y muerte en el campamento de Chatila
Una de las calles principales de Chatila. Fotografía tomada por Samuel Rodríguez
En Chatila son tan numerosos los accidentes debidos al cableado eléctrico que han dejado de ser noticia, a no ser que la explosión haya ocasionado alguna víctima irreparable. Es entonces cuando el campamento se alborota en lamentos, formando numerosos corrillos irritados que hablan entre sollozos del fallecido o se esfuerzan por consolar a los familiares acongojados. Pero es una tragedia tantas veces advertida...
La nueva persona electrocutada se llamaba Muhammad Yihad Ghanayme. Tan solo tenía 16 años y muchas cosas por descubrir. Su familia había llegado al Líbano en el año 1948 como refugiada-expulsada de la ciudad galilea de Acre, después de haber padecido durante meses una violencia extrema propagada por milicianos sionistas. En el país de acogida, cada uno de los miembros del clan debió enfrentarse a la brusca ruptura del hábitat conocido y a las carencias de los primeros años del exilio, una vez que se instalaron en el espacio “temporal” asignado por las Naciones Unidas para los palestinos llamado campamento. Un lugar sin historia emocional, poblado por tiendas de campaña alineadas en un pretendido orden cuadricular que no tardaría en deshacerse. Como las misma jaimas, confeccionadas con lonas rígidas de caridad improvisada, que acabarían descoloridas y rasgadas por el paso de un exilio que no concluía.
El Líbano se convirtió en el hogar para la familia Ghanayme, pero solamente mientras esperaba el regreso a su ciudad de origen (Acre). Y el campamento de toldos frágiles que les había recibido se fue transformando en un aglutinado sólido-plomizo, que fue congregando a minúsculas viviendas de endebles paredes de cemento y techumbres con láminas de metal en desnivel. Casuchas pegadas entre sí y separadas al frente por callejas estrechas o pasadizos ciegos; y todo él sin un orden planificado medianamente comprensible. No obstante, el exilio y los campos de refugiados se fueron reconociendo y creciendo juntos.
El gran esfuerzo y espíritu luchador de los primeros moradores, logró convertir a los inhóspitos mujaiam (campamentos) en lugares más amable y esperanzados: como laberintos de resonancia empapados de vitalidad. Debido a que sus  habitantes injertaron en los “territorios de excepción” (prestados) el reflejo emocional de la Galilea “usurpada”, así como la mirada más cercana y entrañable de cada uno de los pueblos dejados detrás de una frontera ya infranqueable. Así,  en los años sesenta, los campamentos se transformaron en focos de expectación y de crecimiento intelectual para los jóvenes palestinos. Nuevas generaciones que seguían sorbiendo de la experiencia de la Nakba y de la memoria de los mayores, pero renegando de la condición de víctimas inertes con la que pretendieron revestirlos. Ser protagonistas orgullosos de su destino fue la consigna no escrita, mientras daban sentido a sus días desde la militancia política más concienciada. Pero consigna pasajera, lejana en el recuerdo desde una actualidad miserable. 
La gran guerra de 1975 encercó al pequeño Líbano en una violencia insoportable para todos sus habitantes, sin distinción (1975-1990). Pero viejos odios acumulados contra los palestinos, junto con otros nuevos  instigados por ambiciones aceleradas, no tardaron en atravesar a cada uno de los campamentos de refugiados; a la manera de bombardeos indiscriminados, montañas de ruinas y cientos de cadáveres que se fueron acumulando en fosas comunes. Fue la desolación de la soledad o el relato de la agonía hacia la muerte... como enunciara Luis Cernuda.
Solo entonces la familia Ghanayme decidió escapar del infierno libanés en dirección a Siria. Igualmente como país de acogida temporal mientras seguía esperando “el regreso” a la ciudad añorada de Acre... 
Pero el círculo de las desdichas acabó completándose nuevamente. Los Ghanayme y sus descendientes se encontraron en otro despeñadero sin fondo como sigue siendo la sucia guerra de Siria. Y optaron por deshacer el camino y retornar al principio del éxodo: al Líbano. Una vez más para escapar de la muerte.
Muhammad junto a su profesor de ajedrez
El joven Muhammad había nacido en el exilio de Siria pero no tardó en integrarse al paisaje humano de Chatila. Incluso, gracias a su disciplina y simpatía según los que le conocieron, consiguió trabajo muy pronto en un puesto de humus y fool situado cerca de su vivienda, en una de las calles más amplias del campamento, por lo que contribuía activamente al sustento familiar. Aunque sobre todas las cosas, Muhammad amaba colocarse atento frente a un tablero de ajedrez. Y lo hacía todas las tardes, “sin faltar una”, en el centro de aprendizaje que se encuentra dentro de Chatila. Bajo la entusiasta supervisión del profesor Mahmud Hashem, fue avanzando con tanta rapidez en estrategia y precisión que deslumbró a su enseñante y a todos sus compañeros.
El 28 de octubre de 2016, a primera hora de la tarde, Muhammad se encontraba fijando el cordón de la red de internet en la fachada de su vivienda. La maraña asesina de cables eléctricos se enredó en una de sus manos de adolescente… La muerte se hizo presencia, única y definitiva.
¡Descansa en libertad!
 
“El llanto que tú mismo no has llorado,
Yo lo lloro por ti. En mí no estaba
El ahuyentar tu muerte como a un perro
Enojoso. E inútil es que quiera
Ver tu cuerpo crecido. Verde y puro”.
(Cernuda, “Niño muerto”)
 

viernes, 7 de abril de 2017



NOCHES EN LA MONTAÑA DE BEIRUT

La ciudad de Beirut desde la montaña se nos muestra petrificada, inmóvil, como si su gran vitalidad estuviera siendo contenida por el abrazo de un gigante para impedir que sea engullida por el mar. La considerable pendiente nos permite abarcar con la vista un gran perímetro, con edificaciones dispares encuadradas en un orden caótico que la confusa luz del atardecer se encarga de suavizar, mientras difumina la brusquedad de los perfiles entre las sombras del ocaso apresurado. Y un Mediterráneo quieto y metalizado en plata, se despide del día sofocante con tonalidades de rojo-fuego.        
En la sierra empinada próxima a Beirut, cuando anochece, el verano huele a tomillo, a tierra reseca o a pinos recientemente venteados por el solano. Y en su horizonte más montuoso, un cielo apagado en azul va dibujando a trazos rápidos contornos verdinegros salpicados de puntos de luz cada vez más brillantes.
 
 
En las colinas son numerosos los lugares de descanso y deleite para los sentidos.  Con hoteles y restaurantes muy amplios, acogedores, discretos y capaces de desaparecer entre la vegetación frondosa del terreno abrupto y boscoso. Pero en las noches del verano, cuando reina la calma y el viento permanece contenido, asombra el sonido estridente de miles de cigarras invisibles; incesantes en su monotonía lineal, y que nos acompañan en el recorrido hasta una pequeña portezuela enmarcada por enredaderas de hojas relucientes. Al momento, la voz inconfundible de Fayrouz cantando a la noche, al viento, a los ojos de la luna… se apropia de la atmósfera expulsando sin brusquedad a las cigarras.
 
 
Tras un pequeño jardín iluminado por bombillas medio escondidas en la hierba nos recibe un salón espacioso, abierto todo él al exterior y bordeado por una barandilla de hierro con formas onduladas. El suelo está empedrado en tonalidades grises naturales, y la parte superior o techumbre es tan alta y desigual como las alas de un gran velero; con lonas blancas abiertas al verde frondoso y a un barranco cercano. Las mesas, de cedro rojizo, se encuentran espaciadas entre sí y cubiertas por manteles de color miel con dos velas aromatizadas en el centro.
 
 
A lo largo de una cena sin prisa, el sonido mezclado de las voces de los comensales queda perfectamente amortiguado por la voz cautivadora de Fayrouz; mientras canta a las lágrimas de los desterrados de Jerusalén (“Al Quds”), sugerentes moaxajas de al-Andalus o a los poetas Yibran y Qabbani: “no me preguntes el nombre de mi amor… está en el mar… en el viento cuando llora…”.
A partir de que la noche se hace madrugada son las cuerdas mágicas de un laúd las que emocionan y perturban... Junto con los vapores blancos de narguiles en ascuas con olores equívocos a frutas y a especies (pipas de agua).
Y es entonces cuando Sherezade rompe su silencio contenido y susurra: “Cuando el sol amenace con aparecer, serán mis palabras de fuego las que enciendan tu piel”.